Los seris y el dominio español

Un pueblo fuera de lo común

 

José Luis Mirafuentes

Los jesuitas se hicieron cargo de evangelizar a los seris, así como de instruirlos en la agricultura y el gobierno civil de los españoles, esperando que aceptaran llevar una vida sedentaria, probablemente con miras a afianzar su sometimiento.

 

La conquista

Los seris y los grupos agricultores, por tanto, no podían ser más opuestos. No obstante, actuaban con recíproca correspondencia. Lo hacían por medio de enfrentamientos armados, pero también a través del comercio. Los seris daban cueros de venado y productos del mar a los sedentarios, y estos, a cambio, les proporcionaban maíz.

Dichos intercambios tal vez eran más frecuentes de lo que cabría esperar del antagonismo entre sus modos de vida respectivos, lo cual nos lleva a pensar que los seris no estaban del todo aislados ni mucho menos impreparados para confrontarse también con los españoles. Pero antes de centrar nuestra atención en este enfrentamiento, conviene precisar la imagen que los españoles se formaron tempranamente de los propios seris, porque parece que esa representación influyó en el modo tan distinto como se relacionaron con ellos, por un lado, y con los grupos sedentarios, por el otro.

Damos por sentado que los españoles no podían observar a los grupos indígenas de Sonora más que a través de la lente de sus prejuicios etnocentristas. En efecto, la imagen que se crearon de los seris, en particular, necesariamente estaba cargada de juicios valorativos incluso más despectivos que los que emitieron sobre los usos y costumbres de los grupos agricultores: no tuvieron el menor reparo en referirse a ellos más que con el desdeñoso apelativo de “indios bárbaros”, en lugar del nombre que a sí mismos se daban.

En 1584, el conquistador Baltasar de Obregón no pudo menos que sorprenderse de las prácticas tradicionales de su modo de vida nómada. Decía que, además de vivir en tierras en extremo “arcabucosas y cálidas”, no sembraban nada y que tan solo se alimentaban “de semillas de bledo y de todo género de caza y de sabandijas silvestres”. Los seris, concluía, eran “la gente más pobre y silvestre de las costas occidentales”. Así pues, los españoles, lejos de percibir utilidad alguna derivada de su conquista y sometimiento, más bien se interesaron por la sujeción de los grupos sedentarios, atraídos por la densidad de su población, tierras y mano de obra, que estimaban no solo más asequibles, sino susceptibles de ser explotadas ventajosamente.

No obstante, la dominación que ejercieron sobre esos grupos también afectó a los seris. Lo hizo de dos maneras: una, mediante la suspensión de los intercambios comerciales que sostenían con los agricultores, lo cual implicó perder las dotaciones de maíz que obtenían a través de esas relaciones; y dos, la muy posible privación que pudo suponer para ellos el hecho de que los españoles introdujeran en los asentamientos de los grupos sedentarios una buena variedad de comestibles de origen europeo, entre los que destacaban reses, caballos, ovejas y cerdos, animales que en modo alguno podían pasar inadvertidos para ningún grupo indígena de la región, no solo porque nunca los hubieran visto, sino por la riqueza potencial de sus atributos alimenticios y la utilidad de los servicios consustanciales a su domesticidad. En respuesta, los seris se dieron a la tarea de procurarse por medio del robo tanto el maíz, que antiguamente obtenían del comercio, como los bienes de origen europeo que igualmente les quedaban vedados.

Fuera como fuese, el hecho es que los asaltos de los seris representaron una amenaza para la dominación colonial que empezaba a consolidarse en la región. De modo que los españoles, con el apoyo de los sedentarios sujetos a su dominio, terminaron por pacificarlos, aunque no en su totalidad, al tiempo que procedían a sacarlos de sus inhóspitos dominios con el propósito de ejercer sobre ellos un control acorde con sus fines expansivos. Así, los congregaron casi en el centro de Sonora, en una misión especialmente creada para ellos con el nombre de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris. Esta misión quedó constituida hacia el año de 1673, formada por dos establecimientos, la cabecera y un pueblo de visita denominado Los Ángeles.

La reducción

Los jesuitas se hicieron cargo de la administración de dicha misión para los seris, pero no se limitaron a evangelizarlos, sino que los instruyeron en el desempeño de actividades no religiosas relacionadas con el cultivo agrícola y el gobierno civil de los españoles, tal vez con el fin de afianzar su sometimiento mediante su asimilación al modo de vida sedentario.

En la década de 1690 los progresos que habían hecho con tales propósitos muy bien podían significar un cambio radical en el modo de vida de los seris, de no ser porque estos, en paralelo, seguían realizando sus antiguas actividades de caza, pesca y recolección. Suponemos, por ello, que los logros alcanzados por los misioneros no representaban más que el inicio, o poco más, de los objetivos que originalmente se propusieran. Si no llevaron a cabo avances mayores, probablemente se debió a que ya por entonces su capacidad para hacerse obedecer por sus feligreses se hallaba sumamente disminuida.

Las principales causas de esa limitación fueron la falta de apoyo de las autoridades regionales, ligada a la debilidad creciente del dominio español en Sonora, como veremos más adelante, así como la decidida oposición de los seris a prescindir de su dieta alimenticia tradicional. A este respecto, cabe señalar que, desde que fueran reducidos, estos indios en modo alguno rechazaron los alimentos de origen europeo con los que los misioneros pretendían mantenerlos de fijo en los pueblos de misión, pero que, tal vez, actuando con perspicacia, en lugar de sustituir con ellos sus ancestrales mantenimientos, los incorporaban a estos sin apenas modificarlos. De esta manera, contrario a lo que se propusieron sus doctrineros, terminaban complementando sus antiguos recursos alimenticios con los comestibles agropecuarios producidos en las misiones. Demás está decir que esta circunstancia permitió a los seris diversificarse económicamente, lo que por fuerza los dotaba de un sustento alimenticio suficiente como para mantenerse un tanto al margen de la autoridad de los misioneros y, por consiguiente también, limitar, hasta cierto punto, el progreso de su sedentarización.

En 1718, un visitador militar de Sonora recomendó que se cambiara por la fuerza la dieta alimenticia tradicional de los seris, precisamente para contrarrestar su relativa autonomía, haciéndolos dependientes de los alimentos de los pueblos de misión. Pero ya por aquella fecha los recursos militares de los español distaban mucho de ser los adecuados para hacer posible dicha recomendación.

 

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