• 23-sep-2019.

Juárez en el mundo

Alejandro Rosas

La frase más célebre de Benito Juárez es: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Aunque la conocida máxima está inspirada y es premisa fundamental de La paz perpetua (1795) de Immanuel Kant, Juárez la inmortalizó más de medio siglo después en el discurso que leyó el 15 de julio de 1867, al regresar a la capital del país luego del fusilamiento de Maximiliano.

Una breve frase —perdida entre párrafos intensos que hablaban de la guerra, la patria y la legalidad— trascendió el espíritu del documento por una razón: era una moraleja para los derrotados y el reconocimiento de un principio universal de convivencia entre las naciones.

Si la historia oficial, el discurso demagógico y la retórica patriotera, tan característica de la clase política durante el siglo XX, revistieron la figura de Juárez con una gruesa capa de bronce que lo hizo impenetrable, incómodo, antipático, infalible, omnipresente y perfecto, su reconocimiento universal llegó de manera natural.

El triunfo sobre la Invasión Francesa y el Imperio de Maximiliano otorgó a Juárez una dimensión internacional que ni él mismo pudo concebir y que ningún otro político mexicano ha logrado siquiera alcanzar. No sólo fue la derrota de Napoleón III en México o el haber fusilado a Maximiliano, el archiduque de una de las monarquías europeas más importantes de la segunda mitad del siglo XIX; fue una lección para toda Europa y para los ánimos expansionistas que todavía podían quedar entre algunas potencias.

La dimensión internacional de Juárez no fue una invención más. Tenía su origen en el triunfo legítimo de las armas nacionales porque reivindicaba en México y Europa al sistema republicano por encima de la monarquía. “México se ha salvado por un principio y por un hombre —escribió el poeta francés Víctor Hugo a Juárez en junio de 1867—. El principio es la República; el hombre sois vos”.

Intelectuales, escritores y políticos europeos y americanos se encargaron de difundir su nombre en la historia universal. Juan Prim le aseguraba “la admiración de la Europa liberal”; Giuseppe Garibaldi lo había llamado “veterano de la libertad del mundo”; el Congreso de Colombia estableció que “ha merecido el bien de la América”, el gobierno de República Dominicana lo proclamó “Benemérito de la América”. Pero las palabras que mostraban la estatura histórica de Juárez fuera de México provenían de una extensa carta que Víctor Hugo publicó en periódicos europeos:

Europa, en 1863, se arrojó sobre América. […] Por una parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre, con sólo un puñado de hombres. Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, amenazado por la infame fusilería de los consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito. Ni dinero, ni pan, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudades. Aquí la usurpación llamándose legitimidad, allá el derecho, llamándosele bandido. […] Y un día, después de cinco años de humo, de polvo y de ceguera, la nube se ha disipado y entonces se han visto dos imperios caídos por tierra. Nada de monarquía, nada de ejércitos; nada más que la enormidad de la usurpación en ruina y sobre este horroroso derrumbamiento, un hombre de pie, Juárez, y al lado de este hombre, la libertad.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Juárez en el mundo” del autor Alejandro Rosas y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 58.

 

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