La noche antes de su suicidio –acaecido el 11 de febrero de 1931–, Antonieta Rivas Mercado escribió, a mano sobre una hoja membretada del Hotel Place de la Sorbonne, una breve carta a su amigo Arturo Pani, a la sazón cónsul general de México en París. La misiva, más que carta, llevaba los tonos de una nota suicida. En ella Antonieta se disculpaba por lo que estaba a punto de cometer, rogaba a su amigo que viera por su hijo Donald (que se encontraba en Burdeos) y que avisara a su hermano Mario en la Ciudad de México.
La nota –que al día siguiente sería hallada entre las ropas del cuerpo yacente de Antonieta– decía: “Arturo: Antes de medio día me habré pegado un balazo. Esta carta le llegará cuando, como Empédocles, me habré desligado de una envoltura mortal que ya no encierra un alma. […] Yo soy la única responsable de este acto con el cual finalizo una existencia errabunda. Antonieta”.
Esta mujer –ícono de la cultura en México, jovencísima benefactora de artistas y proyectos culturales, hija del celebérrimo arquitecto Antonio Rivas Mercado– había llegado a París siguiéndole los pasos a José Vasconcelos, uno de sus grandes amores y quien se encontraba en la Ciudad Luz en calidad de autoexiliado, ya que sintió la necesidad de abandonar México tras haber perdido las elecciones presidenciales de 1929.
La relación entre Antonieta y Vasconcelos no era muy añeja, pero sí intensa y palpitante. Se conocieron durante la campaña presidencial de él, a la que Antonieta aportó una fuerte suma de tiempo y dinero. Ella se obnubiló con aquel hombre de ilustre y veloz pensamiento. Él quedó embelesado de aquella mujer ilustrada, de “conversación atrayente” y de “inteligencia perfecta”. Y aunque los dos eran casados, de inmediato surgió entre ellos un tórrido romance.
Sin embargo, los breves días de la pareja en París no fueron nada dichosos. Para entonces ambos vivían sus propios infiernos y desgracias. Antonieta pasaba por una fuerte crisis anímica y emocional, agravada por una cascada de problemas legales, familiares y económicos. Tal vez quiso hallar en Vasconcelos una especie de refugio, pero éste se mostró frío y distante. Ni siquiera compartieron habitación, y al tercer día José le compró un pasaje para que Antonieta regresara a México a resolver sus múltiples embrollos.
El trágico día, por la mañana, Antonieta irrumpió en la habitación de Vasconcelos. Le confesó haber pasado una mala noche y, a bocajarro, le dijo […]

