¿De dónde proviene su fama? ¿Qué esconden sus canciones que, desde el inicio de la segunda mitad del siglo XX, son parte de la herencia cultural de la Ciudad de México?
Su verdadero nombre era Salvador Flores Rivera, pero todo el mundo, desde antes de ser famoso y un compositor popular, le decía Chava, mi Chava. Tal vez lo popular de sus composiciones proviene de la recreación de todas aquellas historias conservadas, guardadas, resguardadas, en una bolsa trasera muy cerca del… corazón; narraciones puntuales, precisas, sobre parte de la esencia de los mexicanos. Y es que muchos de nuestros abuelos, nuestros padres o nosotros hemos gustado de vivir en la nostalgia. Somos un pueblo que sueña todo el tiempo con otras épocas.
Precisamente una de las canciones más nostálgicas de Chava dice: “Hoy mi México es bello, como nunca lo fue, pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué”. Décadas atrás, el poeta Luis G. Urbina ya escribía sobre “ese México que contemplamos con cierta curiosidad risueña, al hojear cualquier libro viejo”.
Chava Flores fue un autor costumbrista, un cronista que nos hablaba de la vida cotidiana, que relataba con ingenio las historias de las personas comunes y corrientes. Rescató el lenguaje de lo mexicano, de lo nacional, pero también el lenguaje popular, que va cada vez más en desuso ante la globalización.
Su origen
Chilango de cepa, Chava Flores vino al mundo el 14 de enero de 1920, en el número 66 de la calle de la Soledad, ubicada en la zona de la Merced, un barrio de la Ciudad de México famoso por su historia y el cual era un reflejo de la misma capital debido a su importante área comercial, sus conventos y casas antiguas, sus fábricas, su mercado, así como sus obras y joyas arquitectónicas.
Y si el origen de Chava está en la Merced, qué decir de los barrios por donde anduvo: Tacuba, la Roma, Santa María la Ribera y Azcapotzalco, de donde finalmente partió para irse a vivir a Morelia, Michoacán. Allá pasó sus últimos años y luego volvió a la Ciudad de México en 1987, pocos días antes de su fallecimiento.
Entre esas veredas, en esos caminos que se bifurcan, el futuro compositor realizó infinidad de chambas: fue bodeguero, ferretero, repartidor y vendedor de ropa. Sin embargo, sus lecturas y su afición a las letras lo llevarían a una primera vocación a mediados del siglo XX: la escritura y edición de la revista Álbum de Oro de la Canción, que publicó durante tres años y fue el preámbulo de su ingreso al mundo de la canción, al mundo de los artistas de la radio y el cine (la televisión aún no existía).
Camino a la popularidad
En 1952 inicia una vertiginosa carrera para Chava, cuando RCA Victor, la más importante disquera de entonces, le graba un disco sencillo con dos de sus canciones que pronto se convertirían en clásicas de la música popular: Dos horas de balazos y La tertulia.
Ambas canciones fueron temas en sendas películas. Primero en Amor de locura (Rafael Baledón, 1952), con Niní Marshall, Óscar Pulido y Yolanda Montes, Tongolele, en donde los Hermanos Reyes, con Teresita, cantan Dos horas de balazos. Pero el mayor éxito fue La tertulia, interpretada por Pedro Infante en la cinta Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1952), una de las más taquilleras de aquel tiempo, en donde Infante se reúne con el otro monstruo del cine mexicano: Jorge Negrete. Esto abonó, sin duda, en la consolidación de Chava Flores.
En un medio tan competitivo, con compositores del tamaño de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Alfredo Núñez de Borbón, Rubén Fuentes o María Grever, por mencionar algunos, Chava supo colocar su obra de una manera creativa dentro del ámbito de la cultura mexicana. Vinieron más éxitos, más discos, presentaciones en teatros, carpas y giras. Más películas, como Ahí viene Martín Corona (Miguel Zacarías, 1951), donde Pedro Infante canta Carta a Eufemia. Además de Rebelde sin casa (Benito Alazraki, 1957), donde Chava hace dúo con Germán Valdés, Tin Tan, y en la que este genial cómico interpreta la pieza El bautizo de Cheto. Y así podríamos hacer una larga lista de la obra genial de Flores.
De modo que las canciones de Chava comenzaron a ser coreadas por los barrios de la capital, pues en ellas recogía el sentimiento urbano, los sueños, las frustraciones, los amores y también los desamores; el habla popular, el discurso costumbrista de la urbe que emergía durante el llamado Desarrollo Estabilizador (1958-1970), en un país donde el cine y la radio comenzaron a gestar la educación sentimental de los mexicanos.
De modo que las canciones de Chava comenzaron a ser coreadas por los barrios de la capital, pues en ellas recogía el sentimiento urbano, los sueños, las frustraciones, los amores y también los desamores; el habla popular, el discurso costumbrista de la urbe que emergía durante el llamado Desarrollo Estabilizador (1958-1970), en un país donde el cine y la radio comenzaron a gestar la educación sentimental de los mexicanos.
Reflejo de lo mexicano
Chava Flores es un espejo con el que echamos palique, dialogamos, criticamos, albureamos, soñamos y lloramos. Sus composiciones son un reflejo de la sociedad nacional de la época, pues además del tema costumbrista, en más de una se muestra como crítico social. Por ejemplo, en No es justo, donde se pitorrea del llamado Regente de Hierro, Ernesto P. Uruchurtu, quien gobernó la Ciudad de México durante catorce años (1952-1966), o también en El hijo del granadero.
Ambas canciones fueron realizadas y cantadas en tiempos de represión política. Recordemos que en la época de Uruchurtu grandes cómicos como Palillo (Jesús Martínez Rentería) actuaban con un documento de amparo en el bolsillo para evitar la cárcel. Y qué decir de la represión de 1968, donde los granaderos se convirtieron en el grupo policiaco más odiado del país... Sigue leyendo en el artículo completo y además conoce más sobre “La Familia Burrón y Chava Flores“ En nuestra edición 85.
¿Cómo citar este artículo?
Agustín Sánchez González, “El cronista musical, Chava Flores”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2025, pp. 34-39.
*Agustín Sánchez González
Licenciado en Historia por la UNAM, actualmente es investigador en el INBA. Se ha especializado en la historia cultural del México contemporáneo, así como en la caricatura y el humor gráfico. Ha publicado más de treinta libros, entre los que destacan: Los primeros cien años de Fidel Velázquez (1997), Un dulce sabor a muerte (2009), Gabriel Vargas. Una historia chipocluda (2010) y Guadalupe Posada. Fantasías, calaveras y vida cotidiana (2014).

