La victoria de María Conesa

Carmen Saucedo Zarco

 

El “inmoral” matrimonio entre la Gatita Sicalíptica y un aristócrata del Porfiriato

 

 

Él tenía diecinueve años, una fortuna de familia amasada en los tinacales de Tlaxcala y la retadora hermosura de un avezado caballista. Ella tenía dieciséis, dos lustros de actuar en las tablas y la perturbadora belleza de una niña que abandonaba la inocencia.

 

Era noviembre de 1907 cuando María Conesa puso a temblar a los censores municipales y al público masculino que atiborraba las butacas del Teatro Principal para atestiguar sus “bailes animaditos” y escucharle las picantes coplas de La Gatita Blanca. Contratada por la empresa Arcaraz Hermanos, llegó directamente de La Habana, Cuba, donde había cosechado cataratas de aplausos. Ciudad de México se le rindió al proclamarla “heroína de los tandófilos” (en referencia a las funciones de teatro), enardeciendo sus noches.

 

No lejos de ahí, pero en otro mundo, el Polo Club de México albeaba en el día de su inauguración con el desfile de sombreros, guantes y sombrillas de las damas invitadas, haciendo juego con los relucientes pantalones bombachos de los socios polistas. Luego de un almuerzo, la concurrencia presenció el match entre los jugadores: Manuel Sanz, Carlos Rincón Gallardo, Thomas Philips y Miguel Iturbide formaban un equipo. El conjunto contrincante lo integraban Alejandro Amor, Ignacio Algara, Alejandro de la Arena y Patricio Sanz, hermano de Manuel. En las tribunas aplaudían los Braniff, los Landa, los Lozano, los Cervantes, los García Pimentel, los Fernández Castelló, entre otros señores, señoras y jóvenes casaderos.

 

La animada vida social de la dorada casta porfiriana era el escaparate para lucir la fortuna y encontrar esposa o marido. Fuera de esta, nada podía ser serio ni duradero; por eso, cuando los amigos de Manuel Sanz lo vieron flechado por la primerísima tiple cómica del Principal, le advirtieron del error que cometía.

 

Mientras tanto, en el Principal, la conocida zarzuela La Gatita Blanca en boca de la Conesa encantaba al público. Sin embargo, un regidor la encontró en extremo impúdica y fulminó contra la tiple una fuerte multa. Sus admiradores protestaron por la injusticia: “los cuplés nada tienen de pornográficos. Su factura es de tal naturaleza ingeniosa, que el que los escucha puede a su antojo interpretarlos como guste. Si el Sr. Regidor Sierra les ha dado un sentido prohibido, la culpa es de la malicia del joven edil y no de los cuplés”, justificaron. El doble sentido hacía las delicias del público asistente a las tandas.

 

El triunfo del amor

 

María y Manuel comían pastelillos en los cafés de la calle Plateros (hoy Madero), en la capital, hasta que se las arreglaron para encontrarse lejos de las miradas indiscretas:

 

Una tarde en la buhardilla

un gato se presentó,

y subido en una silla,

su pasión me declaró.

Y aunque soy muy chica,

le dije: “Fu, fu”,

lo cual significa:

“¿A qué vienes tú?”

Él muy decidido

contestó: “Miau, miau”,

y éste es traducido:

“No tengas cuidado”,

pero al poco rato

viéndome, traidor,

no diré lo que hizo el gato,

que me da rubor.

 

A finales de 1908, el embarazo de María provocó la ira de su padre, don Manuel Conesa, por lo que ambos se embarcaron a Nueva York para ocultar la repentina indisposición de su hija.

 

Don Manuel había explotado la gracia infantil de sus hijas María y Teresa, a las que enseñó a bailar y cantar zarzuela. Más tarde las presentó con gran éxito en Valencia y Barcelona. El dueto acabó cuando, por celos de otra actriz, Teresa murió apuñalada en plena actuación. María se salvó, pero la tragedia no detuvo a su padre de continuar en el oficio y levó anclas con rumbo a Cuba cuando en España se restringió la actuación de los niños en los teatros. La vida de María había transcurrido entre los camerinos de teatro y los camarotes de barco, lejos de su madre, quien se quedó en España.

 

Una crianza distinta tuvo Manuel Sanz y Calderón. Él y sus hermanos mayores Clemente, Dolores, Patricio y María, nacieron en la opulencia que sus abuelos, los Sanz Jove, cosecharon en las haciendas pulqueras de San Miguel Mimiahuapan, Buenavista, Tezoyo y San José, en el distrito de Tlaxco, Tlaxcala; la primera de ellas contaba con su propio ramal del Ferrocarril Mexicano. Su madre falleció al poco tiempo de su nacimiento, y su padre, que lo dejó a cargo de su abuela en Ciudad de México, murió lejos cuando él tenía doce años. Así fue que Patricia Jove de Sanz se hizo cargo del pequeño y sus hermanos.

 

Los cinco heredaron las fincas de Tlaxcala y decenas de pulquerías en la capital de la República, más otros negocios. El clan familiar de los Sanz Jove, los Solórzano Sanz y los Sanz Lavie ocupaba dos viejas casonas en las calles del Relox y San Ildefonso (hoy República de Argentina y Justo Sierra). Poco a poco, al despuntar el siglo XX abandonaron el centro de la ciudad y se mudaron a diversas casas recién erigidas al lado sur de Paseo de la Reforma. Los cinco hermanos Sanz y Calderón ocuparon una elegante y discreta mansión, de la que Manuel era dueño, en la calle de Liverpool número 76, el mismo mes de 1907 en que vio a María por primera vez en el Principal y ganaba partidas de polo.

 

Un año después, sus hermanos abandonaron la casa en señal de desaprobación, cuando lo vieron decidido a buscar a María en Nueva York para casarse con ella. A los ojos de aquella aristocracia de doble moral, la Conesa no era más que una indecente tiple cómica de teatro que debía enfrentar sola las consecuencias de su descaro y ligereza. Pero Manuel no pensaba así, y regresó a México con ella al lado y la criatura en sus brazos en 1909.

 

En medio de la guerra

 

A Manuel se le vio enseguida en el Polo Club, en las carreras del hipódromo de Peralvillo y junto a su hermano Patricio haciendo negocios. Su nombre aparecía con frecuencia en la columna de sociales de los diarios capitalinos. Con él se mencionaban en cantidad señores de apellidos rimbombantes. Del mismo modo, los reporters tenían el cuidado de enlistar los nombres de las señoritas y señoras con sus apellidos bien claros para no dejar duda de quiénes eran hijas o esposas. Pero el nombre de María Conesa de Sanz nunca aparecía entre ellos. No era parte de los almuerzos, ágapes ni bautizos, tampoco como invitada a las soirées (tertulias de las tardes), combates florales, ni paseos. Manuel había sido bienvenido de vuelta entre los suyos, pero sin María…

 

 

Esta publicación solo es un fragmento del artículo "La victoria de María Conesa" de la autora Carmen Saucedo Zarco se publicó en Relatos e Historias en México, número 122. Cómprala aquí.