La catástrofe de Chernóbil y su resonancia en México

Leche en polvo radioactiva 

Ricardo Lugo Viñas

En punto de la medianoche de aquel naciente día, en la Central Nuclear Vladímir Ilich Lenin –también conocida como Central Nuclear de Chernóbil–, ubicada al norte de Ucrania, los 176 empleados que trabajaban en el edificio del cuarto bloque energético se preparaban para realizar un simulacro que probaría un nuevo sistema de autoalimentación del reactor. Se trataba de un innovador procedimiento que le ahorraría energía a la planta. El director de la Central, Víktor Briujánov, y los ingenieros Nikolái Fomin y Anatoli Diátlov, así como el jefe de turno, Borís Rogozhkin, y el jefe del taller del reactor, Alexander Kovalenco, supervisaban y coordinaban el procedimiento controladores de la Central; sin embargo, en segundos se desató la tragedia.
Varias detonaciones se produjeron en el centro del reactor. La tierra comenzó a temblar. Y de pronto, un fuerte estruendo cimbró toda la Central. Era la tapa del reactor –de 1,200 toneladas y un espesor de casi 2 metros de diámetro– que había volado en mil pedazos. 

La catástrofe había comenzado. Tras el estallido, una densa nube de vapor radiactivo escapó por el boquete recién abierto por la explosión, arrojando a la atmósfera uranio, plutonio y cesio en cantidades nunca antes vistas desde la existencia del ser humano en la Tierra. “Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra –anota la nobel de literatura Svetlana Alexiévich– vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos”.Mientras tanto, en la pequeña ciudad de Prípiat (la más cercana a la Central Nuclear a tan sólo 3 kilómetors de distancia) todos dormían; el fragor de la explosión despertó de golpe a sus habitantes asomaron por las ventanas de sus casas y, en medio de la oscuridad de aquella densa noche, alcanzaron a vislumbrar cómo salía del centro de la planta una enorme llama cargada de partículas radioactivas. Era un bello y mortal ramo de luces encendidas disparado hacia el cielo. Así lo describe Nadezhda Petrovna, testigo de la conflagración:

Vivíamos en Prípiat, junto al reactor. Hasta hoy tengo delante de mis ojos la imagen: un fulgor de un color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria. No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable. Al anochecer, la gente se asomaba en masa a los balcones. Y los que no tenían, se iban a casa de los amigos y conocidos. Vivíamos en un noveno piso, con una vista espléndida. En línea recta habría unos tres kilómetros. La gente sacaba a los niños, los levantaba en brazos. “¡Mira! ¡Recuerda esto!”. Y fíjese que eran personas que trabajaban en el reactor. Ingenieros, obreros. Hasta profesores de física. Envueltos en aquel polvo negro. Charlando. Respirando. Disfrutando del espectáculo.

Durante los siguientes días, muchos comprendieron que aquello se trataba de algo más que un simple incendio. Acaba de ocurrir el peor accidente nuclear de la historia. Los primeros en llegar serían los bomberos, que enfrentaron el incendio sin el equipo adecuado. Luego de las abejas y las aves, los bomberos también serían los primeros en morir, víctimas de un enemigo mortal incorpóreo: la radiación, que no se ve y no tiene olor ni sonido. Esa misma noche, hacia las 5 de la mañana, Prípiat comenzó a llenarse de maquinaria militar: autos blindados, camiones con lonas verdes y hasta tanques. De los camiones descendían centenares de “liquidadores”.

[…]

La leche radioactiva de la Conasupo
En menos de una semana, el desastre nuclear de Chernóbil se convirtió en un problema planetario. La radiación voló y se dispersó por todo el mundo. Ahora sabemos que el mismo 26 de abril de 1986 se registraron elevados niveles de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; el 30 de abril, en Suiza e Italia; el 2 de mayo, en Francia, Bélgica, España, Inglaterra, Irlanda y Grecia; el 3 de mayo, en Israel, Kuwait y Turquía. En los siguientes  días de mayo, la radiación se dispersó por todo el globo: China, India, Japón… El 6 de ese mes la radiación había alcanzado Estados Unidos, Canadá y México.

En 1988, en nuestro país, un grupo de intelectuales defensores del medio ambiente que se hacía llamar el Grupo de los Cien (por ser en su mayoría científicos), acaudillados por el poeta Homero Aridjis, ofreció una conferencia de prensa en la que denunció la compra, entre 1986 y 1987, de varias toneladas de leche en polvo radioactiva por parte del gobierno mexicano, mediante la paraestatal Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), a una empresa irlandesa.

De acuerdo con los activistas, existían pruebas contundentes para afirmar que dicha leche, que se vendía a precios muy económicos en las tiendas Conasupo, estaba contaminada con cesio radiactivo de la planta nuclear de Chernóbil. Así, el Grupo de los Cien desató un escándalo nacional y exigieron al gobino mexicano la devolución del producto proveniente de Irlanda.

En 2007 tres investigadores de la Facultad de Química de la UNAMrealizaron un exhaustivo estudio a la leche en polvo distribuida por la Conasupo en 1988, y concluyeron que sí estaba contaminada con cesio, aunque “el riesgo radiológico era bastante bajo y no justificaba el pánico que se generó en aquel entonces”. 

En 2024, la periodista Claudia Islas reveló que, entre 1986 y 1988, “México importó cerca de 40 mil toneladas de leche en polvo y 2 mil toneladas de mantequilla contaminada de Irlanda. Algunos de estos productos llegaron a las mesas de los hogares mexicanos, mientras que del resto se desconoce su paradero

Consulta el artículo completo en el número 211 de la revista.