Hacia la década de 1990, cuando la pantalla chica mexicana parecía condenada al melodrama convencional o al informativo oficialista, irrumpió una propuesta insólita que desafió los moldes de la narrativa audiovisual: trasladar la densidad del archivo documental y la discusión historiográfica al formato de la telenovela histórica. Detrás de ese ambicioso engranaje intelectual se encontraba el jalisciense Fausto Zerón-Medina, un historiador cuya trayectoria encarnó uno de los puentes más rigurosos entre la academia de altos vuelos y la cultura de masas. Sirvan estas letras, además, como homenaje a quien también fuera gestor cultural, fallecido el pasado agosto, a la edad de 79 años.
Formado en Derecho, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en las aulas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y nutrido por la tradición humanística más exigente, Zerón-Medina no fue un guionista improvisado. Su vocación se nutrió del magisterio y de la cercanía de figuras tutelares del pensamiento mexicano contemporáneo. Mantuvo un diálogo constante con editoriales y productoras, y abrevó de la herencia metodológica de la escuela de Daniel Cosío Villegas y el rigor analítico de Octavio Paz. Esta atmósfera intelectual forjó en él una convicción determinante: el pasado nacional no debía permanecer secuestrado en los cubículos universitarios ni fosilizado en el bronce escolar; requería una narrativa viva, inteligible y sustentada en fuentes primarias.
Se hizo historiador, interés que además quiso poner primeramente al servicio de su ya de por sí amplio bagaje cultural sobre el catolicismo, y al tiempo, llegaría la oportunidad, casi fortuita, de incursionar en los medios de comunicación masiva. Su travesía audiovisual tuvo su verdadero prólogo hacia finales de la década de 1980 en los despachos de la administración pública, cuando el entonces secretario de Estado y destacado promotor cultural, Fernando Solana, convocó al joven Fausto para plantearle una ambiciosa asesoría de largo aliento. Solana le transmitió una inquietud compartida con Ricardo García Sainz, entonces director general del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS): revivir y perfeccionar la gran tradición de teleteatros y series históricas que el Estado y la televisión privada habían impulsado antes.
Se trataba de retomar la estela abierta a finales de los cincuenta por *Aquí viene Pancho Villa* (1959) y continuada con títulos emblemáticos como *Sor Juana Inés de la Cruz* (1962), *Carlota y Maximiliano* (1965), *La tormenta* (1967), *La Constitución* (1970), entre otras. Para García Sainz y Solana, estas producciones habían demostrado el inmenso poder pedagógico de la pantalla, pero demandaban una actualización historiográfica profunda… sigue leyendo el artículo completo en la revista.
¿Cómo citar este artículo?
Marco A. Villa, “La pantalla como aula cívica. Fausto Zerón-Medina y la épica de la historia televisada”, Relatos e Historias en México, núm. 216, Octubre, 2026, pp. 80-81.
*Marco A. Villa
Historiador y redactor en la revista.

