Andrés de Urdaneta

Un raile, marino y cosmógrafo que encontró la ruta en el Pacífico para conectar con Oriente.

Antonio Rubial García

En el siglo XIII, las primeras embajadas franciscanas enviadas por el rey de Francia y por el papa a la corte del Gran Kan despertaron en Europa un interés inusitado por el imperio chino recién conquistado por el general mongol. Ese lugar, desconocido hasta entonces, comenzó a tener una importancia clave para los europeos, no sólo por la promesa del comercio –como lo proyectó Marco Polo– sino también para buscar su conversión al cristianismo y una alianza con ellos para vencer a los musulmanes y recuperar Jerusalén. Con esas miras comerciales y misioneras los portugueses bordearon África, llegaron a la India y ocuparon Macao; con las mismas intenciones, Cristóbal Colón y los castellanos viajaron hacia el poniente y se toparon con América, aunque por más de una década se siguió pensando que este territorio era la India, por lo que sus habitantes fueron llamados indios.

Después del cuarto viaje de Colón en 1502, varias expediciones salieron de la isla de Santo Domingo para recorrer las costas atlánticas de América y la cartografiaron desde el golfo de México hasta la desembocadura del Río de la Plata. Para 1507, la información acumulada durante estos viajes terminó por definir los territorios recién descubiertos como un “Nuevo Mundo”, siendo Américo Vespucio y su equipo de cosmógrafos quienes lo llamaron así por primera vez. Ese descubrimiento aumentó las expectativas de llegar al Asia, para lo cual se inició la búsqueda de un canal, que al principio se pensó estaba en el norte.

Una década después, en 1519, el mismo año en que Cortés llegaba a las playas de Veracruz, el portugués Fernando de Magallanes y el vizcaíno Juan Sebastián Elcano, al servicio del rey de España, buscaron ese mismo paso por el sur y, arrastrados por la corriente de Humboldt, fueron llevados a los archipiélagos del sureste de Asia, donde Magallanes murió. Elcano continuó la trvesía aprovechando la corriente del océano Índico, bien conocida por los portugueses, y bordeando África llegó a Europa en 1522. De las cinco embarcaciones y los cerca de 250 tripulantes que habían iniciado la travesía, sólo llegaron a España 18 en un barco. A pesar de tantas pérdidas, con ello se completaba el primer viaje alrededor del mundo y apenas entonces se tuvo conciencia de las verdaderas dimensiones del planeta.

El problema; los portugueses habían llegado a ellas antes y, al dominar las rutas del océano Índico, detenían cualquier intento español de comunicación con Europa por esa vía. La solución era encontrar otra alternativa por el Pacífico y, de regreso a Nueva España, llegar al Atlántico, un océano donde el imperio español de Carlos V se movía libremente. Después de varios intentos, esa hazaña se logró en tiempos de su hijo Felipe II.

Andrés nació en noviembre de 1508 en el poblado de Villafranca de Oria en la provincia vascongada de Guipúzcoa, en el antiguo reino de Navarra, al inicio de un siglo trascendental para la fechas muy cercanas a las de Carlos de Habsburgo, quien entonces tenía ocho años. Sus padres, Juan Ochoa de Urdaneta y Gracia de Ceráin, eran personas acomodadas y dieron a su hijo una educación esmerada y trilingüe pues, además del vasco (su lengua materna), debió aprender castellano y latín. Aunque se desconoce dónde realizó sus estudios; es probable que desde entonces se sintiera atraído por las matemáticas y la astronomía. Por ser el menor de sus hermanos, sus padres lo habían destinado a la carrera sacerdotal, pero él tenía otros planes

Su infancia y primera juventud estuvieron marcadas por los conflictos que asolaron al reino de Navarra a raíz de la conquista iniciada por Fernando el Católico en 1512. La rebelión en Navarra fue sometida en ese mismo año de 1521 y, para aplacar los ánimos de los aristócratas navarros y vascos, el emperador optó por perdonar a los sublevados y confirmó y amplió los privilegios concedidos en 1515. A partir de entonces, la presencia de conquistadores y mercaderes de ese reino fue constante en todas las campañas imperiales tanto en Europa como América. Para Carlos V era urgente acabar con el conflicto navarro pues ese año de 1521 iniciaban sus campañas en el norte de Italia, enfrentando al rey de Francia Francisco I; éste también tenía pretensiones de ser nombrado emperador, para lo cual el dominio sobre las ricas ciudades lombardas era esencial. Mientras que a Francia la apoyaba Venecia, Carlos contaba con la alianza de Enrique VIII de Inglaterra (casado con su tía Catalina de Aragón) y con el papa León X, interesado en someter al rebelde “hereje” alemán Martín Lutero, quien desde Sajonia había declarado su abierta desobediencia a Roma.

Urdaneta no pudo haber tenido aún la conciencia de formar parte de los proyectos imperiales cuando decidió viajar a las lejanas y exóticas tierras del Oriente; en su decisión debió más bien influir su espíritu de aventura animado por sus juveniles 17 años. 
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La expedición a las Molucas
El proyecto “oriental” de Carlos V se vio impulsado con la llegada a España de Juan Sebastián de Elcano en 1522, después de dar la vuelta al mundo; las noticias que traía sobre el anhelado paso por la Patagonia, que permitiría el acceso a las islas de las especias sin pasar por la ruta portuguesa del Índico, prometían la riqueza  que el emperador necesitaba para sostener sus guerras en Europa. Por ello, en 1525, una vez afianzado el dominio en el norte de Italia, Carlos comenzó a organizar una expedición que estaría a cargo de García Jofre de Loayza (comendador de la orden de Malta y pariente de su confesor dominico), y del propio Elcano, quien aportaría su experiencia y conocimientos. Urdaneta, que había conocido a este marino vasco en Guetaria, formaba parte de la expedición que zarpó del puerto de La Coruña con siete naves y 450 tripulantes. Carlos sabía muy bien que, al intentar establecer una gobernación española en las Molucas, tendría serios problemas con el reino de Portugal, así que completó su estrategia buscando una alianza pacífica con su vecino, la cual se consolidó en 1526 al desposar a Isabel, la hija del rey Manuel I, quien era además su prima hermana.

En 1519 el portugués Fernando de Magallanes y el vizcaíno Juan Sebastián Elcano le propusieron al rey de España atravesar el Atlántico para encontrar el paso por el sur de América hacia las Molucas. Así, en 1520 descubrieron el estrecho que los llevó por el Pacífico a “la especiería”, en donde Magallanes murió en una batalla en 1521. La maltrecha expedición fue finalizada por Elcano, en la que fue la primera vuelta al mundo.

Mientras se celebraban dichas nupcias, Carlos ignoraba que la expedición de Loaysa y Elcano estaba atravesando grandes dificultades, después de haber experimentado serios contratiempos. Siguiendo la ruta que tres años antes hizo Magallanes y antes de llegar al paso del estrecho en Sudamérica, las tormentas habían dispersado la flota, varios de sus tripulantes habían fallecido, dos de sus barcos se perdieron y un tercero desertó; después de sortear el laberinto de islas en la Patagonia, por arriba de la Tierra del Fuego, una nueva tormenta se abatió sobre lo que quedaba de la flota en las costas chilenas y la nave capitana, la Santa María de la Victoria, la única sobreviviente, inició el largo trayecto para atravesar el océano Pacífico. Andrés de Urdaneta y Sebastián Elcano, que en ella viajaban, tuvieron muchos meses para conversar. 

El joven aprendió de Elcano técnicas y conocimientos náuticos, rudimentos de cosmografía y astronomía y la observación de las corrientes marinas, de los vientos y las mareas. También en ese largo trayecto perdió a su amigo y maestro, quien murió durante la travesía a mediados de 1526, poco después del fallecimiento del capitán Loaysa.

Además de las tormentas o de la falta de vientos, uno de los mayores problemas de tan largas travesías eran las enfermedades, en especial el escorbuto provocado por la falta del ácido ascórbico contenido en los cítricos y otras frutas y verduras. A sus primeros síntomas (fatiga, dolores musculares, fiebre, inflamación y sangrado de encías), seguía la perdida de dientes, la caída del cabello, las convulsiones y finalmente la muerte. Esta enfermedad cobró miles de vidas en los trayectos transoceánicos.

En enero del año siguiente la expedición llegó a la isla de Tidore, donde se puso la base española en las Molucas con el apoyo del sultán, que aborrecía a los portugueses establecidos en la isla de Ternate, la más poblada. Con la ayuda de contingentes nativos, los españoles enfrentaron los ataques de los portugueses y sus aliados; en esas contiendas perdieron la Santa María de la Victoria, nave en la que habían llegado. Con ello, las esperanzas de poder salir de aquellas islas se iban disipando. En esa estancia forzada Urdaneta recorrió y cartografió las islas y, después de un encuentro amoroso con una mujer nativa, engendró una niña a la que bautizó con el nombre de su propia madre, Gracia.

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Una vez en la corte, los funcionarios del Consejo de Indias le pidieron que redactara un informe detallado sobre la expedición; como muestra de su prodigiosa memoria, en él, además de las peripecias del recorrido, Andrés incluyó mapas, rumbos, distancias y observaciones sobre vientos, corrientes marinas, las costumbres de los nativos y detalles geográficos de las islas. Después de la hazaña de Sebastián Elcano y sus 17 compañeros consumada entre 1519 y 1522, la de Urdaneta fue la segunda ocasión en que un ser humano circunnavegaba el planeta durante su larga travesía que duró once años…]

La empresa del tornaviaje
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