• martes, 11 de diciembre de 2018.

Eclipses solares totales en México

Cuando el día es invadido por las tinieblas
Por: Consuelo Cuevas-Cardona y Marco Arturo Moreno Corral

Los eclipses solares totales son sucesos naturales que impresionan grandemente a la gente, ya que durante algunos minutos el día se convierte en oscura noche, es posible ver estrellas y planetas, la temperatura disminuye sensiblemente y los animales cambian su comportamiento; así que es entendible que durante milenios se haya temido a estos fenómenos astronómicos.

 

 

Como son poco frecuentes, pueden pasar generaciones antes de que los habitantes de un mismo lugar miren uno. El 21 de agosto de este 2017 ocurrirá uno que será visible a lo largo de una angosta franja que cruzará el norte de Estados Unidos, pero fuera de ella solamente se manifestará como eclipse parcial. Este es el caso de México, donde dependiendo del sitio en el que nos encontremos, se verán diferentes porcentajes del brillante disco solar cubierto por el de la Luna.

 

En el cielo novohispano

 

A lo largo de la historia de nuestro país han ocurrido eclipses totales de Sol muchas veces y han quedado consignados en códices prehispánicos, crónicas coloniales y la prensa del México independiente. Por ejemplo, como parte de su Repertorio de los tiempos publicado en 1606, Enrico Martínez incluyó los cálculos que hizo sobre los eclipses que habrían de suceder entre esa fecha y 1620. Esta fue la primera publicación de ese tipo en todo el continente americano. El cosmógrafo establecido en Nueva España predijo, entre dichos fenómenos, el del 10 de junio de 1611, que fue total y se vio en el sureste mexicano.

 

Algunos han sido notables, como el que observó el astrónomo Carlos de Sigüenza y Góngora desde la capital novohispana el 23 de agosto de 1691, y del que señaló: “A muy poco de las ocho y tres cuartos de la mañana, nos quedamos no a buena[s] sino a malas noches [...] al mismo instante en que faltó la luz, cayéndose las aves que iban volando, aullando los perros, gritando las mujeres y los muchachos, desamparando las indias sus puestos en que vendían en la plaza fruta, verdura y otras menudencias [...] se causó de todo tan repentina confusión y alboroto que causaba grima”. A diferencia de la mayor parte de los pobladores de la Nueva España, Sigüenza sabía que el fenómeno iba a presentarse, de manera que desde la noche anterior preparó los instrumentos para estudiarlo y en su escrito declaró que estaba muy alegre de haber podido contemplar un acontecimiento como ese.

 

Otro ilustrado, Felipe de Zúñiga y Ontiveros, calculó que ocurriría un eclipse en la parte central de Nueva España el 13 de mayo de 1752. Asimismo, el astrónomo Antonio de León y Gama predijo el del 24 de junio de 1778, visto también desde Ciudad de México. Por desgracia, él solo pudo contemplar una parte del fenómeno, debido a que las nubes cubrieron la unión del Sol y la Luna durante la mayor parte del tiempo.

 

1857: con el inicio de la Guerra

 

Durante el siglo XIX hubo varios eclipses en el mundo, pero solo dos se pudieron observar en su fase total en México: el que atinadamente calculó y predijo Francisco Díaz Covarrubias para el 25 de marzo de 1857 y el que ocurrió el 28 de mayo de 1900. Respecto al primero, en el periódico El Monitor Republicano del 16 de marzo de 1857, el astrónomo Díaz Covarrubias mostró sus cálculos sobre la hora en que iniciaría el eclipse, cuándo el oscurecimiento sería total y el momento en que terminaría. Además, señaló que se vería en Baja California, Sonora, Sinaloa y otros estados del norte del país.

 

En el periódico La Enseña Republicana de Durango se dijo que los habitantes de la ciudad habían podido observar un espectáculo “sublime, grandioso y sorprendente”. De acuerdo con el periodista que narró el hecho, el eclipse inició a las 4:10 de la tarde y una hora después la oscuridad era completa: “se vieron clara y distintamente las estrellas del firmamento y las luces artificiales alumbraban como en las tinieblas de la noche. La oscuridad total duró de cinco a seis minutos, luego comenzó a disiparse y el Sol apareció de nuevo entre unos ligeros celajes”. La gente que a esa hora caminaba por las calles y la plaza principal de Durango se aterrorizó durante el momento de oscuridad total. Algunos corrieron en diferentes direcciones y otros pidieron misericordia; sin embargo, todo volvió a la tranquilidad cuando la luz regresó.

 

En aquellos años la situación política del país era difícil, los conservadores y los liberales se disputaban el poder y las luchas eran constantes. Los integrantes de la Sociedad de Geografía y Estadística, que reunía a los principales científicos del país, al dar su informe sobre lo realizado en 1857 señalaron que lograron avanzar “a pesar de las graves dificultades que habían tenido en contra por la inestabilidad del país, de sus hombres y cosas”. A finales de aquel año iniciaría la Guerra de Reforma (1857-1861) y después vendría la Segunda Intervención francesa (1862-1867), épocas de inestabilidad y de luchas.

 

1900: con el nuevo siglo

 

Posteriormente, en las presidencias de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada fue posible apoyar más la investigación científica mediante instituciones como el Museo Nacional. Más tarde, durante el gobierno de Porfirio Díaz se fundaron los observatorios Astronómico Nacional, Meteorológico y Central. De manera que cuando se presentó el siguiente eclipse total, en 1900, había una mayor organización científica.

 

Agustín Aragón, un ingeniero con estudios en astronomía, topografía, mecánica y geodesia, realizó una excelente crónica del suceso que se publicó en el periódico El Universal del 14 de junio de aquel año. Para iniciar su artículo hizo ver que en la misma fecha, pero en 585 a. C., hubo un eclipse total de Sol en el actual territorio de Turquía, donde se desarrollaba una batalla entre los medas y los lidios. La repentina oscuridad provocó tal terror que los ejércitos no solo suspendieron el combate, sino que establecieron la paz entre ellos.

 

Después de contar esa anécdota narró que para observar el eclipse de 1900 la Secretaría de Fomento había organizado dos comisiones: una dirigida por Felipe Valle, director del Observatorio Astronómico Nacional, y otra a cargo de Manuel Pastrana, titular del Meteorológico. La primera, a la que él asistió, realizó sus observaciones en San Juan Nepomuceno, al lado del camino de San Luis Potosí a Saltillo, a un kilómetro de la hacienda La Ventura, en Coahuila. La segunda se había establecido en Montemorelos, Nuevo León. En ambas había ingenieros y estudiantes del Colegio Militar organizados para tomar fotografías y realizar diferentes mediciones, como la radiación solar térmica durante la totalidad. También hubo telegrafistas para enviar las comunicaciones correspondientes entre las comisiones.

 

En la madrugada del 28 de mayo llegaron al lugar el secretario de Fomento, Manuel Fernández Leal, el gobernador de Coahuila, Miguel Cárdenas, y numerosos regiomontanos y saltillenses que en trenes especiales acudieron a observar el fenómeno. A medida que se ocultaba el Sol, escribió Aragón, se notó el descenso de la temperatura y el paisaje tomó un tono de indefinible tristeza. Los animales que abrevaban a lo lejos comenzaron a volver a su corral y las aves de granja se encaramaron a la cerca donde dormían y de la que antes habían bajado. Cuando la oscuridad fue total, los excursionistas no pudieron dominar sus emociones y prorrumpieron en estruendosos gritos de espontánea alegría. Los ingenieros, telegrafistas y estudiantes trataron de concentrarse en sus tareas, a pesar de la algarabía que los rodeaba.

 

Cuando el eclipse terminó, todo empezó a regresar a la normalidad. Los animales caminaron otra vez hacia el abrevadero, las aves bajaron de la cerca y la gente abordó los trenes para regresar. El secretario Fernández Leal telegrafió al presidente Díaz, Felipe Valle envió un mensaje a Montemorelos para comunicar el éxito de las observaciones y poco tiempo después se recibió el de Pastrana que anunciaba lo mismo. La mayoría sabía que nunca más iba a volver a presenciar en su vida la oscuridad repentina de un día ocasionada por un eclipse total de Sol.

 

Mientras tanto, aunque en Ciudad de México se pudo apreciar solamente de manera parcial, de acuerdo con El Diario del Hogar, desde las primeras horas de la mañana la capital “asumió un aspecto entusiasta y bullanguero” y cientos de personas salieron con sus vidrios ahumados a observarlo.

 

Como se puede apreciar, totales, anulares o parciales, los eclipses son fenómenos astronómicos que siempre han despertado una gran curiosidad y entusiasmo entre la gente.

 

 

El artículo "Cuando el día es invadido por las tinieblas" de los autores Consuelo Cuevas-Cardona y Marco Arturo Moreno Corral se publicó íntegramente en la página web como un obsequio a nuestros lectores. En la versión impresa se encuentra publicado en Relatos e Historias en México número 108.