Moscú, un día cualquiera de 1957. Llave de un departamento propio: cuatro paredes que ya no comparte con vecinos desconocidos ni con el rumor constante de una kommunalka. A miles de kilómetros, en la colonia Del Valle de la Ciudad de México, otra familia había vivido ya, ocho años antes, una escena parecida: el ascensor rumbo a un departamento del Centro Urbano Presidente Alemán (CUPA), con su alberca, su guardería y sus muros vestidos de murales. Dos escenas, dos sistemas políticos irreconciliables, un mismo gesto histórico: el Estado ofreciendo, por primera vez a gran escala, una vivienda digna a cambio de la fe en el progreso. Detrás de ambas puertas latía el mismo ADN arquitectónico.
Ese parentesco no fue casualidad. Tanto la jrushchovka soviética como el multifamiliar mexicano nacieron de la misma matriz: el urbanismo funcionalista de la Bauhaus y los postulados de Le Corbusier, que calculaban con obsesión matemática la célula mínima de habitabilidad indispensable para que una familia cocinara, durmiera y se aseara sin desperdiciar un centímetro. En Moscú, el enemigo a vencer eran las kommunalkas; en México, las vecindades de cuartos diminutos y baños colectivos.
El vaso comunicante entre ambos mundos tuvo, además, nombre y apellido: en septiembre de 1938, un grupo de jóvenes arquitectos reunidos en la Unión de Arquitectos Socialistas presentó ante el XVI Congreso Internacional de Planificación y de la Habitación su proyecto de ciudad obrera, inspirado en experimentos habitacionales soviéticos, como el edificio Narkomfin. Poco después llegó a México el propio Hannes Meyer, exdirector de la Bauhaus, quien entre 1930 y 1936 había planificado ciudades obreras en la URSS. Ya instalado en el país, proyectó para la Secretaría del Trabajo y Previsión Social la colonia Obrera de Lomas de Becerra, un conjunto de vivienda mínima que, aunque nunca se construyó, sembró el terreno intelectual del que crecerían los multifamiliares de la década siguiente.
Pero de esa raíz común brotaron dos árboles muy distintos. La Unión Soviética, urgida de techo para millones y regida por el decreto de Nikita Jrushchov de abaratar y acelerar la construcción, apostó por la prefabricación pesada: bloques de cuatro o cinco pisos sin elevador, ensamblados con paneles idénticos, grises por decreto. Y se ha documentado cómo, pese a la pobreza material de esos edificios, mudarse a una jrushchovka significó para millones de soviéticos la conquista silenciosa de la intimidad: por primera vez podían hablar, discutir o simplemente existir sin que un vecino los escuchara del otro lado de una pared compartida.
México, en cambio, contaba con los recursos del milagro mexicano, y Mario Pani los aprovechó con audacia: torres de hasta catorce niveles con elevador, murales de artistas como Carlos Mérida vistiendo pasillos y fachadas, y supermanzanas que integraban escuelas, clínicas y comercios. El CUPA (1949) apenas ocupó el veinte por ciento de su terreno con mil ochenta departamentos. Años más tarde, el Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco (1964) llegaría a proyectar quince mil viviendas como una ciudad dentro de la ciudad.
Hoy es posible advertir que la vivienda multifamiliar mexicana no sobrevivió intacta a su propia promesa. ¿Te gustaría saber por qué? Sigue leyendo en el artículo completo en la revista 215.

