Una tarde de primavera
El general Santiago Vidaurri llegó a una residencia cerca de la Plaza de la Constitución, en la Ciudad de México. Caía la tarde a finales de marzo de 1867. Tras dejar Querétaro, se instaló en la capital. No lo hizo como un ciudadano común. Entre su equipaje guardaba un pliego enrollado como un pergamino. Al abrirlo, se leía su nombramiento como ministro de Hacienda y presidente del ministerio del Imperio mexicano. Destacaba al calce la firma del archiduque Maximiliano de Habsburgo. En esa casa, que pertenecía a la distinguida señora Concepción Powles Sánchez de Haro Viuda de Pacheco, se celebraba una tertulia.
De acuerdo con la costumbre de la época, se recibían invitados una vez por semana e incluso cada quince días, pero ahí las reuniones eran más frecuentes. Al anochecer, alrededor de las siete, se daban cita en ese domicilio familiares y amigos cercanos de la anfitriona, así como altos funcionarios de la administración imperial. En el amplio salón, María Adelaida, la hija mayor de la familia, tocaba en el piano un repertorio de lo más variado. Este recorría la trayectoria del compositor austrohúngaro Franz Liszt, virtuoso pianista admirado en la corte de los Habsburgo, así como las polkas y mazurcas de moda. El culmen de la noche llegaba con los primeros acordes de “La Paloma”, la habanera predilecta de la emperatriz Carlota.
Entre una pieza y otra, se escuchaba el murmullo de los presentes. Conversaban sobre la guerra que mantenía en vilo al país. Si bien, la mayoría hacía el intento por ocultar su pesimismo, las miradas cautelosas los delataban. La preocupación por el desenlace del conflicto se desvanecía al compás del baile que algunos jóvenes improvisaban animados por la música. Entre ellos se encontraba Enrique de Olavarría y Ferrari; un muchacho de 22 años, de origen español, establecido en México desde diciembre de 1865. Al poeta Juan de Dios Peza debemos el rasgo biográfico de De Olavarría y Ferrari, a quien conoció en el ámbito literario de la metrópoli. Según su relato, perteneció a una familia avecindada en Madrid. En esta ciudad pasó su infancia y los primeros años de su juventud. Se graduó en la escuela segunda como bachiller en Artes y, por su inclinación a las Ciencias Sociales, se inscribió en la Facultad de Derecho. Recién egresado de la universidad obtuvo un empleo por oposición en el Banco de España. Sin embargo, por motivos que desconocemos, dejó su puesto para venir a México. Fue recibido por el señor Anselmo de la Portilla y Rodríguez, compatriota suyo y, a la sazón, colaborador en la secretaría privada de Maximiliano de Habsburgo. Además de desempeñarse como periodista y editor, se dedicó a fomentar los lazos entre España y México. Con el interés de que entablara relaciones con la aristocracia mexicana, de la Portilla lo animó a incorporarse a la vida social del imperio.
Un alma decepcionada
Esa tarde de marzo, durante las presentaciones y los saludos de cortesía, el joven notó la presencia de un caballero que se distinguía de entre la concurrencia. De alta estatura y con un aspecto robusto parecía rondar los sesenta años. Vestía una levita y pantalón oscuro, chaleco y corbatín como todos los señores presentes. El alto cuello almidonado de la camisa enmarcaba su rostro que mostraba un semblante serio. De vez en cuando esbozaba una sonrisa en un intento por esconder su incomodidad. Hablaba poco, pero al hacerlo su acento y la manera de expresarse eran diferentes a las del resto de los convidados. El joven, intrigado, preguntó por la identidad del hombre en cuestión. Alguien le contestó que la apariencia, la forma de hablar y los modales con los que se comportaba correspondían a los de la gente de la frontera del norte. Finalmente, supo que se trataba de José Santiago Vidaurri Valdés. Destacado político liberal conocido por su brillante trayectoria como gobernador de Nuevo León y, en su momento, también de Coahuila. En torno a su persona se hacían toda clase de comentarios: unos veían con recelo sus raíces liberales; otros admiraban la capacidad que demostró para captar, organizar y disponer de los recursos de su estado en aras del bien de la región. Todos reconocían las agallas que tuvo para oponerse abiertamente al poder central, encarnado en la figura del presidente Benito Juárez. Los airados desencuentros entre ambos fueron uno de los temas principales en la discusión pública de mediados del siglo XIX. Con el impulso de la curiosidad, Enrique se acercó a don Santiago, quien respondió con una actitud abierta y franca.
La noticia de su investidura como ministro no fue bien recibida en los diversos círculos políticos. Se decía que no contaba con la aprobación de los imperiales. Mucho menos con el aprecio de los republicanos. Es cierto que no esperaba una cálida bienvenida, pero tampoco imaginó que su presencia causaría descontento. Bajo esas circunstancias, el gesto de amabilidad le devolvió un poco del ánimo perdido. A pesar de la diferencia de edades la relación fraterna prosperó en las reuniones de la casona del centro. Al fondo del salón se les veía conversar mientras degustaban alguna de las bebidas que se servían en abundancia. El general tenía la costumbre de tomar una taza de café endulzado con piloncillo. De vez en cuando, pedía a uno de los criados una copa de licor de Jerez que bebía lentamente. No era aficionado a los postres y pasteles, pero aprovechaba la ocasión para probar los delicados dulces que iban y venían en lujosas charolas de plata. Con frecuencia elegía una pieza de fruta cristalizada o un platito de finísima porcelana con un poco de leche quemada y nuez. Este pequeño pero significativo detalle lo llevaba de regreso a su tierra, que en ese entonces parecía tan distante.
La convivencia y la charla fueron como un bálsamo sobre la ansiedad que lo embargaba. Desde que llegó a la ciudad lo invadió un sentimiento de desasosiego que lo mantenía en un sobresalto. En un manuscrito que se publicaría a fin de siglo, De Olavarría y Ferrari dejó el testimonio del estado emocional en el que se encontraba nuestro personaje: “Pocas veces se habrá visto a un hombre más decepcionado de la política que Vidaurri […] En su pintoresco lenguaje de sencillo ranchero ¡cuán tristes confidencias me hizo en aquellas tertulias!”. La heroica resistencia de los defensores de la república y los estragos causados por la guerra lo tenían desconcertado. No era para menos.
En las primeras semanas de la primavera, la atmósfera comenzó a tornarse sombría. Una mañana, lo despertó el trote de unos caballos. A través de la ventana de su recámara vio pasar a un destacamento de soldados, del cual reconoció su gallardete. Sintió un vacío en el estómago que le impidió probar bocado durante el desayuno. Apenas bebió un par de sorbos de chocolate… continua la lectura de este artículo en la revista.
¿Cómo citar este artículo?
Celeste Bernal González, “El hombre fuerte del Norte. Los últimos días de Santiago Vidaurri”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 58-69.
*Celeste Bernal González
Maestra en Historia de México por el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Especialista en historia militar del siglo XIX en México, con énfasis en la guerra de Intervención Francesa, el Segundo Imperio y la figura de Mariano Escobedo. Ha publicado diversos artículos de divulgación en *Relatos e Historias en México* y ha participado en ciclos de conferencias en los museos del Fuerte de Guadalupe, Historia Mexicana de Monterrey, Nuevo León, y Fuerte Casamata de Matamoros, Tamaulipas; además, se desempeñó como coordinadora del Archivo Histórico y Hemeroteca Municipal de Matamoros en el periodo 2024-2025.

