Tres imprescindibles del cine nacional

Fitzgerald, Savage y Lavista en los premios Oscar, Cannes y Venecia | La Historia en streaming

Marco A. Villa

La historia del cine tiende a colocarse en los rostros: en el director, en la actriz, en el productor. Pero en la época de oro del cine mexicano los galardones obtenidos en los grandes festivales europeos no cayeron del cielo gracias a quienes aparecían en pantalla. Cayeron, en buena medida, gracias a tres hombres que trabajaron en la oscuridad del taller, de la sala de montaje y del foso de la orquesta: el escenógrafo Edward Fitzgerald, el editor Carlos Savage y el compositor Raúl Lavista. Sus nombres aparecen en los créditos finales, cuando la mayoría del público ya se ha ido, pero sin ellos el cine mexicano no habría ganado lo que ganó.

Oriundo de San Francisco, Fitzgerald (1916-1982) llegó a México atraído por la efervescencia artística posrevolucionaria y entró al séptimo arte en los talleres de carpintería y modelado de los estudios cinematográficos, donde aprendió el oficio de escenógrafo. Ahí desarrolló una sensibilidad puramente cinematográfica: entendía que los volúmenes, las texturas y los ángulos de una escenografía no debían verse bien en el ojo humano, sino en la lente de la cámara. Fue esa comprensión la que lo llevó a colaborar con Luis Buñuel en la preparación de *Los olvidados* (1950). Para el rodaje mezcló las grabaciones de las locaciones reales con fragmentos de sets construidos en estudio. El jurado del Festival de Cannes de 1951 le otorgó a Buñuel el premio a la Mejor Dirección; el Premio Ariel de ese año reconoció también la escenografía de Fitzgerald.

Por su parte, el capitalino Carlos Savage (1919-2000) entró al oficio a los dieciséis años como cortador de negativos y asistente de sincronización —una labor artesanal y milimétrica, anterior a cualquier tecnología digital—, y se formó bajo la tutela de editores pioneros. Por su cuenta, desarrolló un interés creciente por el ritmo interno de la escena y por las elipsis temporales complejas que la industria comercial de la época miraba con desconfianza. Ese interés fue lo que lo convirtió en el colaborador indispensable de Buñuel durante su etapa mexicana. Savage editó *Los olvidados*, *El ángel exterminador* (1962), *Simón del desierto* (1965), entre otras. Esta última ganó el Premio Especial del Jurado (el León de Plata) en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 1965. El nombre en el crédito de montaje era el de Savage.

Finalmente, Raúl Lavista (1913-1980) fue un compositor cinematográfico prolífico: acumuló créditos en más de trescientas producciones a lo largo de su carrera. Su entrada al cine llegó por su fascinación con la sincronización entre sonido e imagen, disciplina en la que se convirtió en referencia obligada dentro de la industria. Trabajó con Buñuel en varias producciones, como *El ángel exterminador*, que se presentó en Cannes en 1962 en sección oficial. Su catálogo incluye también colaboraciones con Roberto Gavaldón en *Macario* (1960), cinta que representó a México en la contienda por el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera —la primera vez que una cinta nacional llegaba a esa terna—, y con Emilio Fernández y otros directores de la época de oro.

Sigue leyendo para saber qué es lo que une a los tres personajes mencionados, más que, por supuesto, sus nombres en los créditos de las mismas películas…