En 1767 una insólita expedición militar partió de la Ciudad de México rumbo a la lejana provincia de Sonora, entonces la más septentrional del noroeste novohispano. Estaba compuesta de 502 soldados de los regimientos de México y España, de Infantería de América, de Fusileros de Montaña y de Voluntarios de Cataluña. Al frente se hallaba el coronel de Dragones de España, Domingo Elizondo, veterano de las “guerras de Italia”, del mismo modo que no pocos de los miembros de la expedición a su mando.
Su objetivo era doble y no menos extraordinario: en primer lugar, debía combatir a los seris y pimas altos rebeldes, quienes, sublevados en 1748 y 1751 respectivamente, no solo no habían sufrido desgaste alguno en su levantamiento, sino que, por el contrario, amenazaban con imponerse definitivamente a los españoles. Sobre todo porque desde el inicio de su movimiento se habían ido ganando la adhesión de numerosos indios pertenecientes a otras sociedades tribales de la provincia, tales como yaquis, mayos y pimas bajos, grupos que, además de aportarles nuevos reclutas, les proporcionaban armamento, así como una buena variedad de alimentos.
En cuanto a su segundo objetivo, consistía en contener por el norte las invasiones de las tribus apaches. Este propósito resultaba tanto más ambicioso por cuanto que dichas tribus, además de su extrema movilidad, no eran fáciles de localizar, debido no solo a que tenían sus campamentos fuera de la provincia –en las lejanas riberas del río Gila–, sino a que, gracias a su modo de vida nómada, estaban organizadas en pequeñas agrupaciones autónomas del nivel de la banda y su sustento dependía tanto del ganado que robaban a los españoles como de la caza y la recolección de frutos silvestres. Por otra parte, y lo que no era no menos notable, carecían de residencia fija, es decir, mudaban continuamente de campamento. En opinión del religioso jesuita Ignacio Lizassoain: “Las invasiones de este enemigo no son tan continuas como las de los seris y pimas, pero son más funestas por la muchedumbre de indios de que se componen sus asaltos” (Archivo General de la Nación, ramo Provincias internas, vol. 245, p. 73).
En vista, así pues, de la complejidad y la magnitud de tales objetivos, el cuerpo expedicionario no operaría por sí solo, sino que, una vez en Sonora, sería reforzado con al menos quinientos hombres más, entre soldados de presidio, colonos civiles e indios auxiliares de la región. De este modo, se esperaba que tuviera la fuerza combativa suficiente para dominar a los rebeldes en un plazo no mayor a ocho meses, a fin de que todavía estuviera en capacidad de ocuparse, por último, de la sujeción de los apaches.
Las cosas, sin embargo, resultaron muy distintas a lo planeado, porque todavía dos años después, en 1769, las fuerzas expedicionarias no acababan de ver posibilidades mayores para lograr, cuando menos, el primero de sus objetivos. Y es que a pesar de constituir un cuerpo armado profesional y, por consiguiente, altamente disciplinado y provisto, además, de fusiles de mayor alcance y precisión que las vetustas escopetas de los soldados de presidio, no lograban contrarrestar, a cabalidad, la fuerza y la frecuencia de las acciones armadas de los rebeldes ni tampoco descifrar, en su justa dimensión, sus estrategias y tácticas militares.
El propio coronel Elizondo llegó a elogiar una estratagema por la que sus tropas fueron astutamente engañadas por una partida de seris y pimas que, de ese modo, pudo librarse de la persecución sistemática a la que había sido sometida. Vale la pena que veamos un fragmento de lo que ese oficial escribió al respecto:
[Perseguidos los rebeldes], resolvieron retroceder por el mismo camino que debía llevar la tropa, hasta un cerro de piedra movediza que distaba poco más de media legua, de cuya conformidad, como aquella debía marchar de noche para la sorpresa, pasaría por encima de sus huellas, y que [sic] las borraría y, por consiguiente, no hallaría rastro de ellos, porque desde el cerro bajaron hasta la misma agua de mar, y por ella marcharon hombres, mujeres y niños [quienes] con una [sic] cautela se retiraron la misma noche que caminaba la tropa, con marcha opuesta; estratagema bastante sutil para persuadir que no son tan idiotas como algunos pretenden.
Debemos añadir que por entonces, si bien los indios alzados empezaban a ver mermado su movimiento y, por consiguiente, trataban de evitar los enfrentamientos directos con las tropas de la expedición, aun así, y en no pocas ocasiones, sus repliegues constantes no eran más que un ardid por el que procuraban conducirlas hacia una emboscada. En este sentido, sabemos, además, que no dejaban de aprovechar hasta la más mínima oportunidad para disminuir el vigor combativo de dichas fuerzas; operaciones que resultaban tanto más incomprensibles para ellas por cuanto que, incluso, las llevaban a cabo aun después de haber sufrido una importante derrota.
A continuación nos referiremos, como ejemplo, a una de esas acciones, la cual no pudo menos que destacar en uno de sus informes el mismo coronel Elizondo:
Después del ventajoso ataque que logró nuestra tropa en el monte Tenuaje, de que se habló en el último extracto, y que resolvió el coronel Elizondo pasar al Pitic para bastimentar la tropa y que se curasen los heridos, hubo la desgraciada contingencia de haber retrocedido un cabo y dos soldados en solicitud de una pistola que se le había caído al primero. Y no obstante que fue advertido por un soldado de presidio del inminente peligro si tocaba con espesura…, desatendiendo el cabo el prudente aviso que le daba el soldado, siguió su designio hasta que, puntualmente, sucedió a él y a los soldados lo que le había predicho [el militar]; pues habiéndose echado en menos por el capitán de Dragones, se despachó un destacamento en busca de estos infelices, que los halló colgados de los árboles y pasados a flechazos (“Noticias de la expedición de Sonora del 17 de octubre de 1768”, Archivo Histórico).
La prolongación indefinida de la guerra, que no podía sino resultar contraria a la capacidad económica de las tropas de la expedición, acabó por llevar al visitador José de Gálvez, ya incorporado al comando de esas fuerzas, a tratar de someter a los rebeldes por medio de un acuerdo de paz. Este acuerdo, debemos decir, hubo incluso que ratificarlo en repetidas ocasiones, a causa de que entre las filas de aquellos, como dijo, “cupo la especie que la malicia había ya sugerido a los seris, de que sus generales que se me presentasen serían ahorcados y los demás conducidos en medio del mar, donde no pudiesen volver”.
Gálvez, en nuestra opinión, parece haberse valido de la desconfianza que dicho rumor sembró entre los indios alzados respecto de la veracidad de los ofrecimientos de paz recibidos, para hacer ver a las autoridades –tanto locales como generales– algo un tanto diferente a lo que en realidad ocurría en el campo de batalla; esto es, que dichos ofrecimientos respondían más a un “perdón”, “por piedad”, a los “delitos pasados” de dichos indios, que al desgaste material y las consiguientes necesidades económicas de las tropas de la expedición a su mando, después de dos años de infructuosos esfuerzos bélicos para devolver la paz a la región, como antes hemos señalado.
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