• jueves, 15 de noviembre de 2018.

¿Cómo apareció nuestro abuelo, el Fuego?

Con información de Arqueología Mexicana
Por: Tomado de Elisa Ramírez, “Cómo apareció Nuestro Abuelo el Fuego”

 

Con el fuego surgen las sociedades organizadas, la cultura, la cerámica. Los guardianes del fuego, los dioses viejos del hogar, son los más antiguos; los relatos sobre el origen del fuego, de igual manera –y casi universalmente–, anteceden a los que nos cuentan la aparición del Sol y la Luna, del maíz. El fuego tiene su dueño. Lo guardan celosamente un viejo, una vieja, los diablos; en algunas ocasiones se dice cómo lo obtuvieron. Rara vez se describe a sus primeros poseedores, y hay diversas maneras de conseguir el fuego. En general, los primeros dueños del fuego se niegan a compartirlo o lo reparten caprichosamente; son envidiosos, están enojados o simplemente fastidiados. Es por eso que el fuego se obtiene con engaño o robándoselo. Los ladrones son perseguidos, maltratados, marcados. El mito que se presenta a continuación se tomó de Elisa Ramírez Castañeda y Guadalupe Valdés (René Núñez, rec.), Canciones, mitos y fiestas huicholes, DGEI/SEP, México, 1982, pp. 21-25.

 

 

No había ni un pueblo en toda la tierra. Lobos, víboras y otros animales vivían en la oscuridad, pues no existían entonces ni el sol, Nuestro Padre, ni el fuego, Nuestro Abuelo.

 

Una vez, apareció en la laguna un animal parecido a un toro. Allí se paró. La gente lo miró con sorpresa, pues alumbraba, iluminaba, brillaba mucho. Salió de pronto y regresó por donde había venido. Diariamente llegaba a pararse en la laguna.

 

La gente estaba intrigada, pues no sabía qué clase de animal era. Se juntaron y fueron a orillas de la laguna, allí se quedaron esperando a que saliera. Al rato salió y allí se estuvo. Intentaron flecharlo, pero las flechas se quemaban sin dañarlo.

 

Un hombre sabio, un ancestro, había descubierto lo que quería el toro; y dijo a la gente que había llegado la hora, que ya se cumpliría lo que él sabía.

 

–Miren –les dijo–, lo que ese animal quiere es que le junten sus alimentos: yesca y leña de todas clases, para arder en ellas.

 

Escucharon las palabras del sabio y reunieron cuanto había pedido. El animal llegó a la laguna y allí estuvo un rato. Otra vez empezaron a tirarle con sus flechas sin lograr herirlo.

 

Se quedaron pensativos, nada podían hacer. ¿Cómo dominarlo? ¿Cómo quitarle aquello que el sabio había visto?

 

El ancestro habló nuevamente:

 

–Vamos a pedirle ayuda a la estrella más grande.

 

Como este ancestro tenía poderes, habló con él y lo trajo hasta donde estaba el animal. Le enseñaron cómo era de brillante el toro, él lo vio.

 

El animal salió de la laguna y tomó el camino que acostumbraba tomar. Iba a la mitad de ese camino cuando el señor estrella saltó sobre él, descascarándolo y haciendo que de su cuerpo saltaran chispas. La gente corrió llevando la yesca y la leña que tenían preparadas, las encendieron y añadieron más leña hasta que creció la lumbre.

 

Así fue como se adueñaron del fuego. Formaron luego un pueblo pequeño. Otras gentes no tenían fuego, vivían aislados; no los aceptaban ni permitían que se les unieran pues no habían participado en la creación de Nuestro Abuelo el fuego.

 

Los otros empezaron a tramar cómo robárselo, pero nunca los dejaban acercarse alrededor de la lumbre.

 

Un tlacuache se comprometió:

 

—Les aseguro que yo me lo robaré —le decía a su gente.

 

Fue con aquéllos, llegó con el que allí gobernaba y empezó a platicarle.

 

Así admitieron que se acercara a la lumbre. Allí se sentó. Empezó a preguntar dónde habían obtenido algo tan maravilloso que calentaba así. El tlacuache, que tenía frío, se calentó. Repetía:

 

– ¡Qué cosa tan maravillosa tienen ustedes! ¡Estoy tan a gusto! Tengo sueño, ¿me dejan dormir aquí?

 

–Si no vienes a robárnoslo, si dices la verdad –dijo el jefe–, te damos permiso.

 

–No, no vengo a robar –mintió.

 

Lo dejaron y el jefe ordenó a su gente:

 

–Vigílenlo, no sea que se lo lleve. Mientras unos duermen, otros velen. Cuando los dormidos despierten, ésos velarán que el tlacuache no se vaya.

 

El tlacuache escuchó las órdenes y se acostó, esperando que los otros se acostaran también.

 

Pusieron más leña en el fuego y se acostaron alrededor del tlacuache haciendo cinco vallas alrededor del animal, que quedó junto a la hoguera.

 

El tlacuache pensaba: “¿Cómo saldré?” Hizo un plan, pues tenía poder.

 

El tlacuache durmió a todos con su poder, todos empezaron a roncar alrededor. Calculando que ya estaban profundamente dormidos, se levantó sin hacer el menor ruido. Agarró un tizón y se lo llevó en su cola enrollada. Silenciosamente cruzó las cinco vallas hasta que salió. Cuando estuvo fuera echó a correr.

 

Alguien oyó el ruido y gritó:

 

– ¡Ya nos robaron el fuego!

 

Despertaron todos y lo persiguieron, pero ya no lo pudieron alcanzar, lo perdieron de vista, no supieron por dónde se había ido.

 

El tlacuache llegó a su casa, preparó la hoguera y prendió el fuego. La gente, en todas partes, obtuvo fuego. Así se repartió entre todos; así rindió. La cola del tlacuache se peló cuando robó el tizón, y así la tiene hasta la fecha.

 

 

Tomado de Elisa Ramírez, “Cómo apareció Nuestro Abuelo el Fuego”, Arqueología Mexicana núm. 91, p. 18. Cómprala aquí.