En el periodo virreinal se pensaba que dentro de los conventos femeninos todo era armonía y obediencia, y que existía una conducta casi perfecta por parte de las monjas. Lo cierto es que, en muchas ocasiones, existieron dudas y disputas, pleitos internos e, incluso, expresiones contra las autoridades. Un expediente inquisitorial sobre una denuncia por hechicería nos da un ejemplo de estas tensiones en la vida cotidiana de los monasterios novohispanos.
Denuncia contra la abadesa
En agosto de 1697, dentro del convento de La Encarnación de concepcionistas en la Ciudad Real de Chiapa, una novicia llamada María Rosa de la Concepción se encontraba en confesión con Juan de Santander. Entre lo que hablaron, ella le contó que el año anterior, en vísperas de la fiesta de San Francisco Javier, la abadesa, sor Gregoria de la Concepción, le pidió a la madre María de la Asunción que cantara unos versos, pero ella se negó. La priora le dijo que el santo la castigaría, a lo que la monja le contestó: “¿Qué le había de hacer? ¿Echarla al infierno?, que para ella tanto era el infierno como el cielo”.
El confesor le dijo que debía denunciarla, pues la superiora no lo haría porque era “muy amiga de la denunciada, la moverá el amor y respeto que le tiene al chantre de la iglesia catedral, Crisóstomo Alonso de Solís, tío de María de la Asunción, quien como capellán ha asistido mucho a la abadesa”. Aunque sor María había expresado palabras consideradas contrarias a la fe, no sería castigada por el favoritismo de la abadesa hacia ella por su relación familiar con el capellán y su influencia dentro del claustro.
Sabemos que la Ciudad Real de Chiapa contó con un comisario de la Inquisición, pero, de acuerdo con el expediente, se envió la denuncia directamente a la Ciudad de México porque en ese tiempo el cargo se encontraba vacante. Sin embargo, para noviembre de 1697 Juan de Santander ya fungía como tal. A él le llegó otra denuncia, el día diecisiete del mismo mes, por parte de la misma novicia María Rosa, acusando ahora a la madre Gertrudis de la Concepción por decir a otras monjas que “había visto andar junto a un bracero una cabeza sin cuello en la noche”.
Después, el día veinte, María Rosa también acusó a la abadesa de haber llamado al indio José para que la curara “con hechizos”, porque vio “que le refregaba la cara con unas hierbas”. Parece que la joven estaba demasiado pendiente de lo que ocurría dentro del claustro para inmediatamente después ir a acusar a sus compañeras de lo que para ella eran conductas erróneas. Pero más allá de eso, fue muy enfática en inculpar a la priora; aunque primero acusó a dos monjas, estas denuncias pasaron a segundo plano y pidió que se enfocaran en la abadesa y “sus hechizos”.
Las prácticas mágicas y hechiceriles fueron, en cierta medida, comunes. Tenían como finalidad conseguir ayuda para algún problema, enfermedad, encontrar un objeto extraviado, tener un buen viaje u obtener algún amor. A partir de la segunda mitad del siglo XVII aumentaron las denuncias por este delito, pero la actitud del Santo Oficio hacia estas acusaciones fue básicamente archivarlas, posiblemente por su extendido uso. Cuando el tribunal decidió intervenir fue porque consideró grave el asunto y, a partir del castigo, buscó advertir a los feligreses que debían seguir las normas de la ortodoxia o serían juzgados.
Hierbas en los conventos de monjas
Ahora bien, la utilización de hierbas se relacionó con la hechicería por considerarse una práctica de “curación mágica” aunque, como ocurrió en España, el uso de remedios herbolarios hizo que algunas denuncias se fundamentaran sólo en rumores. En los conventos novohispanos la medicina herbolaria se extendió entre las religiosas. En las enfermerías dentro de los claustros, las monjas enfermeras y las boticarias se encargaban de aliviar las afecciones de sus compañeras —como tumores, ceguera, gota, neumonía, espasmos nerviosos, inflamación uterina, herpes, dolores estomacales o fiebres—, utilizando métodos terapéuticos y medicamentos elaborados por boticarios, pero también remedios naturales hechos por ellas mismas como emplastos e infusiones, los cuales seguramente habían aprendido de los saberes indígenas.
Asimismo, dentro de los conventos había huertos donde sembraban diferentes hierbas para cocinar o para utilizar como remedios caseros (ruda, albahaca, hierbabuena, manzanilla, entre otras), y algunas flores. Esto pudo ser aprovechado por la novicia para que el comisario Santander le creyera, sobre todo porque sabemos que el delito de hechicería estaba relacionado con la utilización de distintas plantas como la de Santa María, el peyote o el toloache.
La Inquisición consideró este delito en dos casos específicos: si se invocaba demonios, porque en tal caso había pacto tácito o explícito con ellos; o si en sus hechizos se mezclaban cosas sagradas como cera, agua o aceite benditos u hostias consagradas. De igual forma, se consideraba delito cuando se rezaban oraciones a santos, santas o vírgenes para invocar al demonio. No se especificó nada de esto en la denuncia, así que podemos pensar que María Rosa pudo observar a la abadesa usando hierbas para algún uso curativo y pensó que podía utilizar este hecho en su contra, o que en verdad creyó que lo que estaba haciendo la prelada era peligroso y denunciarla fue una buena oportunidad para expresar su malestar por situaciones en las que no estaba de acuerdo.
Una segunda denuncia
El asunto no quedó ahí. Aquel mismo año, otra denuncia contra la priora y el chantre llegó a Juan de Santander y se anexó al mismo expediente. A finales de noviembre de 1697 el comisario recibió a Juan Cerón, jesuita, a nombre de sor Úrsula de San Ignacio, quien le explicó que la madre María de San José le contó que el chantre de la iglesia catedral le envió un remedio a la abadesa para curarse la hinchazón del rostro y que la sustancia se componía de cacao y “otras cosas”. Sigue la historia en el artículo completo para descubrir la resolución del Santo Oficio.
¿Cómo citar este artículo?
Xixián Hernández Olarte, “¿Hechicería dentro de un convento? El caso del monasterio de La Encarnación de Chiapa (1697)”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 52-57.
*Xixián Hernández Olarte
Doctora y maestra en Historia por la UNAM. Es investigadora posdoctoral adscrita al IISUE de la misma universidad. Sus líneas de investigación se enmarcan en la historia de las mujeres en el virreinato, con énfasis en la educación y la cultura en el ámbito conventual, fundaciones monacales para indias nobles y mujeres ante la Inquisición.

