San San Miguel Miguel el Grande el Grande e Ignacio e Ignacio Allende

A doscientos años del decreto que convirtió la antigua villa novohispana en una ciudad mexicana

Ricardo Cruz García

El Congreso Constituyente del Estado libre de Guanajuato, bien convencido de que el Regimiento de la villa de San Miguel el Grande, a esfuerzos de su caudillo Ygnacio Ayende [sic], fue el primero en proclamar allí, y en toda la nación, la independencia de ella, y deseando perpetuar la memoria de aquel héroe, así como sus heroicos sacrificios y los del suelo donde vio la luz primera, decreta: que desde el día [en] que en la villa de Sn. Miguel el Grande se jure la Constitución política del Estado, se titule ciudad de San Miguel de Allende.

Así rezaba el decreto número 29 expedido hace doscientos años, el 8 de marzo de 1826, por el Congreso constituyente del recién nacido –como el propio sistema republicano mexicano lo había hecho dos años antes– estado de Guanajuato. Tal documento fue parte de la última etapa del proceso constitucionalista que daría a la luz la primera carta magna de la entidad y, sin duda, se trataba –tanto el ascenso a la categoría de ciudad como el haber sido nombrada con el apellido del sanmiguelense que fue uno de los máximos dirigentes de la insurgencia en Nueva España– de una incuestionable decisión que honraba a una población que, por lo demás, contaba con una rica herencia virreinal y un indiscutible protagonismo político, económico y social en la región abajeña desde la época colonial.


Los Allende-Unzaga

“Hic natus ubique notus”, “aquí nació el conocido en todas partes”: así recibe al visitante el dintel de la entrada a la antigua residencia de los Allende en San Miguel, refiriéndose, por supuesto, al personaje más famoso de la población, cuya partida de bautismo, expedida en la parroquia principal (a un costado de aquella casona de estilo barroco), consigna que “en el año del Señor de mil setecientos sesenta y nueve, en veinte y cinco días del mes de enero, yo el reverendo padre fray Santiago Cisneros, con licencia parroquial, bauticé solemnemente, puse óleo y crisma a un infante de cuatro días de nacido, a quien puse por nombre Ignacio Joseph de Jesús Pedro Regalado, hijo legítimo de don Domingo Narciso de Allende, y de Doña Mariana Unzaga”.

El futuro líder insurgente nació, pues, el 21 de enero de aquel 1769 con una clara raigambre sanmiguelense, ya que sus padres se habían casado en esa población siete años antes. Por otro lado, también era criollo: su padre procedía de la península ibérica, mientras que su madre había nacido en la villa de San Miguel el Grande (de padres españoles); ambos descendían de familias vizcaínas.

Los Allende-Unzaga eran parte de la élite regional. Mientras el padre, Domingo Narciso, se desempeñaba como un conocido comerciante y hacendado, una de sus hijas emparentó con los Lanzagorta (también de Vizcaya). Por su parte, el veinteañero Ignacio tuvo al parecer tres hijos antes de casarse; uno de ellos fue Indalecio (procreado con Antonia Herrera), quien siguió a su padre en la senda revolucionaria y moriría en la traicionera emboscada de Acatita de Baján.

Más tarde, en 1802 y en el santuario de Atotonilco, Ignacio contrajo matrimonio con Agustina, igualmente criolla, sanmiguelense e hija del alcalde de dicha villa, Manuel de las Fuentes; sin embargo, la mujer murió apenas seis meses después, por lo cual la pareja no tuvo descendencia.

El joven Ignacio, por lo demás, seguramente estudió en el ilustre Colegio de San Francisco de Sales, perteneciente a los oratorianos de San Felipe Neri (reconocida congregación con fuerte influencia en la villa) y “uno de los focos de cultura” más importantes en el centro de la Nueva España del siglo XVIII, como apuntó Ernesto de la Torre Villar. Allí pudo convivir con los hermanos Juan e Ignacio Aldama, mientras que dicha institución, gracias al entonces rector –el doctor y filósofo Benito Díaz de Gamarra, también de ascendencia vasca– y a sus catedráticos –entre ellos Francisco Antonio de Unzaga (tío de Allende)–, alcanzó alto prestigio y lustroso esplendor, al grado de que, de acuerdo con don Ernesto, pudo inculcar “un sentimiento de inobediencia hacia las autoridades y un apego a los hombres que, a través de sus luces y acción, dirigían al pueblo. No en balde los oratorianos fueron los maestros de las familias Allende –uno de cuyos miembros, el alférez Domingo Narciso de Allende, les favoreció–, de los Ortiz, Aldama y otros insurgentes”.


Los Dragones de la Reina

Si bien pudo tener una distinguida educación, Ignacio Allende prefirió el camino de las armas. Así fue como en 1795 ingresó, junto con sus hermanos mayores José María y Domingo, al regimiento de Dragones de la Reina de San Miguel el Grande, el cual formaba parte de las milicias provinciales, constituidas por la Corona española para la defensa de sus dominios americanos e integradas, en su mayor parte, por las élites criollas regionales.

Según ha señalado Adriana Rivas de la Chica, Ignacio ingresó con el cargo de teniente a los Dragones, regimiento al que asimismo pertenecieron los futuros insurgentes Juan Aldama y Mariano Abasolo. De hecho, dicho cuerpo militar –conformado por doce compañías y cuyo nombre se debía a María Luisa de Borbón, esposa del rey Carlos IV– fue creado a instancias de las familias más prominentes de San Miguel el Grande (los Loreto, De la Canal, Lanzagorta, Landeta, Malo, Abasolo… además de los Allende), que ofrecieron recursos monetarios y propiedades para hacerlo posible. Por tanto, es válido suponer que el regimiento respondería principalmente a los intereses de las élites de esa villa.

Un lustro más tarde, a finales de 1800, Allende partió a San Luis Potosí para integrarse a una compañía de granaderos comandada por Félix María Calleja, que lo puso al frente de dicho cuerpo militar y a quien poco tiempo después se enfrentaría, durante la guerra independentista. Tras un par de años, lo encontramos de nuevo en San Miguel el Grande, pues, como mencionamos, en 1802 se casó con Agustina de las Fuentes.

A inicios del siglo XIX, Europa olía a pólvora y el clima de guerra llegaba a América. Por ello, en Nueva España, el virrey José de Iturrigaray se preparaba para la defensa, principalmente ante la amenaza que representaban las incursiones militares inglesas en el continente. Con la intención de ser capaces de repeler un posible ataque, tropas provinciales llegaron a la Ciudad de México para participar en simulacros bélicos. Uno de los regimientos que acudió al llamado fue el de los hermanos Allende, quienes –según Rivas de la Chica– estuvieron concentrados en la capital novohispana durante seis meses.

De allí, Ignacio y sus hermanos partieron rumbo a Veracruz, donde permanecieron acantonados en uno de los campamentos militares de la región, aunque sin mucho que hacer, hasta que, en 1808, en medio de la invasión napoleónica a España y después del golpe de Estado contra el virrey Iturrigaray, las tropas fueron disueltas y enviadas de nuevo a sus respectivas zonas, lo que causó entre sus miembros cierto descontento y recelo hacia sus mandos superiores. Por ello, Rivas de la Chica expresa sobre Allende:

El hecho de pertenecer a la milicia y de acudir a varios territorios fuera de la jurisdicción de San Miguel, así como el de convivir tanto con sus compañeros como con diversas autoridades, ayudó a que se diera cuenta de muchos de los problemas que se iban generando y que recelara de ciertas actitudes de sus altos mandos. […] el regimiento provincial de Dragones de la Reina resultó ser definitorio en cuanto a que aportó a varios miembros de las conspiraciones que se desatarían desde el año fatídico de 1808, así como a varios de los más importantes insurgentes de la primera etapa del movimiento […] varios de los participantes en las conspiraciones no necesariamente pertenecían al regimiento de San Miguel, pero sí habían formado parte de las tropas acantonadas en Veracruz.

Conspirador e insurgente

Para 1809 Allende, ascendido a capitán, ya se encontraba al frente del regimiento de Dragones de San Miguel el Grande. Desde allí participó en las conspiraciones autonomistas organizadas ese año en la región, entre las cuales se ha destacado la de Querétaro, cuyo descubrimiento dio pie al estallido del movimiento insurgente.

Sin embargo, las reuniones secretas no sólo se llevaban a cabo en Querétaro, sino también en San Miguel el Grande, justamente en la casa de Domingo Allende, hermano mayor de Ignacio. De acuerdo con Rivas de la Chica, allí se contaba con el apoyo de personajes como Juan e Ignacio de Aldama, el también capitán del regimiento de Dragones de la Reina José María Arévalo, Miguel y Luis Malo, Francisco Lanzagorta y Felipe González, entre bastantes otros. En dichas juntas se nombraron comisionados a Ignacio Allende y Juan Aldama para que se encargaran de formar sedes de la conspiración en las principales poblaciones. Y al parecer hicieron su trabajo, porque se contaba con apoyos en Querétaro, Dolores, Guanajuato, San Luis Potosí, Celaya, Puebla e incluso la Ciudad de México.

Por supuesto, Querétaro (muy cerca de San Miguel el Grande) fue una de las poblaciones donde tuvieron mayor fuerza las juntas conspirativas, en parte por el apoyo del corregidor Miguel Domínguez y de su esposa Josefa Ortiz. Hasta allí acudía Allende, acompañado de Juan Aldama, para dar seguimiento a la conjura, a la que además invitó al cura del igualmente cercano pueblo de Dolores: Miguel Hidalgo. Luego de que la conspiración fuera descubierta en la primera quincena de septiembre de 1810, sus integrantes tuvieron que actuar rápido y el movimiento se precipitó: así llegó la madrugada del día 16 y el “grito” que inició una guerra que terminó con la independencia de México en 1821

Para Allende, no obstante, la lucha culminaría mucho tiempo antes, al igual que para Hidalgo y otros insurgentes de la primera etapa de ese proceso, luego de que en marzo de 1811 fueran aprehendidos, tras una traición, en Acatita de Baján (en el actual Coahuila). Allende fue fusilado el 26 de junio siguiente y su cabeza fue a parar a una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, junto a las de otros líderes de la insurrección: su entrañable amigo sanmiguelense Juan Aldama, el propio Hidalgo y Mariano Jiménez.

Casi una década permanecieron las cabezas (ya para entonces puro cráneo) en la Alhóndiga, hasta que, con el inminente triunfo de los independentistas, en 1821 fueron sepultadas en el panteón de San Sebastián, en la misma ciudad de Guanajuato. Un par de años después, los cuerpos de los antiguos líderes insurgentes fueron exhumados en Chihuahua y llevados a la Ciudad de México, donde los cadáveres fueron completados para ser depositados, el 16 de septiembre de 1823, en la bóveda de los Virreyes de la Catedral Metropolitana.

Allí descansaban los restos de Allende cuando su pueblo natal, San Miguel el Grande, fue declarado “ciudad” de manera oficial. Como se ha podido apreciar, dado el protagonismo durante la guerra independentista, tanto del regimiento de Dragones de San Miguel el Grande como de su capitán, sobraban méritos y motivos para que se les rindiera honor al cambiar el nombre de la antigua y rica villa.

¿Cómo nació San Miguel de Allende? Vayamos dos siglos atrás y al artículo completo en nuestra edición 215.

 

 

 


Referencia:

Ricardo Cruz García, “San San Miguel Miguel el Grande el Grande e Ignacio e Ignacio Allende”, Relatos e Historias en México, núm. 215, Septiembre, 2026, p.11.


*Ricardo Cruz García
Historiador especializado en caricatura mexicana e investigador del INBAL. Ha publicado una treintena de libros, entre los que destacan 100 años de caricatura en El Universal (2017) y Posada. Fantasías, calaveras y vida cotidiana (2014). En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural René Avilés Fabi