Desde hace cerca de diez mil años (por lo menos), la pepita de calabaza ha estado entre nosotros. El valle de Tlacolula, en Oaxaca, fue el escenario donde se localizaron los rastros de aquellos antepasados que disfrutaban de su aceitoso crujir. Ahí, en el conjunto “Cuevas prehistóricas de Yagul y Mitla” (Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), se ubica la caverna de Guilá Naquitz, en la cual se recogieron muestras de esas semillas que fueron clave para precisar la historia en Mesoamérica de la calabaza, la planta domesticada más antigua hallada hasta el momento en el continente americano.
La calabaza y sus pepitas se regaron por el territorio mesoamericano a lo largo de los siglos y los milenios, por lo que, a la llegada de los invasores españoles, ya tenían una amplia presencia en la región y formaban parte de la dieta cotidiana de los antiguos pobladores, como se aprecia en el Códice florentino (siglo XVI).
Entre los nativos del actual centro de México, las pepitas tenían usos rituales, medicinales y alimenticios. Por ejemplo, en las fiestas a Chicomecóatl (“Siete Serpiente”), una importante deidad agrícola, desde lo alto del templo de Huitzilopochtli se arrojaba (o “sembraba”) maíz y pepitas hacia la gente que estaba abajo; luego todos cogían esos alimentos, que al final eran tomados por las sacerdotisas mexicas llamadas cihuatlamacazque. Igualmente, a las figuras divinas elaboradas con masa les ponían dientes de pepitas de calabaza.
En cuanto a sus usos curativos, se recurría a ellas –mezcladas con hierbas, granos de cacao, raíces, tomate, maíz, maguey, pulque o chile– para preparar remedios contra el dolor de pecho, malestar estomacal, problemas urinarios, convalecencias, así como para aliviar recaídas o para quienes escupen sangre. Sin embargo, para deleite de nuestros paladares, la mayoría de las referencias a las pepitas en el Códice florentino tienen que ver con comida. Para empezar, se menciona a los comerciantes de esas semillas, quienes ya desde entonces las ofrecían tostadas y con sal: “El que vende pepitas de calabazas tiene de oficio vender todas las que son de diversas especies, y las que se tuestan y se envuelven con alguna masa mezclada con sal, por lo cual son apetitosas de comer. El mal tratante en esto vende las que están pudridas y dañadas, y las que amargan, y las que están [muy] tostadas y demasiado saladas”.
Asimismo, se refiere que la mujer que “sabe bien guisar” podía hacer caldo del “zumo de pepitas”, y que las vendedoras de tortillas o tamales preparaban estos alimentos “que contentan mucho al paladar o al apetito por llevar dentro […] el ají molido, tomates, pepitas, sal, que dan mayor sabor siendo bien molidas y mezcladas unas con otras”. También existían almacenes, asediados por roedores, donde se guardaban fardos de chile y pepitas de calabaza de dos géneros, “unas medianas y otras mayores que se llaman cuauhayohuachtli” (al parecer, una especie silvestre).
En cuanto a los platillos aderezados con las aceitosas semillas, se encuentran los que tiempo después serán conocidos como pipianes (que deben su nombre a la calabaza pipiana, la Cucurbita argyrosperma). Por ejemplo, el totolin patzcalmollo, una “cazuela de gallina” con chile bermejo, tomates y pepitas molidas; el tomáhuac xohuilli patzcallo con peces pardos y que era “muy bueno de comer”; o el chacalli patzcallo, con camarones y chiltécpitl. Por supuesto, también se elaboraban dulces, como los de pepitas hervidas con miel.
Respecto a las bebidas, había una llamada huahquilmolli, elaborada con amaranto cocido, chile amarillo, tomate y pepitas. También estaba la chianpitzáhuac atulli ayohuachpani chilo, una especie de chileatole con “chíen [chía] menuda con chilcuztli [chile amarillo] y con pepitas de calabazas bien molidas”.
¿Cómo citar este artículo?
Ricardo Cruz García, “Ritual, medicinal y alimenticia. La pepita de calabaza en Mesoamérica“, Relatos e Historias en México, núm. 212, Junio, 2024, p. 16.
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