• 30-may-2020.

A cien años del triunfo del prohibicionismo de la marihuana

José Domingo Schievenini

 

En 1920, Venustiano Carranza señaló que el vicio de la marihuana degenera la raza

 

En el terreno de la salud pública, no hay evidencia firme de la criminología o en el estudio de los bajos fondos y espacios de sociabilización donde se pudiese constatar el consumo de marihuana como un problema antes de la Revolución mexicana. Sin embargo, además de una prensa con tendencia sensacionalista al abordar la marihuana, existen algunas otras fuentes que dan cuenta de este consumo en la segunda década del siglo XX.

Sobre este uso –como ocurre al estudiar con rigor histórico prácticamente todo acontecimiento dentro del periodo revolucionario en México– las fuentes documentales disponibles son aleatorias; sin embargo, es posible afirmar que su consumo se había extendido y que se trataba de un asunto que comenzaba a ser problemático desde la perspectiva gubernamental. Bajo el enfoque de la así llamada “dictadura sanitaria”, es decir, la centralización de las políticas de salud que desde 1908 gozaban de jurisdicción federal y que con la Constitución mexicana de 1917 solidificaron sus bases operativas, el consumo de marihuana despuntó durante el periodo revolucionario.

Este uso del cannabis sobresalió en parte porque se había extendido en las abundantes clases bajas mexicanas y de manera particularmente llamativa en el ámbito penitenciario y en las tropas del ejército federal. Sobresalió también porque se trató de una década compleja, delicada en términos de control social, que urgía la contención de comportamientos pensados como anormales o también como potencialmente problemáticos.

En medio de un ambiente extremadamente violento como fue el de la Revolución mexicana, el consumo de drogas –y su respectivo comercio– aumentó considerablemente. Se vivían años de emergencia y de desgracia social, en los cuales la sedación fue una constante por parte de un gran sector de la población. Esta fue física y emocional, y podía lograse no solo con bebidas alcohólicas, sino también con opio y marihuana.

La hierba, al igual que el aguardiente y el pulque, estaba al alcance de la población en general y de las clases desfavorecidas en particular. La planta cannabis es un analgésico, y si bien las cualidades de las variedades que se fumaban eran aleatorias, varios efectos medicinales debieron de haber sido percibidos por sus usuarios, especialmente al mezclarse con las propiedades analgésicas del alcohol.

Estamos hablando de un conflicto bélico de dimensiones y consecuencias catastróficas que se pueden percibir en varios sentidos, como cientos de miles de heridos de gravedad y de muertos. Tanto combatientes, como el resto de la sociedad civil que tuvo contacto con este trágico acontecimiento pudo haber conseguido esa planta en cualquier pueblo, en cualquier mercado –como ya señalamos era vendida por hierberos a precios muy bajos–, y pudieron haberla consumido como un analgésico corporal o como una suerte de anestésico emocional.

 

“Yerba maldita”

Durante el periodo revolucionario varias son las referencias que nos muestran la popularidad del consumo de marihuana. En la novela La llaga de Federico Gamboa, publicada en 1912, se da cuenta de su consumo en las prisiones. En Los de abajo de Mariano Azuela, de 1915, se narra el uso que de esta se hacía en las tropas rebeldes durante la lucha, llamándole “charlatanes” y “dipsómanos” a quienes la fumaban. En la novela de Gamboa se narra, entre otras anécdotas, una “sesión satánica” dónde algunos presos fumaban la “yerba maldita”. Novelas ambientadas en la Revolución, pero escritas unos cuantos años después también son significativas, especialmente Tropa vieja, del general revolucionario Francisco Urquizo, donde aparecen varios pasajes donde se fuma marihuana.

También de 1915 destaca el texto Los piratas del boulevard. Desfile de zánganos y víboras sociales y políticas en México, del periodista y novelista Heriberto Frías, donde al describir a los niños explotados y abandonados de Ciudad de México comenta: “el niño mendigo, el niño billetero, el niño papelero, el niño bolero y el niño ratero: niños que beben pulque y aguardiente, juegan a los dados, riñen con charrascas y fuman marihuana; es decir, ya no son niños, son peores que hombres, pequeños monstruos de vicio y de maldad”.

Existen también varios corridos que datan de esa década donde se evidencia lo extendido del consumo de esta planta y que al son de, por ejemplo, “la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque le falta, porque le falta marihuana que fumar”, dejaban ver cómo el cannabis se encontraba ya enraizada en el imaginario popular. Ese corrido de la cucaracha, por cierto, se convirtió en una suerte de himno para las huestes revolucionarias. Sobre Victoriano Huerta en particular se cantaba el corrido El mariguano, en el que se podía escuchar: “Al formar la presidencia, de la noche a la mañana, se la pasó con marrazos y fumando mariguana […] El mariguano, señores, les dirá la cosa cierta, no es otro mal mexicano, sino Victoriano Huerta”. El adjetivar como “marihuano” al desprestigiado Huerta muestra cómo el término se usaba en una diversidad cada vez más amplia de contextos, pero siempre con fines descalificativos.

Consecuencia de un uso cada vez más amplio en los sectores de marginalidad, el consumo de esta hierba que, al igual que el estereotipo del “marihuano”, arrastraba varios estigmas desde el siglo XIX, ya había consolidado su connotación negativa en la prensa: “se descubrió un fumadero de marihuana, en donde se sabía se reunían los elementos más nocivos de la sociedad: criminales, delincuentes, degenerados”. Pero conforme avanzaba el siglo XX, en algunas de estas notas se empieza también a interrelacionar el “tráfico” de marihuana con el de otras “drogas enervantes”. En relación con esto es necesario reiterar que sobre el opio sí existe un corpus de fuentes documentales donde se puede constatar que era ya una preocupación real para las autoridades mexicanas, y no lo era solamente por los fumaderos de opio regenteados por chinos, sino por el contrabando hacia EUA.

 

La marihuana y la degeneración de la raza

Más allá de esos documentos que dan cuenta del consumo de marihuana en México durante el periodo revolucionario, consideramos que la fuente primaria más importante sobre las preocupaciones gubernamentales en torno a esta planta durante ese periodo es el Diario de debates del Congreso constituyente (donde se asienta la discusión que dio vida a la Constitución política de 1917). En esas discusiones ya se relacionaba de manera explícita la marihuana con degeneración racial, y se asientan las bases para el decreto con el que se prohibió esta planta en 1920 porque, supuestamente, su consumo era un vicio que “degeneraba la raza”.

En una de las sesiones que se llevaron en aquel congreso, el médico personal de Venustiano Carranza y eventual presidente del Consejo Superior de Salubridad, José María Rodríguez, comentó que “como la degeneración de la raza mexicana es un hecho demostrado también por los datos estadísticos, extraídos principalmente de los datos de la Ciudad de México, y también en todas las principales poblaciones de la República”, era urgente e indispensable dictar las disposiciones necesarias “para corregir esta enfermedad de la raza provenida principalmente por sustancias medicinales como el opio, la morfina, el éter, la cocaína y la marihuana”. Enfatizaba que esas medidas debían de ser dictadas “con tal energía, que contrarresten de una manera efectiva, eficaz, el abuso del comercio de estas sustancias tan nocivas a la salud, que en la actualidad han ocasionado desastres de tal naturaleza, que han multiplicado la mortalidad al grado que esta sea también de las mayores del mundo”.

Más allá de las opiniones de José María Rodríguez, no hay duda de que estas influyeron directamente al presidente Venustiano Carranza, quien, en marzo de 1920, un par de meses antes de ser asesinado, firmó el decreto con el que se prohibió la planta a nivel nacional. El título exacto de este es: “Disposiciones sobre el comercio de productos que pueden ser utilizados para fomentar vicios que degeneren la raza y sobre el cultivo de plantas que pueden ser empleadas con el mismo fin”. Detrás de este nombre podemos percibir preocupaciones relacionadas con los vicios y su relación con la decadencia social y nacional. Se trataba de una normatividad que implicaba matices raciales (que despreciaban lo indígena) y clasistas (que rechazaban las prácticas en ambientes marginales). Esta concepción en torno a la planta de la marihuana se arrastró desde el Porfiriato y se acentuó en la Revolución, en un proceso donde su concepción decadentista se entrelazó con preocupaciones institucionales en el ámbito de una emergente idea de salud pública.

Este proceso de prohibición tuvo su base en los cimientos institucionales y de control social sobre los que se construía el nuevo Estado mexicano, y fue determinado por las pautas globales en materia de control de sustancias orquestadas por el gobierno de EUA. Sobre esas bases la prohibición de la marihuana se mantendría por todo el siglo XX y lo que va del XXI. Sin embargo, en este año 2020, es decir, exactamente cien años después de la firma de aquel decreto de marzo de 1920, las bases legales y discursivas que sostenían esa prohibición se resquebrajaron y, como lo muestran otras legislaciones (de Canadá, Holanda, Uruguay y varios estados dentro de EUA), están a punto de colapsar.

 

El artículo "A cien años del triunfo del prohibicionismo de la marihuana" del autor José Domingo Schievenini es sólo un extracto del dossier del número 140 de Relatos e Historias en México. Cómprala aquí