Esta fortaleza no fue levantada desde cero sobre un terreno vacío, sino que se alzó sobre el convento de San Francisco, a su vez erigido sobre una plataforma prehispánica en la antigua ciudad maya de T'hó (también referida como Ichcaansihó o Ichcanzihó), la cual era un centro ceremonial y político de gran relevancia. Tras la fundación de Mérida, el 6 de enero de 1542, por Francisco de Montejo, el Mozo —hijo del conocido como el Adelantado—, este cedió el montículo principal de la urbe maya a la orden de los franciscanos. Espacio que ocupaba la ciudadela de San Benito y el convento de San Francisco en 1864. En 1887 se completó la demolición del recinto, con lo que se perdió gran parte de la riqueza artística que albergaba.
El llamado Convento Grande comenzó su edificación formal hacia 1547, aprovechando el material pétreo de las estructuras mayas para levantar sus muros. Debido a su ubicación elevada y su solidez, en 1669 el ingeniero Manuel de Zozaya adaptó el conjunto conventual para convertirlo en un complejo militar multifuncional. Levantada sobre ese cerro, de altos muros, gran espesor y varios baluartes, su construcción fue impulsada por el gobernador Rodrigo Flores de Aldana.
A pesar de su imponente diseño, que incluía baluartes, evaluados por ingenieros como Juan de Dios González en 1766, la ciudadela fue demolida casi en su totalidad durante los siglos XIX y XX para permitir el crecimiento urbano. Con ello desapareció un testimonio único de la superposición histórica en Yucatán en un mismo espacio geográfico: la cosmogonía maya, el fervor religioso franciscano y la paranoia militar española ante la piratería.
Biografía del Convento Grande de San Francisco
La ciudad de Mérida se erigió directamente sobre el asentamiento monumental de T’Hó, también conocido como Ichcaansihó. El uso de los antiguos “cerros” o pirámides mayas como plataformas para los nuevos edificios de poder colonial fue una decisión que combinó el pragmatismo constructivo con una fuerte carga simbólica de dominio.
Desde las primeras etapas de la conquista, tras la capitulación otorgada a Francisco de Montejo, el Adelantado, en 1526 por el emperador Carlos V, se identificó este sitio —originalmente, montículo de Baklum-Chaam— como un punto estratégico de control. Esta elevación natural y artificial no sólo dominaba la vista de la naciente traza urbana, sino que se convertiría, con el paso de los siglos, en el epicentro de la defensa de la provincia, transformándose de un sitio sagrado indígena a un recinto conventual y, finalmente, en la fortaleza más importante del interior de la península.
Tras la fundación de la ciudad, la presencia de la orden franciscana fue inmediata y determinante. Con el Mozo arribaron los frailes Nicolás de Albalete, Juan de la Puerta, Lorenzo de Bienvenida y Luis de Villalpando, quienes identificaron en ese montículo el lugar idóneo para establecer su sede principal, y el Mozo cedió el espacio a los franciscanos.
En 1547 se fundó el Convento Grande de San Francisco, una obra monumental dirigida por los frailes Luis de Vivar, Antonio Ramírez, Juan de la Puerta y Antonio de Tarrancón. La construcción fue un ejemplo radical de reciclaje arquitectónico: se utilizaron las piedras de los antiguos templos mayas como cantera directa para el nuevo complejo cristiano.
A lo largo de los siglos XVI y XVII, el conjunto conventual creció en importancia y sofisticación. En septiembre de 1549 se celebró en este convento su primer capítulo custodial. Para 1561, el sitio se consolidó como la sede de la provincia independiente de Yucatán, y se separó definitivamente de Guatemala en 1565.
El recinto no sólo fue centro espiritual, sino también tecnológico. En 1632 fray Fernando de Nava instaló en la torre del templo un hermoso reloj, lo que convirtió al convento en el centro del tiempo civil de Mérida, marcando el ritmo de la vida urbana. Hacia 1650 el convento mostraba todo su esplendor arquitectónico y como reservorio de arte sacro: bajo la disposición de frailes como Bernardo de Sosa y Sebastián Quiñones, el conjunto contaba con pabellones de hasta tres niveles con balcones, y los pasillos y galerías.
fueron decorados con grandes lienzos sobre la vida de San Francisco de Asís, creando una narrativa visual para los novicios y visitantes. La atmósfera se completaba con un sistema de iluminación avanzado para la época, compuesto por candiles empotrados y detalladas efigies dispuestas en nichos.
Además de la iglesia principal, el complejo albergaba espacios de alta significación social y religiosa. Por ejemplo, la capilla de la Soledad era un espacio de recogimiento que se distinguía por su decoración y fervor local; el cementerio y la Plaza de Armas conformaban una amplia zona de enterramiento y un patio central que, por sus dimensiones, facilitaba la reunión de grandes grupos, característica que posteriormente atraería el interés militar, en especial por la robustez y posición elevada de la construcción sobre la plataforma maya.
La transformación en ciudadela
Este esplendor arquitectónico y su ubicación inmejorable sobre el cerro de Baklum-Chaam se convirtieron en su mayor vulnerabilidad política. En 1667, ante la creciente amenaza de incursiones de piratas que asolaban la península, el gobernador don Rodrigo Flores de Aldana decidió que el convento debía servir a un propósito más terrenal: la defensa militar. A pesar de la resistencia inicial de la orden, la Corona autorizó la transformación, y para 1669 se inició la construcción de los baluartes y cortinas de piedra que rodearían el complejo monástico.
No obstante, entre 1667 y 1669 se provocaron fuertes tensiones entre las autoridades coloniales y la orden franciscana. De acuerdo con la historiografía yucateca, los frailes se opusieron a la militarización de su principal convento, al considerar que la instalación de tropas y fortificaciones alteraba la vida religiosa y vulneraba los privilegios de la orden. Aunque inicialmente permanecieron dentro del complejo ya amurallado, la pérdida progresiva de espacios conventuales culminó con su expulsión definitiva en 1821, cuando las autoridades españolas dispusieron la supresión de conventos. Diversos cronistas e investigadores señalan que los franciscanos fueron obligados a abandonar violentamente el Convento Grande y trasladarse al convento de La Mejorada, insuficiente para albergar a la numerosa comunidad religiosa. Como consecuencia, muchos frailes tuvieron que dispersarse por la ciudad y solicitar alojamiento temporal en otros templos y casas franciscanas de Mérida y de la provincia, en condiciones descritas por las fuentes como precarias y casi mendicantes.
Fue en ese momento cuando el espacio sagrado se cubrió con una “coraza” de cal y canto, naciendo oficialmente la ciudadela de San Benito. El ingeniero Manuel de Zozaya fue el encargado de proyectar esta transición, asegurando que los baluartes pudieran albergar artillería pesada para defender la capital desde su punto más alto y maximizar el alcance del fuego de cañones.
El complejo defensivo, de planta irregular, se adaptó a la base preexistente del montículo maya. Su perímetro estaba reforzado por baluartes e incluía plataformas diseñadas para sostener grandes piezas de artillería, que protegían el recinto y las calles aledañas que conducían al corazón de Mérida, convirtiendo a la ciudadela en el principal polvorín y arsenal de la provincia.
Así, la ciudadela de San Benito se convirtió en un recinto abaluartado que encerraba el convento franciscano, creando una simbiosis única entre lo sagrado y lo militar.
En 1766, su eficiencia fue sometida a un riguroso examen técnico. El ingeniero Juan de Dios González realizó un reconocimiento exhaustivo de la península y señaló varias deficiencias estructurales de la ciudadela: sugirió reparaciones en los baluartes y una mejor distribución de las plataformas de tiro para garantizar que Mérida pudiera resistir un sitio prolongado en caso de que las defensas costeras de Sisal o Campeche fueran superadas.
Durante el siglo XVIII, el recinto se conoció popularmente como el Castillo de San Benito. La combinación de los altos muros del exconvento con la nueva muralla abaluartada creaba una imagen de inexpugnabilidad que servía también como un elemento de control social y psicológico sobre la ciudad.
La demolición
El siglo XIX y la primera mitad del XX marcaron el proceso de desmantelamiento de la ciudadela de San Benito… sigue leyendo el artículo completo en la revista edición 213.

