La débil dominación colonial de los seris

José Luis Mirafuentes

Las misiones en el norte de Nueva España, como la de Nuestra Señora del Pópulo en Sonora, se enfrentaron a la falta de apoyo de las autoridades regionales, así como a las limitadas fuerzas militares que trataban de operar en zonas tan ásperas y alejadas de los centros de poder.

 

Hacia el primer cuarto del siglo XVIII, la fuerza con la que se contaba en Sonora para asegurar a la vez la paz interna de la provincia y la defensa de sus fronteras era más simbólica que real, porque no se componía exclusivamente de un ejército regular, sino de otros elementos no precisamente militares y que eran, además, particularmente heterogéneos. Se trataba de los colonos civiles y de los indios sujetos al régimen de misión. Estos últimos, a su vez, eran originarios de hasta siete grupos distintos, como hemos visto.

Los soldados, en su caso, eran poco menos que inoperantes, debido, en particular, a la debilidad numérica de sus fuerzas, las cuales no pasaban de los 50 efectivos. Estos pertenecían al presidio de Santa Rosa del Corodéguachi o Fronteras, el cual, por su parte, adolecía de varios problemas. Para empezar, no tenía una presencia claramente visible en la región; se hallaba, más bien, un tanto perdido en el extremo noreste de Sonora, casi en la frontera con Nueva Vizcaya, donde tenía el muy complicado cometido de contener las incursiones crecientes de las tribus apaches, encomienda que, además, cumplía con tal ineficiencia que no podía sino estimular la penetración de dichas tribus incluso hasta el centro de la provincia. Por consiguiente, difícilmente podía prestar un auxilio sostenido en lugares distantes de la región fronteriza, como era el caso del territorio seri, situado a algo menos de cien leguas al suroeste.

Por entonces, Sonora contaba con los servicios defensivos de otro puesto de guardia, pero fuera de la provincia. Se trataba del presidio de Sinaloa, cuya guarnición, además, era todavía más pequeña que la de Fronteras, pues apenas se componía de 42 hombres de armas, lo que, aunado a las enormes distancias que lo separaban de los seris, le impedía ocuparse de su vigilancia de manera sistemática.

En cuanto a los colonos civiles, casi nada podía esperarse de su colaboración militar, ya que, además de ser poco numerosos, se hallaban tan dispersos y aislados que todavía hacia mediados del siglo XVIII les tomaba cerca de dos meses reunir en un solo lugar un regimiento de 142 efectivos. Su composición social, por otra parte, distaba mucho de ser homogénea, pues estaba dividida entre vascos y montañeses, que, en lugar de cerrar filas en defensa de la provincia, regularmente contendían entre sí por el poder político regional.

Y por lo que toca a los indios congregados en los pueblos de misión, que eran con mucho la base de las fuerzas presidiales, su participación en operaciones militares conjuntas con los soldados estaba sujeta a limitaciones cada vez mayores, ligadas al dramático descenso de su población causado por el ataque crónico de varias epidemias. Esta pérdida de población venía dándose desde el siglo anterior. De un total aproximado de 175,000 individuos hacia 1640, para 1730 tan solo reunían 12,130 “almas de adultos”.

Veamos ahora cómo esta pronunciada caída demográfica creaba condiciones que llevaban a los indios reducidos a limitar y hasta incumplir sus deberes militares. Por principio de cuentas, repercutía negativamente en sus obligaciones comunitarias porque, administradas según los intereses de los misioneros, tan solo en lo que se refería a las actividades agrícolas debían trabajar tanto las tierras a su cargo como las que quedaban desiertas. Y ello sin descuidar el trabajo de repartimiento en las explotaciones mineras de los españoles al que estaban sujetos. Esta labor les resultaba tanto más extenuante cuanto que, a su vez, tendía al crecimiento a medida que la configuración poblacional de aquellos iba en aumento, pero también porque debían compensar con su propio trabajo la baja producción minera ocasionada por el descenso demográfico arriba señalado.

Así pues, si participaban cada vez menos en actividades defensivas en favor de las tropas presidiales, no se debía solo a su debilidad numérica, sino seguramente también a la inconformidad consustancial a su carga laboral en desarrollo, todavía agudizada por su deber de auxiliar militarmente a los españoles. En 1719, por ejemplo, los pimas bajos, yaquis y tarahumaras fueron convocados a participar en una campaña militar en apoyo de los soldados. Los primeros se disculparon, “ya por sus milpas, ya por la mala gana de ir”, como comentó un misionero. Los segundos, por su parte, no parece que hicieran mayor caso a la convocatoria, y en cuanto a los terceros, si bien acudieron a la cita, al notar la inasistencia de los yaquis y pimas prefirieron volverse a sus respectivas comunidades, dejando solos a los pocos soldados que encabezarían la expedición, la cual, por lo mismo, no se llevó a cabo.

Esta circunstancia necesariamente tendería a disminuir la influencia militar de los españoles, porque exhibía su dependencia respecto de las fuerzas de los indios que los auxiliaban para ejercer su dominio en la región.

Las raíces del conflicto

Paradójicamente, las limitaciones que enfrentaban las fuerzas españolas para ejercer sobre los seris una vigilancia sostenida no siempre resultaron favorables para estos, ya que, establecidos fuera de sus inhóspitos dominios, en parajes más bien accesibles, quedaron expuestos a las hostilidades de sus antiguos enemigos pimas, algo que no previeron los españoles encargados de congregarlos en los pueblos de misión. Los seris, no obstante, tal vez en defensa de las prerrogativas logradas en su asentamiento misional, no solo no se dieron a la fuga a sus desiertos y marismas, sino que enfrentaron de nueva cuenta a los pimas por tiempo indefinido.

La larga duración de este nuevo conflicto inevitablemente afectó las actividades productivas de los seris, tanto dentro como fuera de la misión, de modo que, en sus intentos de superar la penuria alimenticia que siguió a los prolongados años de guerra, tendieron a tomar medidas extremas antes que renunciar a su ventajosa situación en los asentamientos misionales: procedieron a robar el ganado de los colonos vecinos, a los que, después de todo, no podían sino asociar con sus enemigos pimas.

Estas acciones, sin embargo, lejos de dejarlos impunes, les costó la represión de los soldados de Sinaloa, la cual, a su vez, fue objeto del más vivo rechazo por parte de los seris afectados. En 1720, uno de sus dirigentes no tuvo reparo en hacer público su malestar en los términos siguientes: “que había de hurtar bestias y ganado a los españoles, para que si los españoles los siguieran matar a dichos españoles para vengar las muertes que hizo un capitán llamado Escalante, que había entrado con soldados y había muerto a cinco o seis de sus parientes”.

 

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