El almirante de bronce, la historia de una estatua

Marco A. Villa

La madrugada del 10 de octubre de 2020, dos días antes del Día de la Raza, una grúa retiró de Paseo de la Reforma la estatua de Cristóbal Colón que desde 1877 había presidido una de las glorietas más transitadas de la Ciudad de México. El pretexto oficial fue la restauración; la razón real, estimada por muchos más, era evitar que manifestantes la derribaran, como había ocurrido con otros monumentos similares en Chile, Colombia, Bolivia y Estados Unidos.

Un año después, la entonces jefa de gobierno Claudia Sheinbaum confirmó que el almirante genovés no volvería. Hoy, restaurada y resguardada en los talleres del INAH, la efigie del escultor francés Charles Henri Joseph Cordier aguarda su próximo destino. Pero esa no es la única estatua de Colón que existe en el país.

La más antigua y olvidada de las dos que permanecen en la capital es la de Buenavista, en la alcaldía Cuauhtémoc. En 1853, el escritor y presidente de la junta directiva de la Academia de San Carlos, José Bernardo Couto, se escandalizó de que después de tres siglos no existiera en América un solo monumento dedicado al navegante. La propuesta fue aceptada y el encargo recayó en el escultor catalán Manuel Vilar, quien había desembarcado en Veracruz en 1845 junto al pintor Pelegrín Clavé para renovar dicha Academia.

El modelo de yeso estuvo listo en 1858, pero fue hasta el IV Centenario del Descubrimiento, en 1892, cuando el gobierno de don Porfirio decidió vaciarlo en bronce. Ese 12 de octubre, Díaz salió en carruaje de Palacio y llegó a Buenavista, donde la estatua esperaba cubierta por un lienzo. La descubrió ante una nutrida concurrencia. Ahí sigue, más de 130 años después. Fuera de la capital, la historia de las estatuas colombinas es igualmente reveladora. 

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