CHIAPAS BAJO DISPUTA III

Otra forma de gobernar. Los hombres de bien en la Primera República (1824-1835)

AMANDA ÚRSULA TORRES FREYERMUTH*

Cuando nos referimos al México decimonónico, es común que los focos apunten a los grandes caudillos, a las logias emergentes o a los proyectos nacionales que, desde la capital del país, marcaron el rumbo político. Para la Primera República Federal en Chiapas (1824-1835), esta narrativa se ha enfocado en figuras como la de Joaquín Miguel Gutiérrez, líder de la logia yorkina y símbolo del federalismo en la región. Sin embargo, existió otro grupo político de importancia cuya historia no ha sido contada, pero que tuvo un papel igual de decisivo en la construcción del Estado chiapaneco: los llamados "hombres de bien".

Estos hombres, lejos de actuar como facción organizada, eran parte de las élites locales y compartían una visión republicana anclada en el bien común, el respeto al orden constitucional y la defensa de la autonomía municipal. Su forma de hacer política se apoyó en el prestigio personal y en el consenso comunitario, más que en el control institucional o la lealtad partidaria. Aunque fueron marginados en ciertos momentos por las fuerzas centralizadas del poder, su influencia perduró en la vida local, en la manera de gobernar y en la forma en que se entendía la ciudadanía.

Este texto tiene como objetivo ver de cerca a los hombres de bien: quiénes eran, cómo pensaban, desde dónde actuaron y por qué su presencia en el devenir histórico resulta clave para entender no sólo el pasado de Chiapas, sino también la complejidad de los proyectos republicanos que coexistieron en los inicios de la vida independiente de México.

 

Privilegio, autoridad e influencia

Los hombres de bien creían en una república guiada por el bien común. Los sujetos que componían este grupo compartían orígenes sociales, intereses y una visión política afín. La mayoría de ellos provenía de los principales centros urbanos de la región, como San Cristóbal, Comitán y Tuxtla, donde concentraban poder económico y capital social. Eran parte de las élites: comerciantes con redes regionales, propietarios, miembros de corporaciones tradicionales como el clero o la milicia, así como profesionistas formados en seminarios o colegios. Su posición privilegiada les permitió participar en los espacios de decisión y tener influencia en sus respectivas localidades.

Muchos de estos hombres desempeñaron múltiples papeles en la sociedad chiapaneca: fueron jueces, regidores, administradores o jefes de milicias locales. Esta pluralidad de funciones les otorgó un profundo conocimiento del orden social y político de su época y región, así como autoridad moral entre sus pares. A diferencia de los políticos identificados con las nuevas facciones y logias, la legitimidad de los hombres de bien descansaba en su trayectoria personal y en el reconocimiento que tenían dentro de sus comunidades. Para ellos, la política no debía ser una carrera profesional, sino una extensión del deber ciudadano y del compromiso con el orden y la estabilidad política local.

Apoyaban la división de poderes, el nacimiento de la ciudadanía y el orden constitucional. Sin embargo, no estaban dispuestos a romper completamente con el corporativismo del pasado: defendían los fueros de instituciones como la Iglesia y el Ejército, y también eran firmes protectores de los derechos y privilegios de los ayuntamientos frente al gobierno estatal. Para ellos, la modernización del Estado y la sociedad debía instaurarse sin destruir por completo las estructuras constituidas a lo largo del tiempo o la tradición.
 

Convicciones compartidas

A diferencia de muchas de las agrupaciones políticas de su tiempo, los hombres de bien no se organizaban en torno a una figura única ni a una jerarquía rígida. Su estructura era más bien horizontal y dispersa, pues cada miembro tenía peso en su localidad y actuaba de acuerdo con las coyunturas. Esto les permitió adaptarse a distintos contextos y sostener una presencia política importante, independientemente de si ocupaban o no los principales cargos del gobierno.

Lo que unía a estos individuos no era una ideología definida ni una militancia formal, sino una serie de convicciones compartidas. En primera instancia, pensaban que el poder debía ejercerse con miras al bien común y no del interés particular; por eso desconfiaban profundamente de la logia yorkina, a la que consideraban una amenaza para el orden republicano. Desde su perspectiva, las logias operaban como partidos secretos, con una estructura jerárquica y objetivos ajenos al interés público.

La práctica política de los hombres de bien, cuando detentaron el poder, se caracterizó por el diálogo, la búsqueda del consenso y la pluralidad de liderazgos. Gobernaban sin imponer una sola línea de acción, más bien desde la heterogeneidad. Esta manera de hacer política contrastó tajantemente con la de sus rivales de la logia yorkina, cuyo líder, Joaquín Miguel Gutiérrez, concentró el poder en su figura.

Oposición al régimen

Aunque la historiografía ha pintado a Gutiérrez como un político liberal y progresista, su mandato se caracterizó por el autoritarismo: controló la legislatura estatal, subordinó a la milicia y suprimió la posibilidad de negociación con sus adversarios. En los años en que éste gobernó el estado, las leyes se aplicaban de manera selectiva y se usaron como herramientas para acallar la oposición. Los hombres de bien, que antes habían tenido puestos políticos de importancia, pasaron a ser perseguidos, exiliados y excluidos de la vida pública.

Pese a los intentos del yorkino por anularlos políticamente, los hombres de bien no desaparecieron. Se replegaron, pero conservaron su influencia local y su capacidad de articulación. Por ello, cuando el orden de las cosas cambió con la promulgación del Plan de Cuernavaca (1834) y con la llegada del centralismo poco después, aprovecharon la oportunidad para retomar posiciones políticas. Con la salida de Gutiérrez del poder, lograron reconstituirse como grupo de poder e incidir nuevamente en la conducción del estado... Sigue leyendo en el artículo completo dentro de la revista 214.

 

Referencia:

Amanda Úrsula Torres Freyermuth, “Otra forma de gobernar. Los hombres de bien en la Primera República (1824-1835)”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p. 49-54.



*Amanda Úrsula Torres Freyermu
Doctora en Historia por la UAM-Iztapalapa, maestra en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora y licenciada en Historia por la UNAM. Es investigadora del Cimsur de la UNAM. Su trabajo se ha enfocado en la historia política y social de Chiapas durante el siglo XIX. Actualmente desarrolla investigaciones sobre comercio, mercado interno y formación de la frontera nacional en Chiapas.