Luego de haber sido proclamado emperador de México, Iturbide hizo nombrar como Palacio Virreinal a la antigua casa de los virreyes; sin embargo, tras su derrocamiento en 1823 y la posterior reinstalación del Congreso que dio paso a la decisión de formar una república, el palacio tomó el nombre de Nacional. Entonces, los supremos poderes de la nación fueron alojados ahí, como siglos atrás lo había hecho la Corona española con sus instituciones.
Una vez jurada y promulgada la nueva Constitución, en octubre de 1824, los diputados presentaron el “Presupuesto de los gastos que hay que erogar en el nuevo Salón de Sesiones para la Cámara de Diputados del Congreso General, oficinas anexas cuya ubicación es en el Palacio de la Federación de los Estados Unidos Mexicanos”, según se consigna en un documento del ramo Obras Públicas del Archivo General de la Nación. El presupuesto y las consideraciones del sitio elegido, mereció la aprobación del pleno; no obstante, transcurrió completo el periodo presidencial de Guadalupe Victoria y el anhelado recinto parlamentario no había sido concluido. Fue hasta 1829 que se pudo dar paso a la inauguración de la nueva sede de la Cámara de Diputados en Palacio Nacional. Al respecto comentó Carlos María de Bustamante, en su Diario el día 3 de febrero de 1829: “Hoy se ha estrenado el salón magnífico de la Cámara de Diputados”.
Después de casi dos meses en que los diputados estuvieron en sesiones, ahí mismo, el 1 de abril, tomó posesión Vicente Guerrero, quien había llegado al poder mediante el primer golpe de Estado en la historia de México. Guerrero salió del gobierno nueve meses después, de la misma manera en que había llegado: la traición de su vicepresidente lo derrocó. El país entraba a la era de las abyecciones, golpes, revoluciones y pronunciamientos.
Así, entre 1829 and 1851, México enfrentó dos invasiones extranjeras –la llamada Guerra de los Pasteles, cuando el ejército francés atacó Veracruz en 1838, y la invasión norteamericana de 1846-1848, cuando el país perdió más de la mitad de su territorio–; múltiples pronunciamientos en la capital y los estados; diez presidentes ocuparon la silla en Palacio Nacional, algunos en calidad de interinos o suplentes; Antonio López de Santa Anna se convirtió en la figura política por antonomasia (en ese periodo detentó cuatro veces la presidencia); hubo dos Bases constitucionales, en 1835 y 1843; se juró en 1836 la Constitución centralista, llamada las Siete Leyes; y también se regresó a la Constitución de 1824.
En julio de 1840 la capital y el palacio vivieron días aciagos. El día 15 don Valentín Gómez Farías y el general José Urrea se levantaron en armas a favor del restablecimiento del federalismo; apresaron al presidente Anastasio Bustamante dentro de Palacio Nacional y la ciudad se vio envuelta en el fuego cruzado que se lanzaba desde el recinto hacia los puntos en que los sublevados se habían atrincherado.
El 24 de julio una bomba estalló dentro de Palacio Nacional causando severos estragos. Finalmente, el día 27 los rebeldes fueron sometidos por las fuerzas del general Valencia, comandante de la plaza, y por Juan N. Almonte, ministro de Guerra. Transcurridos estos días de angustia, que podrían considerarse la Decena Trágica del siglo XIX, el aspecto del recinto era desolador, como sin duda lo era el del resto de la capital. Entonces fue necesario comenzar una serie de reparaciones intensas para que el inmueble no se perdiera por completo.
Después de todos estos avatares políticos, el general Mariano Arista, famoso por su honradez, alcanzó la presidencia en 1851. Durante su gobierno se llevaron a cabo las primeras reformas significativas para el Palacio Nacional: se restauraron los patios del ala norte, que habían quedado abandonados desde que saliera de ahí la cárcel en 1832; se abrió el pasillo que comunica esta área con el patio central por la parte superior; se cambiaron pisos, puertas y ventanas; se dictaron reglamentos para
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Sin duda el imperio de Maximiliano dejó su huella impresa en Palacio Nacional al pretender convertir este espacio de poder político en escaparate de poder económico, así como en lugar ideal para bailes y recepciones oficiales, y en sede de majestuosas oficinas públicas. Las obras para adecuar el recinto nunca llegaron a consolidarse, a pesar de los proyectos presentados por los diferentes arquitectos que a lo largo del Imperio tuvieron a su cargo el desarrollo de los trabajos. Sin embargo, estas fueron las de mayor envergadura en Palacio Nacional después de la consumación de la independencia. En esta época se construyó la llamada Escalera de la Emperatriz, misma que engalana con su ligereza el pasillo que comunica el patio central con el primero de los patios Marianos, donde actualmente se localiza la Secretaría de Hacienda.
Esa magnífica obra estuvo a cargo del arquitecto Ramón Agea. José Luis Blasio, secretario privado del emperador, dejó constancia de las modificaciones hechas al interior de Palacio en este periodo en su obra Maximiliano íntimo: Fue el Emperador, quien dispuso que todos los salones que formaban la parte del frente de la fachada se convirtieran en un solo inmenso salón que […] quedó destinado para las recepciones de los plenipotenciarios extranjeros, para los grandes bailes y para las fiestas de la corte. En la época del Imperio, estaba tapizado con riquísimo tapiz carmesí, que fue expresamente traído de Europa y sobre el cual estaba bordado el escudo de armas del Imperio, con la divisa “Equidad en la justicia”. De Venecia fueron traídas las colosales y magníficas arañas [especie de candelabro que se cuelga del techo] […]; de otros puntos de Europa, los candelabros de bronce que adornan las escaleras de honor, los bellos jarrones de mármol blanco con el monograma imperial y las hermosas estatuas que fueron enviadas al alcázar de Chapul
También fue durante el Imperio cuando comenzó a formarse una galería de pintura con óleos realizados por los más destacados maestros de la época, que incluyó retratos de Iturbide, Vicente Guerrero, Miguel Hidalgo y una representación del Sitio de Cuautla de 1812. No obstante, todo lo logrado en el palacio, que comenzaba a reflejar las expectativas de sus habitantes, se vino abajo cuando comenzó el declive del imperio. A mediados de 1866 Napoleón III decidió retirar sus tropas del país y los pocos mexicanos que apoyaban a Maximiliano fueron incapaces de mantener el imperio, ante el embate de las fuerzas liberales
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Después de su entrada triunfal a la capital, aquel célebre 15 de julio de 1867, Juárez y su familia, queriendo marcar una severa diferencia con los lujos del imperio, se fueron a vivir a la casa de Moneda 1 que, aunque forma parte de Palacio, se localiza en el extremo opuesto a las habitaciones que habitualmente habían sido residencia del gobernante en turno. Cinco años después, en el Salón de Embajadores –que en tiempos imperiales sirvió para los bailes–, el 19 de julio de 1872 se veló el cuerpo de don Benito Juárez, quien había fallecido dentro de Palacio Nacional a las 11:30 pm de la noche anterior. Apenas había transcurrido un mes de la muerte de Juárez y la ascensión de Sebastián Lerdo de Tejada a la presidencia, cuando se incendió la Cámara de Diputados que se había inaugurado en Palacio en 1829.
En 1876 la Revolución de Tuxtepec, encabezada por Porfirio Díaz, impidió que Sebastián Lerdo de Tejada ejerciera el segundo mandato presidencial para el que había sido electo. En tal virtud, el Palacio Nacional entró en una nueva época con Díaz en la presidencia. De forma paulatina, se emprendieron las reformas definitivas que hicieron de este recinto el emblema del progreso que logró consolidarse merced a la reestructuración económica: se inauguró la estatua sedente de don Benito Juárez, se puso un elevador y durante las celebraciones del centenario de la Independencia la fachada de Palacio Nacional fue iluminada con energía eléctrica. Entérate cómo el sello porfirista le dió a la antigua casona virreinal una imagen que jamás había tenido. Continua leyendo el artículo en la revista núm. 85.
¿Cómo citarlo?
Guadalupe Lozada León, “Nace el Palacio Nacional”, Relatos e Historias en México, núm. 85, Septiembre, 2015, pp. 60-66.
*Guadalupe Lozada León
Maestra en Historia por la UNAM, en donde también es docente. Fue coordinadora de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Ciudad de México. Entre sus libros destaca La Ciudad: sus gobernante

