De la guerra civil al bloqueo de Veracruz

Recuerdos de 1847

José María Roa Bárcena

Debo consagrar aquí dos palabras a los sucesos de nuestra capital en fines de febrero y casi todo marzo de 1847, por lo que puedan haber influido en la suerte de la guerra. El partido exaltado era dueño de la situación, y con motivo del amargo de nuestra costa oriental por los norteamericanos, a quienes se creía en vísperas de atacar a Túxpam [Tuxpan] y Veracruz, el gobierno dispuso enviar en auxilio de esas comarcas a los cuerpos de guardia nacional del distrito compuestos de artesanos, empleados, comerciantes y gente, en suma, reputada adversa a los actos de la administración. 

Acababa esta de asestar un golpe a los bienes eclesiásticos no obstante la oposición que en las cámaras dirigió hábil y elocuentemente don Mariano Otero, jefe, en unión de Gómez Pedraza, del partido moderado, verdadero contrario del gobierno de Gómez Farías, a quien la mayoría del Congreso parecía ya resuelta a quitar de la presidencia. Se comunicó al cuerpo de guardia nacional “Independencia” la orden de salir de México, debiendo seguirle, según se dijo, los de Bravos, Victoria, Mina e Hidalgo. El primero de los expresados constaba de 1,000 plazas a las órdenes del coronel Anaya, y tenía en el edificio de la Universidad su cuartel, ocupado en la tarde del 26 de febrero por otro cuerpo de la confianza del gobierno. Los milicianos de “Independencia” se congregaron en el Coliseo Viejo y se trasladaron en columna al Hospital de Terceros: reunida gran parte de la gente de los demás mencionados cuerpos en otros puntos, amanecieron el 27 pronunciados en todos ellos los polkos en número de 3,250, sin artillería, a las órdenes del general Peña y Barragán, ocupando una extensa línea desde San Cosme hasta La Profesa. Su primitivo plan quedó reformado a poco, limitándose definitivamente a eliminar a Gómez Farías del gobierno. Las fuerzas de este constaban de 3,300 hombres y veintidós piezas de artillería, al mando de los generales Canalizo y Rangel. Una parte de las tropas veteranas se declaró neutral.


Golfo de México
Desde el principio de la guerra se comprendió que nuestra débil e insignificante marina, útil apenas para el resguardo de las extensísimas costas mexicanas en tiempo de paz, vendría a ser del todo inútil en el de hostilidades, y difícilmente podría librarse de las garras del enemigo. La suerte de algunos de nuestros buques en Tampico tenía que ser corrida por los existentes en Veracruz; y, con el fin de evitarlo, la administración de Paredes vendió al gobierno español de Cuba nuestros dos vapores de guerra Moctezuma y Guadalupe, y mandó retirar al río de Alvarado los bergantines Mexicano, Veracruzano Libre y Zempoalteca; las goletas Águila y Libertad; el pailebot Morelos, y las cañoneras Guerrero, Queretana y Victoria.

Aunque desde fines de 1845 hubo buques de guerra norteamericanos en las aguas de Veracruz, el bloqueo no tuvo principio sino el 20 de mayo de 1846, en cuyo día el comandante Fiterkugh, a bordo del vapor Mississippi, pasó el aviso respectivo a los buques neutrales presentes en aquellas aguas. Hasta principios de agosto de 1846, la escuadra bloqueadora se limitó a impedir la entrada a los buques mercantes y a capturar a dos o tres de ellos. La tripulación de dos de los de guerra sostuvo algún tiroteo con los vecinos de la Antigua que, apoyados en un destacamento militar, le impidieron proveerse de víveres frescos. En agosto y octubre del expresado año, intentó inútilmente la escuadra apoderarse del fortín de Alvarado que defendían los jefes y oficiales de nuestra marina y los voluntarios de dicha localidad y de Tlacotalpam [Tlacotalpan]: poco antes o después incendió la goleta nacional Criolla y a fines de octubre o principios de noviembre trajo a Antón Lizardo varios buques menores, también nacionales, capturados en el río de Tabasco. A su turno, había perdido tres o cuatro buques de los suyos, que naufragaron en Túxpam, Isla Verde y playa de Mocambo, así como una lancha que se acercó en busca de víveres; siendo aprehendidos en la orilla algunos de los náufragos. Por otra parte, varios buques franceses y españoles habían logrado burlar el bloqueo.

Las expediciones contra Alvarado y San Juan Bautista de Tabasco constituyeron un verdadero fracaso para la marina de guerra enemiga, y merecen que nos detengamos a recordarlas. Desde julio había el comodoro Connor fijado su atención en el primero de estos puertos, al sur de Veracruz, en la desembocadura del río de Alvarado, refugio de los buques nuestros que acabo de mencionar; y, aprovechando algunos días de calma, se acercó el 7 de agosto con su escuadra, dirigió desde el buque almirante algunos cañonazos al fuerte que protegía la entrada, y destacó a reconocerla una lancha cuya tripulación se tiroteó con la poca tropa mexicana que había en la playa. Hallando dificultosa la ejecución de sus intentos y que la guarnición se aumentaba con la llegada de refuerzos de Tlacotalpam y otras poblaciones inmediatas, Connor se retiró a otro día, so pretexto de la vuelta del mal tiempo y de la creciente del río. Su segunda 
tentativa, hecha el 15 de octubre, no obtuvo mejor éxito. “Algunos buques pequeños, dice Ripley, entraron por el río y cambiaron sus fuegos con las baterías de las márgenes; pero el vapor que remolcaba a la segunda división varó en la barra y dejó a aquella sin apoyo. 

El vapor Mississippi que debió cañonear las baterías según estaba resuelto, no pudo aproximarse lo necesario para causar daño al enemigo, y a causa de todas estas circunstancias, 
se retiró la escuadra. La misma disposición que habían mostrado la primera vez los habitantes de las inmediaciones mostraron ahora, y como la fuerza americana se retiraba, cantaron victoria, etcétera. El resultado no pudo menos de ser mortificante al comodoro americano, aunque no sufrió pérdida, y aunque era de poquísima importancia el objeto de la expedición. Si esta hubiera sido afortunada, ciertamente en nada habría influido por entonces en las operaciones de la guerra”. 

Sigue leyendo el artículo en la revista núm 175.