Ecologistas en el siglo XIX

El cuidado de los bosques no es una moda 

Consuelo Cuevas-Cardona* y Óscar A. Molina-González**

Intelectuales, científicos y políticos se preocuparon desde mediados del siglo XIX por la protección de las zonas forestales, así como por las funestas consecuencias de la tala indiscriminada, no solo para la naturaleza sino para el desarrollo económico y la población mexicana, desde una perspectiva que se asemeja a lo que hoy se conoce como desarrollo sustentable.


Aunque frecuentemente se cree que el cuidado de la naturaleza, y en particular de los bosques, es una inquietud reciente, no es así. Los anales de la historia muestran que la preocupación por la tala, por ejemplo, tiene muchos años de existir y que desde la época prehispánica se establecieron reglamentos que intentaron regularla e incluso se crearon áreas de protección como Chapultepec.

En el siglo XIX también se realizaron esfuerzos para la conservación de los bosques, historia que se encuentra estrechamente ligada al Ministerio o Secretaría de Fomento, dependencia del gobierno mexicano encargada de coordinar los trabajos científicos en ese entonces. Un seguimiento a ese ministerio nos permite saber de varios hombres ilustres distinguidos por sus actividades políticas o literarias, pero cuya faceta científica es casi desconocida.


La labor de Fomento
En abril de 1853, entre la presidencia de Manuel María Lombardini (7 de febrero-20 de abril de 1853) y la de Antonio López de Santa Anna (20 de abril de 1853-9 de agosto de 1855), pero posiblemente como consecuencia del trabajo realizado durante el gobierno de Mariano Arista (15 de enero de 1851-5 de enero de 1853), se echó a andar el Ministerio de Fomento, que se encargaría desde entonces de coordinar las obras públicas, las mejoras materiales, trabajos de colonización, descubrimientos, inventos y perfeccionamientos hechos en las ciencias y artes.

El primer ministro del ramo fue Joaquín Velázquez de León, quien no debe confundirse con su tío, Joaquín Velázquez Cárdenas y León, uno de los científicos más importantes de la Nueva España. Velázquez de León, como su tío, también fue un estudioso que participó en diferentes comisiones científicas y fue profesor de distintas escuelas. De acuerdo con una biografía escrita en 1885, él propuso la creación de la Escuela Nacional de Agricultura, que se estableció el 15 de marzo de 1850 en lo que hasta entonces había sido el Colegio de San Gregorio (en la actual calle de San Ildefonso, en el Centro Histórico de la Ciudad de México), en donde impartió zoología y geología.


Entre otras muchas obras, Velázquez de León empezó a publicar los Anales del Ministerio de Fomento con los resultados de los trabajos realizados. Gracias a estos podemos saber que uno de los aspectos que desde sus inicios debía vigilar la dependencia era el cuidado de los bosques. El 14 de agosto de 1854 se emitió un decreto en el que se prohibía la exportación de madera por buques nacionales o extranjeros sin la autorización del ministerio. Este decreto fue recordado en 1861 por Ignacio Ramírez, el Nigromante, quien ocupó el despacho de Fomento por unas pocas semanas, del 19 de marzo al 3 de abril. En este breve lapso emitió un reglamento relacionado con el corte de los árboles, el cual establecía que para poder talar se debía contar con un permiso y que los agentes de Fomento en el país debían fungir también como inspectores de bosques. Asimismo se indicaba que se debían sembrar diez semillas por cada árbol derribado.

Intelectuales ecologistas
Ignacio Ramírez es principalmente conocido como escritor y político, pero pocos saben que perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, una agrupación apoyada por el Ministerio de Fomento que reunió a los intelectuales de la época interesados en los estudios relacionados con el conocimiento del territorio nacional, su clima, flora, fauna y habitantes. En el boletín de esa sociedad hubo una sección llamada “Silvicultura”, en la que se abordaron temas relacionados con la importancia de conservar las zonas boscosas del país. Los socios discutían si los bosques eran entidades reguladoras del clima o si, más bien, los factores climáticos eran los que influían para que los hubiera en determinadas regiones del planeta. Ramírez era partidario de la segunda opción. Por otra parte, también pensaba que los bosques debían conservarse por razones económicas, es decir, porque la madera era esencial para distintas actividades humanas y siempre se iba a necesitar, por lo que había que salvaguardar su existencia. Una idea muy similar a lo que hoy se conoce como “desarrollo sustentable”.


Otro de los socios interesados en la conservación de los bosques fue Manuel Payno, el reconocido autor de Los bandidos de Río Frío (1889-1891) y otras obras literarias. El escritor y funcionario realizó extensos estudios para tratar de determinar el número de árboles talados desde la época de la Conquista y concluyó que desde la entrada de Hernán Cortés a tierra mexica hasta 1864, habían sido talados doscientos millones de árboles en el Valle de México. Para llegar a esta afirmación utilizó los registros de ingreso de cargas de leña, carbón y madera a la Ciudad de México, con datos estadísticos del gobierno del Distrito Federal sobre el número de habitantes potencialmente consumidores de estos recursos y los censos de los diferentes establecimientos comercializadores de madera.

Además de calcular la cantidad de árboles talados durante esos años, Payno se auxilió del conocimiento de los anillos leñosos respecto a la edad del árbol para mostrar las dificultades que representaría recuperar la población forestal devastada. Señaló que los sistemas de tala vigentes no permitían que las poblaciones de árboles se recuperaran y que eso estaba llevando a la desaparición de extensas zonas boscosas, lo que resultaba realmente preocupante.


Payno fue autor, junto con Vicente Riva Palacio, de El libro rojo (1870), una obra que trata de la sangre derramada durante diferentes pasajes de la historia de México, desde la Conquista hasta las luchas entre conservadores y liberales durante la Reforma. El tratamiento es histórico, pero también literario. Ambos autores estuvieron unidos por su interés en estas áreas y también están vinculados por su lucha en la conservación de los bosques.


Riva Palacio fue ministro de Fomento de 1876 a 1880. Durante su periodo se construyeron tres observatorios: el Astronómico Nacional, instalado en el Castillo de Chapultepec; el Astronómico Central, que funcionó en la azotea de Palacio Nacional, y el Meteorológico Central, instalado también en este lugar. Además, echó a andar la Comisión Geográfico-Exploradora, cuyas bases de operación estuvieron en Puebla de 1878 a 1881, y en Xalapa de 1881 a 1914. Estas instituciones trabajaron de manera coordinada para levantar mapas y hacer estudios geográficos del país, que no podían elaborarse sin el apoyo de la astronomía. En 1878 mostró unas “Disposiciones sobre corte de maderas en los bosques nacionales”, pues afirmó que el reglamento existente había sido ineficaz para controlar el saqueo e hizo un llamado a los gobernadores, jueces de distrito y jefes de hacienda para que colaboraran a decidir las medidas que debían tomarse para evitar los abusos. Los agentes de Fomento debían indicar cuántos permisos de corte habían concedido.  


La voz de Riva Palacio estaba apoyada en estudios que había realizado la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Además de las razones económicas que Ignacio Ramírez había dado y de los estudios de Payno, otros socios expresaron sus inquietudes al respecto, como Hilarión Romero Gil, quien mencionó la importancia de los bosques en la producción de oxígeno, captación de humedad, fertilidad del suelo (por los detritos proporcionados por las ramas y las hojas), protección contra la erosión —pues las raíces atajan y conservan el suelo— y su posible influencia sobre el clima.


La preocupación de los científicos
En agosto de 1895 la Academia de Legislación y Jurisprudencia lanzó una convocatoria para saber qué temas científicos deberían ser objeto de legislación por su trascendencia a nivel nacional. La Sociedad Mexicana de Historia Natural, una agrupación de naturalistas que nació en 1868 y más tarde fue apoyada por la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, consideró que era necesario revisar y actualizar las leyes que se tenían en materia de explotación forestal, por lo que presentó varios trabajos al respecto. Conoce más en el artículo completo.


¿Cómo citarlo?
​Consuelo Cuevas-Cardona y Óscar A. Molina-González, “Ecologistas en el siglo XIX. El cuidado de los bosques no es una moda”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2015, pp. 79-83.



*Consuelo Cuevas-Cardona
Bióloga y doctora en Ciencias por la UNAM. Se ha dedicado a la divulgación de la ciencia y ha publicado diversos libros y artículos en revistas científicas. Sus trabajos se han enfocado en la historia de la ciencia —con énfasis en la biología—, grupos y centros de investigación en México entre los siglos XIX y XX. Es profesora e investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.  


**Óscar A. Molina-González
Biólogo por la UAEH y Maestro en Ciencias en Conservación y Aprovechamiento de Recursos Naturales por el IPN. Ha realizado varias investigaciones sobre la historia de la conservación de la naturaleza en México entre los siglos XIX y XX.