¿A qué podría deberse que todavía hacia finales del periodo colonial los españoles y los indios de Sonora siguieran interesados en mantener su alianza militar?
Suponemos que no fue por simple inercia impositiva de los primeros, ni tampoco por mero entreguismo político de los segundos, sino debido a un problema no previsto del todo por ninguno de los dos aliados. Se trataba de la oposición al dominio colonial español de los apaches y seris, los cuales, por el solo hecho de ser diferentes y de escapar, además, al control político de los españoles, recibían el desdeñoso calificativo de “indios bárbaros”.
Los apaches y seris se distinguían del resto de los grupos indígenas de Sonora porque, simple y sencillamente, no tenían parecido alguno con ellos y mucho menos aún con los españoles. Y es que con su sola excepción llevaban un modo de vida nómada, es decir, no vivían del cultivo del campo, sino de la caza y la recolección de frutos silvestres. Estas actividades, además de llevarlos a mudar continuamente de residencia, influían tanto en el tamaño como en la organización de sus agrupaciones, las cuales no iban más allá del nivel de la banda, con subgrupos formados por familias nucleares y extensas.
Los apaches practicaban también la agricultura, aunque en pequeñas parcelas de tierra, dado el carácter montañoso del medio geográfico en que vivían. Para un misionero, el éxito de los asaltos y robos de esas tribus se debía, precisamente, a su modo de vida nómada. Decía lo siguiente: “[…] la causa principal que hace a estas naciones invencibles es la suma barbaridad con que viven, pues no tienen jamás lugares determinados donde poder con certeza ser hallados, porque todos por temporadas, divididos en pequeñas escuadras, viven en las sierras más ásperas imitando a los brutos que siempre viven en los bosques”.
En cuanto a su localización geográfica, los apaches y seris radicaban en ámbitos un tanto marginales de la provincia. Los primeros, originarios de Nuevo México, tenían sus campamentos en las riberas del río Gila, en la región más septentrional de Sonora, mientras que los segundos tenían su territorio en las áridas llanuras occidentales y en la franja costera, así como en la isla Tiburón.
Ambos grupos, a pesar de su importante capacidad económica, en cuanto entraron en contacto con los bienes alimenticios de los españoles (reses, caballos, borregos, etc.) no dudaron en incorporarlos a su dieta. Pero, dado que por su mismo modo de vida nómada no podían dedicarse a su crianza y cuidado, y en vista de la enemistad que los oponía a los grupos agricultores sedentarios, no procuraron obtenerlos tan sólo a través del comercio, sino por medio del robo. Por ejemplo, de los apaches se decía: “aparecen de improviso y como rayos desaparecen, metiendo en salvo sus robos”.
Los movimientos armados de los seris
En el año de 1672 un número indeterminado de ese grupo tomó por asalto un pueblo de indios eudeves del occidente de Sonora, el cual se hallaba bajo la administración de los misioneros de la Compañía de Jesús. Allí robaron numerosos caballos y reses, además de dar muerte a más de cuarenta de sus moradores.
Los religiosos solicitaron el auxilio de los soldados del presidio de Sinaloa, el único que por entonces existía en la región. Uno de esos religiosos, sin ocultar el menosprecio con el que ya por entonces miraba a los seris, dijo de éstos lo siguiente: “esta nación es tal que si no es sacándola de sus tierras y castigándola más, deveras que hasta ahora ni de ellos se sacará provecho ni esta tierra tendrá paz y sosiego”.
Pacificados en su mayor parte, los seris empezaron a ser sacados de sus inhóspitos dominios y establecidos en una misión que recibió el nombre de Nuestra Señora del Pópulo de los Seris, cerca de la confluencia de los ríos Sonora y San Miguel, zona abundante en pastos y tierras de labranza, situada en el centro de la provincia. Allí, los misioneros esperaban cambiar su modo de vida nómada por el sedentario y convertirlos, además, a la religión cristiana, para lo cual se dieron a la tarea de instruirlos en el idioma español. Tales innovaciones, sin embargo, no pudieron llevarlas a cabo sostenidamente sin enfrentar un doble problema.
En primer lugar, la falta de costumbre de los seris a vivir en poblaciones fijas y menos aún del trabajo del campo, el cual les resultaba demasiado laborioso en comparación con la desenvoltura con la que realizaban sus antiguas prácticas alimenticias de caza y recolección de frutos silvestres; actividades en las que, además, invertían un trabajo incomparablemente menor. Y, en segundo lugar, el peligro que representaba para ellos vivir de fijo en la misión de El Pópulo, donde quedaban expuestos a las hostilidades de sus antiguos enemigos pimas, cuyos asentamientos se localizaban en las proximidades de dicho establecimiento. Tan grave resultó ser ese problema que cuando en el año de 1715 se ofreció el bautismo a un caudillo seri que se mantenía al margen de la misión, éste respondió: “Que ni él ni los suyos se habían de bautizar; que bien sabía ser muy buena la religión cristiana, pero que temían el morir, pues haciéndose cristianos habían de vivir en pueblo, que era lo mismo que asegurarlos a sus enemigos pimas fronterizos para que con poco o ningún esfuerzo los mataran”.
De más está decir que ambos problemas fueron suficientes en la determinación de la mayor parte de los seris de volver a sus antiguos dominios. Los pocos que se conservaron en la misión, no obstante, dejaban por temporadas sus precarios asentamientos para acudir a la costa en busca de sus alimentos tradicionales, de modo que, al igual que los que abandonaban definitivamente la misión o se resistían a vivir en ella, en buena medida mantuvieron sus antiguas formas de vida.
Con el fin de formarnos una idea más amplia de la importancia que tenía para los seris la recuperación de su antiguo territorio y su modo de vida nómada, consideramos necesario referirnos, así sea brevemente, a lo que el misionero Juan María Salvatierra pudo observar al respecto cuando en el año de 1710 pasó un tiempo en el territorio seri guiado por un caudillo del mismo grupo, de nombre Ambrosio, el cual había regresado a la costa luego de radicar un tiempo en la misión del Pópulo.
Lo que inicialmente llamó la atención del religioso de los alimentos tradicionales de los seris fue el aprecio que éstos concedían al mezquite. Sostenía que era algo “purgativo, pero sin alborotos del cuerpo”, y consideraba que “debía ser muy saludable, pues al tiempo de la cosecha me dicen los indios están muy sanos y se mueren apartándose de este sustento que no lo hay en distancia de sus playas”. Del mismo modo, el misionero quedó admirado de la riqueza y la variedad de los comestibles del mar; lo que en particular llamó su atención de esos alimentos fueron los cangrejos, decía que eran de muy buen sabor y que los había en grandísima abundancia, por lo que, como informó, “durante una temporada los cangrejos nos sirvieron de pan”.
Pero lo que llamó más la atención del religioso fue una cuestión diferente y por completo inesperada. Ocurrió que Ambrosio, el caudillo que lo acompañaba, lo hizo partícipe de un problema que por entonces afligía a los seris. Le dijo que estaba triste su corazón, debido a las muertes que un ataque de viruela había causado a su gente, razón por la que le pedía que les diera permiso de bailar esa noche. Salvatierra le respondió: “bailen hijos, alégrense”. El baile comenzó a la media noche y duró hasta el amanecer. Después informó el misionero: “fue un baile tan funesto y horroroso que de no haber sido prevenido hubiera tenido recelo de traición”. Este comentario del religioso no podía ser más revelador del gran desconocimiento que todavía tenían por entonces los mismos misioneros de las costumbres y valores de los indios que trataban de convertir al cristianismo.
Ambrosio y su gente todavía provocarían una sorpresa incluso mayor a los españoles, aunque quince años después; este caudillo acabó poniéndose a la cabeza de los suyos en contra de varios vecinos españoles en venganza por las muertes dadas por éstos a tres seris que habían robado ganado en uno de sus ranchos agropecuarios. Esa represalia, que se saldó con la muerte de poco más de treinta españoles y la derrota posterior de los que salieron en persecución de los asaltantes, marcaría el reinicio de la oposición de los seris a la dominación colonial, resistencia que se prolongaría con altibajos hasta finales del siglo XVIII y más allá.
Las invasiones de los apaches
En cuanto a este problema, es interesante lo que informó el visitador Rodríguez Gallardo en 1750. Dijo: “El apache y nosotros tenemos nuestras conquistas. Nosotros al norte y él al sur. Cuanto más nos internamos a sus tierras, tanto más él se va internando a las nuestras”. El propio visitador, sin embargo, hizo una aclaración importante con respecto a ese enfrentamiento. Sostuvo que de las dos conquistas por él mencionadas, la española era la menos vigorosa porque carecía de la capacidad suficiente para poblar y defender todo lo descubierto en Sonora. Por lo mismo, consideraba que, si a pesar de esas limitaciones, se obraba en sentido contrario, es decir, si se proseguía la expansión española en el norte y se introducía en el territorio apache, las consecuencias serían gravísimas, pues “será lo mismo que penetrar a las tierras del enemigo, dejándole la puerta abierta para que penetre a las nuestras”.
Una explicación aún más precisa al respecto fue dada dos años después por el auditor de la Guerra, marqués de Altamira. Para este funcionario el problema de las invasiones apaches en Sonora había tenido su origen hacia las últimas décadas del siglo XVII, cuando los misioneros de la Compañía de Jesús llevaron a cabo la fundación de misiones en la extensa región fronteriza del norte de dicha provincia conocida como Pimería Alta, colindante con el territorio apache. Argumentó que dichos religiosos procedieron “sin el cuidado de radicar, al mismo tiempo, vecindarios [de colonos civiles] que afianzasen esas reducciones, su estabilidad y buen efecto”. Así, en su opinión,
[los colonos civiles] que eran pocos, comenzaron a explayarse y vagar en el nuevo y anchuroso ámbito descubierto. Y como en la Sonora eran pocos, extendidos ya en Sonora y Pimería, quedaron menos, por más dispersos, y acaso esta habrá sido la principalísima causa de que el apache que no había internado al centro de Sonora, en este siglo haya pasado a tocar la provincia de Ostimuri [en el extremo sur de la región].
Pero ¿a qué se debía que los apaches tuvieran la capacidad para enfrentar en sus propios dominios a los españoles y todavía llevaran sus incursiones hasta el extremo sur de Sonora? Descúbrelo en el artículo completo dentro de la revista 216.
¿Cómo citar este artículo?
José Luis Mirafuentes, “El hombre fuerte del Norte. Los últimos días de Santiago Vidaurri”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 26-37.
*José Luis Mirafuente
Doctor en Historia por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad de París. Profesor e investigador de la UNAM en retiro, ha obtenido el premio al mejor artículo en 1991, otorgado por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas, y mención especial en 1992, en la edición de premios de la misma institución. Es autor de diversos artículos en revistas especializadas, así como de libros, entre los que se cuentan: Movimientos de resistencia y rebeliones indígenas en el norte de México (1680-1821). Guía documental (3 t., 1989), Nómadas y sedentarios en el norte de México. Homenaje a Beatriz Braniff (en coedición, 1999), además de la edición (con Pilar Máynez) de la obra de Domingo Elizondo, Noticia de la expedición militar contra los rebeldes seris y pimas del Cerro Prieto, Sonora 1767-1771 (1999).

