Desde la segunda década del siglo XVI la implantación del dominio español sobre el territorio tuvo como una de sus principales bases la colaboración de la nobleza indígena, asimilada muy pronto a las normas jurídicas y simbólicas de las aristocracias europeas. Junto con la obtención de un escudo de armas y de sus privilegios adyacentes (portar armas, montar a caballo, anteponer el título de don a su nombre), el estudio de sus antiguos linajes para justificar sus pretensiones se volvió un instrumento fundamental de legitimación.
Sin embargo, fue hasta las últimas décadas de ese siglo que dichos relatos genealógicos tomaron cuerpo en trabajos que se estructuraron a partir del esquema histórico occidental. Esta recuperación de la memoria fue consecuencia de la decadencia de las antiguas casas señoriales que iban perdiendo el control sobre el abasto, la mano de obra y el cobro de los tributos indígenas. Con la consolidación de los cabildos, muchos de cuyos cargos fueron ocupados por macehuales enriquecidos por el comercio, la antigua nobleza de linaje fue desplazada del poder.
Frente a esta situación, al igual que los criollos encomenderos, algunos de sus miembros, casi todos mestizos, utilizaron el pasado como un argumento para solicitar la restitución de sus privilegios perdidos. Junto con la historia de los antiguos señoríos prehispánicos, estos escritores incluyeron los relatos sobre el bautizo de sus caciques (y con ello su temprana aceptación del cristianismo) y los servicios prestados por sus antepasados a los españoles durante la conquista, servicios sin los cuales ésta no se hubiera podido llevar a cabo. Texcoco, Tenochtitlan y Chalco-Amecameca fueron los señoríos cuyas tradiciones históricas resultaron recuperadas por autores como Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Fernando (o Hernando) de Alvarado Tezozómoc y Domingo de San Antón Chimalpahin. Todos ellos vivieron y escribieron entre finales del siglo XVI y principios del XVII y a todos los antecedió Tlaxcala; este territorio, antes que ningún otro, tuvo su cronista y recopilador de una tradición generadora de una de las primeras identidades indígenas del periodo virreinal.
Un mestizo educado como español
Diego Muñoz (padre de Diego Muñoz Camargo) fue un conquistador nacido en Plasencia (Extremadura) que llegó a Nueva España en 1524 en compañía de Gonzalo de Salazar, funcionario enviado por Carlos V como factor para atender el cobro de las rentas que correspondían al emperador. Recién llegado, Diego se hizo amigo de Hernán Cortés y lo acompañó a la malhadada expedición a las Hibueras y a su regreso en 1526 pasó a Tlaxcala. Aunque no había participado en la conquista de Tenochtitlan, su estatus social se elevó al recibir tierras e indios para trabajarlas y desposarse con una noble tlaxcalteca bautizada con el nombre de Juana de Navarra. La pareja engendró dos hijos: Diego en 1529, y Juan unos dos años después. Como mestizos nacidos de matrimonio legítimo, ambos recibieron de su madre el dominio de la lengua náhuatl y de su padre una esmerada educación a la española.
Mientras su progenitor partía a las campañas de Jalisco con Nuño de Guzmán en 1530, Diego y Juan vivieron con su madre en Tlaxcala y cuando ésta murió quedaron al cuidado de su familia hasta el regreso de su padre de la guerra, alrededor de 1532. Para conseguir mejores beneficios como pago de sus acciones bélicas, el conquistador se estableció entonces en la Ciudad de México y contrajo segundas nupcias con una mujer castellana, con la que engendró varios hijos e hijas. Es probable que alrededor de 1535 don Diego haya mandado traer a su descendencia mestiza desde Tlaxcala a la capital, pues, con la llegada del virrey Antonio de Mendoza, varios conquistadores introdujeron a sus hijos como pajes en la recién instaurada corte virreinal.
Para ese 1535 ya vivía en la Ciudad de México; recordó que en 1538, a sus nueve años, el virrey le encargó la catequización de los indios que llegaron con Álvar Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros; se trataba de náufragos que realizaron un prolongado viaje a pie desde las costas de la Florida hasta su encuentro con las guarniciones españolas en Sinaloa. No es difícil que de boca de su dirigente y del esclavo marroquí Estebanico, Diego haya oído la narración de las aventuras vividas en los extensos territorios norteños recorridos por ellos y la descripción de sus pueblos y costumbres. El fascinante relato que escuchó de boca de los náufragos dejó en él una profunda huella (ver Relatos e Historias en México, núm. 184, febrero de 2024).
Para entonces, Diego ya debió tener acceso a los libros que alimentaban su avidez de conocimientos. Resulta probable que en la misma corte o en el convento de los franciscanos (donde pudo recibir su primera educación religiosa y los rudimentos de la escritura y la lectura) tuviera la oportunidad de ampliar sus horizontes. Rodeado por ese ambiente culto —cerca de fray Pedro de Gante, del virrey Mendoza, de fray Juan de Zumárraga— desde su niñez, debió comprender que habitaba en un mundo que se extendía más allá de las montañas que rodeaban la cuenca lacustre, que al norte y al sur de América, en Europa, en Asia y en África existían innumerables pueblos que hablaban infinitud de lenguas y que, antes del fin de los tiempos, la fe cristiana llegaría por medio de los misioneros a muchos de los que aún no habían recibido el mensaje de la palabra de Dios.
Por sus conocimientos lingüísticos y al igual que muchos niños de la nobleza indígena, el joven mestizo fue llamado muy pronto a servir como intérprete en un ambiente continuamente necesitado de personal bilingüe que facilitara la comunicación entre los gobernantes y los gobernados, entre los misioneros y los fieles. Cuando cumplió 16 años, su padre consideró que estaba en edad para hacerse cargo de sus negocios y tierras en Tlaxcala, y allá lo envió junto con su hermano Juan en 1545.
Continua leyendo en el artículo completo.

