• 14-oct-2019.

¡Charros contra nazis!

Una historia de película en la Segunda Guerra Mundial
Fernando Llanos

 

La campaña ciudadana contra la posible invasión nazi, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, inundó las calles y la prensa con mensajes del gobierno de Ávila Camacho.

 

 

Los frutos de la Revolución

 

Mi abuelo Antolín tenía veinticinco años cuando llegó a ser el teniente coronel del Ejército Convencionista. En sus archivos está su nombramiento firmado por el general villista Manuel Madinabeitia, el 6 de agosto de 1915. Combatió con la Brigada Agustín Estrada y con la 3ª Brigada Chao de la División del Norte. Además participó en la épica batalla de Torreón en 1914. Supongo que ahí habrá conocido a Francisco el Charro Aguayo, quien decía haber sido dorado de Villa y sería uno de los primeros ídolos de la lucha libre. En 1934 ganaría la Corona Nacional en peso completo y, entre otras películas, actuó en 1938 en Padre de más de cuatro, la primera que incluyó el tema luchístico en su trama. Oriundo de Torreón, era analfabeta; en ocasiones portaba una indumentaria de charro y odiaba abiertamente a los extranjeros. Lo menciono porque son temas que se conjugaron en esas “identidades”.

 

Al término de la Revolución, Antolín fue recompensado con el cargo de inspector de Alcoholes y Rentas del Timbre, por lo que fue todo un recaudador de impuestos. Es ahí donde comenzó a capitalizarse, y también con una bolsa de oro que decía que le había regalado Pancho Villa. Luego fue oficial primero del Departamento de Estadística Nacional, puesto al que renunció en 1924 para dedicarse “a asuntos particulares que indudablemente absorberán” todo su tiempo. Se refería a su carrera política, pues en 1922 había sido electo diputado por el 13º círculo electoral en Oaxaca, por el Partido Liberal Constitucional, y en 1924 se convirtió en candidato de la Confederación de Partidos Socialistas de Oaxaca para ser diputado al Congreso federal. Compartió cartel con la fuerza política de Plutarco Elías Calles y de Álvaro Obregón, los mismos a los que se acusaba de haber mandado matar a su jefe, el general Villa, un año antes. Se refería s su carrera política.

 

Ganó en la elección y su capital político siguió creciendo en la Mixteca Alta oaxaqueña gracias, seguramente, a las relaciones que había establecido en esa tierra su mujer María. Paralelamente, fundó un despacho de leyes fiscales en 1925, en la calle Uruguay 40, en Ciudad de México. Recopilaba las que aparecían en el Diario Oficial –como la Ley de Alcoholes, legislaciones bancarias, Ley del Timbre, lmpuesto sobre la Renta, etcétera– y las publicaba en ediciones con hojas sustituibles para su actualización. Así nació Ediciones Antolín Jiménez; tenían una oficina con diez empleados, cinco encargados del papeleo y cinco en la imprenta en el cuarto de al lado. Llegó a contar con diez mil suscriptores y el negocio continuó hasta después de su muerte en 1975. Luego cerraría por el temblor de 1985; las oficinas y el equipo quedaron atascados en un edificio lastimado por el zangoloteo. Hoy es la bodega de un restaurante chino.

 

Entre sus credenciales políticas también encontré la de miembro fundador del Partido Nacional Revolucionario (PNR), impulsado por Plutarco Elías Calles. Este instituto fusionó la mayoría de los elementos revolucionarios y disciplinó las tendencias de los pequeños organismos regionales bajo la bandera de la Revolución. Desde sus orígenes y hasta que ese partido –convertido en el PRI– perdió la presidencia en 2000, la palabra revolución sería indudablemente la más sobada y menos entendida por los políticos de este país. La firma de Antolín se encuentra estampada en el acta constitutiva del PNR del 4 de marzo de 1929, concretada en la ciudad de Querétaro.

 

Una década después, con Cárdenas en la presidencia, Antolín volvió a lanzarse para diputado federal por Oaxaca, y volvió a ganar. Su última elección la ganó con el PRI, pero Miguel Alemán le pidió el cargo y así fue como abandonó la política. Sin ser oaxaqueño ni haber terminado la secundaria, fue diputado en cuatro ocasiones. De los casi quince años que ocupó ese cargo encontré muy pocos logros cuantificables: existe una nota de 1943 en El Universal, donde se menciona que Antolín consiguió que se estableciera en Huajuapan, Oaxaca, una “oficina exprés”.

 

La guerra contra los nazis

 

El interés de Alemania por México, por su vecindad con Estados Unidos, se advierte desde principios del siglo XX, en especial con la Primera Guerra Mundial. El histórico telegrama Zimmermann lo ejemplifica muy bien: en 1917, los alemanes le proponen al gobierno de Venustiano Carranza atacar a Estados Unidos. En recompensa, Alemania ayudaría a México a recuperar el territorio cedido en 1848, después de perder la guerra contra los estadounidenses.

 

La presencia alemana en el país creció a la par de la industrialización mexicana, pues causaban admiración los enormes avances de aquel país y su gran desarrollo tecnológico. La prensa nacional halagaba tales virtudes, pero con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial esa propaganda se transformó repentinamente en repudio y en un riesgo para los medios y los políticos germanófilos. Todos cambiaron de bandera.

 

En los archivos de mi abuelo encontré una colección de recortes de prensa sobre exitosos casos de guerrillas europeas que causaban bajas a los nazis: campesinos que sacaban la casta por su tierra, héroes solitarios que atacaban y huían. Supongo que recordaba su adolescencia revolucionaria y que se habría entusiasmado con las últimas palabras del famoso discurso del presidente Manuel Ávila Camacho del 28 de mayo de 1942: “México espera que cada uno de sus hijos cumpla con su deber”. Fue el día en que la Cámara de Diputados aprobó declarar el estado de guerra frente a las potencias del Eje.

 

Mi abuelo le tomó la palabra al presidente y de inmediato comenzó a organizar un ejército de charros cuyo lema era “Todo por la patria”, una frase que ha sido muy usada: se halla en el estandarte de la Infantería de Marina, aparece en los grabados anarquistas del semanario Regeneración de 1915, era el eslogan de la Guardia Civil franquista y está vinculado con una organización política guerrillera argentina de los años setenta.

 

Los combatientes de Antolín

 

Antolín bautizó a su ejército como Legión de Guerrilleros Mexicanos y aprovechó su posición de presidente de la Asociación Nacional de Charros para convocar, mediante la prensa y carteles, a todas las agrupaciones charras del país y a la gente de a caballo a sumarse a la Legión y a organizarse en pequeños grupos en todo el territorio. El presidente Ávila Camacho aprobó su iniciativa y la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) les dio asesoría militar a los jinetes que asistían todos los domingos al entrenamiento.

 

La primera mención en los medios sobre la Legión de Guerrilleros se publicó el 28 de agosto de 1942, tres meses después de la declaración de guerra contra el Eje Berlín-Roma-Tokio. A partir de entonces aparecen numerosas notas sobre el ejército de charros, desde reseñas de las barbacoas después del entrenamiento, hasta un atentado a balazos al secretario de la Legión, en agosto de 1943, del que se culpó a la poderosa Confederación de Trabajadores de México (CTM).

 

La idea era presentar dicha agrupación el 16 de septiembre de 1942, “Día del Acercamiento Nacional”, en el Zócalo de la capital del país, y que el presidente los abanderara, pero la CTM ya había apartado la plaza y los 1 500 charros con sus caballos tuvieron que posponer la cita para el 1º de mayo del año siguiente en Paseo de la Reforma.

 

Según la prensa, aquel día se reunieron más de mil charros armados a rendir su juramento, pero en la foto del archivo de mi abuelo aparecen tan solo 150, más dos mujeres y un niño. Meses después, el 20 de noviembre, la Legión de Guerrilleros Mexicanos marchó en el desfile. Antolín lideraba el contingente y saludó al presidente en Palacio Nacional.

 

¿Charros contra panzers?

 

Los números que maneja la prensa son fantásticos: se habla de 250 agrupaciones repartidas por todo el país, con cien mil combatientes inscritos. No hay documentos o fotografías que comprueben estos números, pero sí muchas menciones en todos los periódicos. Cuando entrevisté a los sobrevivientes del Escuadrón 201, ninguno de ellos había oído hablar de dicha agrupación y en los archivos históricos de la Sedena no hay registro de la Legión.

 

Mi abuelo tenía más de cincuenta años cuando se le ocurrió organizar a los guerrilleros de a caballo; pudo ser una propuesta real o solo un acto para conseguir capital político.

 

El archivo de Antolín lo encontré íntegro, organizado en álbumes de recortes, con fechas y referencias del medio donde fueron publicados, pero cuando fui a buscar en la Hemeroteca Nacional, encontré las notas de la Legión de Guerrilleros Mexicanos… ¡en la sección de Deportes!

 

Quizá no todos se lo tomaban en serio, pero había otros que sí. Y la Legión tenía entre sus miembros a personajes como el coronel veracruzano Enrique Rivera Bertrand, quien es mencionado en las memorias de César Augusto Sandino como uno de los encargados de traer a este líder revolucionario nicaragüense a Veracruz en los años treinta.

 

Mi abuelo buscaba llenar el país con hombres armados a caballo –quizá para enfrentar una invasión–, aunque la guerra exigía soldados en el frente de batalla.

 

Antolín renunció a la presidencia de la Asociación Nacional de Charros cuando esta se negó a apoyar al candidato Miguel Alemán Valdés en 1946. Entonces colgó el traje de charro. Terminó sus años gastando sus pesos al lado de mi abuela Alicia y a cada uno de sus hijos les dio una casa como regalo de bodas, excepto a mi tía Sara, porque no se casó, ni a mi madre porque ya no le alcanzó la lana. Murió de un paro cardiaco en los baños de la tienda Liverpool de Polanco el 8 de febrero de 1975.

 

 

Esta publicación es solo un fragmento del artículo "Charros contra nazis" del autor Fernando Llanos se publicó en Relatos e Historias en México, número 122. Cómprala aquí.