Abrir un libro de texto gratuito de primer año y toparse de golpe con un óleo de Siqueiros fue, durante décadas, un suceso cotidiano. Millones de escolares de México, al depositar los libros extraídos de su mochila sobre el pupitre, se convirtieron en espectadores involuntarios de una de las pinturas más representativas del siglo pasado, aquella que exponía los rostros de Hidalgo, Juárez y Madero pintados sobre un fondo con los colores de la Bandera Nacional.
Esta elección fue consecuencia de aquella monumental empresa surgida el 12 de febrero de 1959, cuando el presidente Adolfo López Mateos firmó el decreto para crear la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg). Bajo la dirección del escritor Martín Luis Guzmán y la conducción del secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, el Estado transformó el aula en galería y la mochila de millones de infantes en un auténtico museo portátil. Torres Bodet, quien en su juventud fuera secretario particular de José Vasconcelos, sabía de sobra que la imagen educaba antes que la palabra.
Para los primeros libros distribuidos en 1960, se convocó a consagrados de la Escuela Mexicana de Pintura como David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Alfredo Zalce, Fernando Leal y Raúl Anguiano. El objetivo ideológico era claro: rendir homenaje a los héroes patrios en el marco del sesquicentenario de la guerra de independencia y el medio siglo de la Revolución Mexicana. Con ello, se cerraba un ciclo histórico idealizado por Vasconcelos: el mural abandonaba la pared para entrar al salón de clases.
En 1961, surgió la convocatoria que daría vida a *La Patria*, óleo de Jorge González Camarena donde una mujer mestiza, Victoria Dorantes, personificaba a la nación en marcha. Entre 1962 y 1972, y regresando en diversas etapas hasta 2019, esta obra ilustró más de 350 títulos y sumó 523 millones de ejemplares, erigiéndose como la pintura con más reproducciones en nuestra historia educativa.
Con la reforma educativa de 1972, el espectro visual se diversificó. Las portadas incorporaron el rigor de José Clemente Orozco y Juan O’Gorman, y en la edición de 1988 ampliaron la estética nacional abriendo paso a la vanguardia abstracta de Manuel Felguérez, al expresionismo de Elvira Gascón y a las formas universales de Rufino Tamayo. A este valioso panteón pictórico se sumarían… continua leyendo en la revista
¿Cómo citar este artículo?
Marco A. Villa, “Identidad y arte. Las emblemáticas portadas de los libros de texto gratuito”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 82-83
*Marco A. Villa
Historiador y columnista de la revista.

