A comienzos del siglo XIX, la Ciudad de México era un espacio marcado por la desigualdad social, la crisis laboral y la inestabilidad política. En este contexto, delitos como el robo no pueden entenderse únicamente como una desviación penal, sino también como una estrategia de supervivencia adoptada por los sectores populares ante la falta de oportunidades.
Casos como el de Ventura Díaz, carpintero desempleado que recurrió al robo tras no lograr emplearse en su oficio, ilustran cómo la precariedad laboral empujó a individuos jóvenes y potencialmente productivos a las actividades ilícitas.
Esa situación no era excepcional. Nicolás Serrano, por ejemplo, huérfano y migrante en la capital, tuvo una existencia marcada por la inestabilidad económica, el consumo de alcohol y la constante persecución judicial. Como muchos otros, desarrolló estrategias para evadir a las autoridades, como fingir desconocer a sus cómplices o negar los vínculos con ciertos espacios.
Más que simples actos de engaño, estas conductas reflejan las restricciones concretas que imponía el sistema judicial. Los acusados sabían que cualquier relación o reconocimiento podía agravar su situación, por lo que actuaban dentro de un margen de maniobra que, aunque reducido, les permitía minimizar las consecuencias legales de sus actos.
Las crisis económicas, las malas cosechas y las epidemias en la etapa final de la Nueva España gravaron el desempleo y estimularon la migración hacia la capital, aunque, como muestran los expedientes judiciales, muchos de los ladrones ganzueros eran en realidad originarios de la Ciudad de México. En este escenario, los robos a casas y comercios se consolidaron como una forma de enfrentar la escasez por parte de ciertos agentes sociales. Así, la delincuencia estuvo ligada a la vida cotidiana de amplios sectores populares.
Redes sociales y organización del delito
Lejos de actuar de manera aislada, los ladrones ganzueros operaban mediante redes de colaboración que incluían amigos, familiares y conocidos. Estas alianzas permitían planear robos, compartir herramientas y distribuir los bienes sustraídos. Un ejemplo claro es el de Bernardo Rubín de Celis, alias el Gringo, quien participó en robos junto a José Antonio Arévalo, alias Zángano, y otros cómplices, desempeñando tareas específicas como forzar cerraduras con ganzúas.
Estas actividades requerían ciertos conocimientos técnicos. Los ganzueros se especializaban en abrir puertas mediante ganzúas o llaves modificadas, habilidades que muchos adquirían en sus oficios artesanales. Carpinteros como Ventura Díaz o Mariano Fragoso, herreros como Pedro Trujillo, o sastres como Mariano Cuevas, trasladaban sus saberes al ámbito delictivo. Esto evidencia una frontera difusa entre trabajo legal e ilegal.
El delito no concluía con la sustracción de objetos; era necesario insertarlos en circuitos de comercialización informal. Ladrones como Fragoso vendían o empeñaban bienes robados a tenderos, barberos o comerciantes de barrio, mientras otros recurrían a intermediarios. Estas redes permitían transformar objetos en dinero, consolidando una economía paralela esencial para la subsistencia.
Perfil de los ladrones ganzueros
El conocimiento sobre estos actores proviene principalmente de expedientes judiciales, documentos que registran interrogatorios, testimonios y sentencias. A través de ellos es posible reconstruir aspectos de la vida cotidiana de personas que rara vez son visibles en otras fuentes. Sin embargo, estos registros deben leerse críticamente, pues reflejan la perspectiva de las autoridades y no siempre la voz de los acusados.
La historiografía reciente ha desplazado el interés desde la cuantificación de delitos hacia la comprensión de sus causas y significados. Más que contar robos, se busca entender por qué ocurrían y cuál era su repercusión social. Esto ha permitido rescatar historias individuales que revelan la complejidad de las experiencias populares.
Este enfoque “desde abajo” muestra que los ladrones ganzueros no eran sujetos pasivos, sino actores que tomaban decisiones dentro de contextos restrictivos. Sus trayectorias combinaban trabajo, sociabilidad y delito, desafiando visiones simplistas sobre el crimen y evidenciando la capacidad de adaptación de los sectores populares.
Diversidad social: El análisis de 34 casos ocurridos entre 1800 y 1823 revela que los ganzueros no constituían un grupo homogéneo. En términos de “calidad”, incluían indígenas, mestizos y españoles, muchos de estos últimos pertenecientes a los llamados “blancos pobres”. Esto demuestra que la delincuencia no estaba determinada por la pertenencia étnica, sino por condiciones socioeconómicas compartidas.
Edad y estado civil: La mayoría de los encausados eran jóvenes, con un promedio de edad de poco más de veinte años y predominantemente solteros, aunque también había hombres casados. Este dato indica que se trataba de individuos en plena edad productiva, frecuentemente afectados por la inestabilidad laboral. Incluso quienes tenían responsabilidades familiares podían recurrir al robo como complemento económico.
Procedencia: En cuanto a su procedencia, la mayoría declaró haber nacido en la Ciudad de México, aunque también había migrantes provenientes de lugares como Puebla, Guadalajara o algunos centros mineros. Esto sugiere que la criminalidad no dependía exclusivamente de la migración, sino de dinámicas internas propias de la ciudad.
Trabajo, precariedad y estrategias de subsistencia
Uno de los rasgos más significativos es que la mayoría de los ganzueros tenía un oficio. Carpinteros –como Mariano Fragoso o Pablo Pimentel–, zapateros, sastres, herreros y tejedores formaban parte del mundo artesanal urbano. Sin embargo, muchos se enfrentaron al desempleo y desempeñaron trabajos intermitentes, lo que los llevaba a combinar actividades legales e ilegales para poder subsistir.
Algunos testimonios de los ladrones artesanos son reveladores, conócelos en el artículo completo:
Referencia:
Andrés David Muñoz Cogaría, “Robar para sobrevivir. Ladrones ganzueros en la Ciudad de México del siglo XIX”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p. 26-33.
*Andrés David Muñoz Cogaría
Doctor en Humanidades por la UAM-Iztapalapa. Historiador por la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Realizó su posdoctorado en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Forma parte de la Red de Historiadoras e Historiadores del Delito en las Américas (Redhhda) y de la Red Las Otras Historias: marginalidad, transgresión, justicia y control social en la historia. Es autor de diversos artículos y reseñas publicados en revistas académicas de Argentina, Chile, Colombia, España, Estados Unidos, Perú y México. Entre sus trabajos más recientes destacan “La Ciudad de México como presidio: los orígenes de Santiago Tlatelolco (1841-1857)” y “La mansión del horror: dinámicas institucionales y vida cotidiana en la cárcel Nacional de la ex-Acordada (1831-1863)”, ambos publicados en 2024.

