“Su apellido es impronunciable, joven. Lo llamaremos Van”. Esas fueron las palabras con las que Natalia Sedova, esposa de León Trotsky, dio la bienvenida al espigado Jean van Heijenoort la otoñada tarde del 20 de octubre de 1932, en el embarcadero privado de la mansión Yanaros, la vieja y amplia casona decimonónica que la pareja ocupaba desde hacía unos meses. De rojos ladrillos, altas paredes rematadas con mansardas y jardines de vegetación mediterránea cerrados con talludos pinos, la casa poseía una vista de postal de la icónica ciudad de Estambul, pues se hallaba en una colina de la isla de Prinkipo (Büyükada en turco), la más grande del pequeño archipiélago de los Príncipes, en el mar de Mármara, frente a las costas de Turquía.
Esa misma tarde, en el interior de la bermeja y espaciosa casa, Heijenoort al fin conoció, en persona, al antiguo líder bolchevique del Ejército Rojo, el protagonista de la Revolución de Octubre de 1917, el escritor, intelectual y político marxista –que Van admiraba y había leído con fruición–, el gran crítico de la concentración del poder en manos de Iósif Stalin (quien lo había acusado de ser un peligro para la “patria socialista”, desterrándolo de la Unión Soviética e iniciando contra él una persecución internacional, que crecía año con año, para eliminarlo de la faz de la tierra), el brazo derecho y sucesor natural de Vladímir Lenin, el que nació bajo el nombre de Lev Davídovich Bronstein, pero que era mundialmente conocido por su *nom de guerre*: León Trotsky.
Pues bien, Van había viajado hasta esas latitudes turcas, procedente de París, para trabajar al lado de este excepcional hombre.
**Exilio en Estambul**
“Se parece a Otto”, le soltó Trotsky al joven Van al estrechar por vez primera su mano. El viejo bolchevique se refería a su veterano guardaespaldas Otto Schüssler, que vivía con él desde hacía tiempo. Ambos eran rubios, cierto, pero hasta ahí llegaba el parecido. Van era francés, grácil y enjuto, de amplia nariz y pómulos marcados; Otto era alemán, rollizo y menudo, de corta nariz y orbicular cara.
Jean van Heijenoort había llegado a la casona de Prinkipo –que en el pasado fuera “residencia de verano de algún personaje importante de Estambul”– con la tarea de ocupar un puesto que en unos días quedaría vacante: el de secretario particular de Trotsky, que desempeñaba el checo Jan Frankel. Rápidamente, Van se dio cuenta de que tal cargo implicaba mucho más que llevar la correspondencia del soviético, escribir apuntes, dictados y memorándums, atender llamadas o clasificar su archivo… Había, en ello, una permanente sensación de estar corriendo un gran riesgo.
Tras la muerte de Lenin en 1924, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el Partido Comunista ruso entraron en una vorágine de disputas por la sucesión en el poder. Al final, Stalin logró imponerse y expulsó a Trotsky del partido en 1927, luego lo “deportó” en 1928 a Alma Atá, ciudad principal de Kazajistán, y un año después lo exilió en Estambul. En realidad, de buena gana lo habría asesinado, pero Stalin comprendía que “en ese momento –cuenta Heijenoort en su libro *Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán*– habría encontrado una oposición por parte de ciertos miembros del Politburó y habría podido enceguecer de rabia a algún joven trotskista, hasta el punto de llevarlo a cometer un atentado contra Stalin”.
De modo que, en la residencia de Prinkipo, la vida de un secretario particular de Trotsky era mucho más que vivir rodeado de papeles. Significaba, sobre todo, sobrevivir al lado de un hombre que estaba en el crítico umbral del cementerio. A diario –así lo recuerda Van– había que montar guardia: “En 1932 el problema de la seguridad se había convertido en una preocupación constante en Prinkipo. La guardia nos llevaba gran parte del tiempo. Estábamos, por supuesto, siempre armados”.
Y agregaba, escéptico: “Nunca me hice demasiadas ilusiones acerca de la eficacia de nuestra vigilancia. Cuando un gran Estado, que dispone de medios financieros y técnicos inmensos, quiere eliminar a un individuo aislado, desprovisto de recursos, rodeado solamente de algunos amigos jóvenes, la partida es demasiado desigual”.
**Odiar la guerra**
Proveniente de Odesa, Ucrania, Trotsky llegó a Estambul el 12 de febrero de 1929, custodiado por la GPU, la policía secreta de Stalin. Lo acompañaba su segunda esposa, Natalia Sedova, y su hijo mayor Liova, a la sazón con 23 años. Hacia abril, los Trotsky se mudaron a la isla de Prinkipo, primero ocupando hoteles y casas hasta que, en enero de 1932, consiguieron la excelente mansión Yanaros, esa a la que llegó, con 20 años a cuestas, el joven rebelde y entusiasta francés Jean van Heijenoort, sin otro equipaje que una máquina de escribir con caracteres cirílicos.
¿Quién era ese jovencito rubio, ojiazul, de apellido impronunciable? Sigue leyendo el artículo completo en la revista edición 214.
Referencia
Ricardo Lugo Viñas, “De Prinkipo a Coyoacán. El matemático Jean van Heijenoort, secretario de Trotsky”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, pp. 18-21

