Aún ahora, me espanta aquella imagen: el cadáver del Huacal colgado en la Plaza, balanceándose frente la Parroquia, iluminado por la luna fría y cenicienta de noviembre. La luz zarandeaba las sombras siniestras sobre el empedrado al filtrarse a través de las nubes. Bernardo Gómez de Lara se llamaba aquel bandolero que atemorizó la Villa de San Miguel y sus alrededores y quien causó mi desgracia y la de tantos otros vecinos. No fue el único bandido que surgió después del levantamiento por la Independencia del país, pero sí el más cruel.
Nuestra villa tenía tanta fama de bonanza y riqueza que atrajo a todos los forajidos que aprovecharon el movimiento insurgente para asolar la zona. Las tropas realistas no bastaban para, además de perseguir insurgentes, cuidar a los civiles que quedábamos en los pueblos y la mayoría de nuestros hombres, enrolados en las filas independentistas, nos desprotegieron. Ya no quedaba gran cosa por saquear aquí, el año anterior las huestes de los nuestros, encabezadas por Hidalgo y Allende, desvalijaron algunas casas. De estas restas, a poco más de un mes de aquello vinieron los realistas al mando del conde De la Cadena a castigar a nuestro pueblo; traían órdenes del brigadier Calleja de acabarnos por ser los iniciadores de la revuelta y saquearon las casas que antes fueron respetadas. Gracias a nuestro santo patrono y a la Virgencita de Loreto se apiadaron de nosotros y nombraron nuevas autoridades. Dicen que el conde estaba tan furioso que pensó tocar a degüello pero se arrepintió.
Apenas pasó un año y el quince de noviembre, "cerca de la oración" entró una gavilla de los que se hacían llamar "guerrilleros insurgentes", pero no eran más que unos bandidos que aprovechaban el desorden y amenazaron con que su jefe traía dos mil hombres. El día diecisiete, muy temprano, como a las ocho, entró el nombrado jefe Bernardo Huacal, con un tal Guadiana y el Negro Habanero. La poca tropa del Regimiento de San Fernando que quedaba aquí entregó las armas ante tal amenaza y se ocultó. San Miguel se rindió sin pelea. Huacal y sus secuaces tomaron las Casas Reales y entonces empezaron el pillaje y los asesinatos.
Sólo recuerdo mucho ruido, gritos y balazos. Pensaba en mi marido, hombre osado y de resolución, que andaba con los alzados y no podría defenderme. ¿Dónde me escondí? Corría por las calles, como una loca, tratando de llegar al convento de las Concepcionistas para protegerme, como lo hicimos el año anterior.
Una puerta medio abierta... ¿entré? No sé qué más pasó. Después, los ojos de un hombre me miraban fijamente, parecía un coyote sucio y mechudo. Entonces pude verlo bien: una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda y una mancha muy oscura, más oscura que él, casi negra, le cubría la mitad de la frente. Se acomodaba el sarape y se sacudía el polvo sin quitar los ojos de mi persona. Olor a pólvora, a alcohol... La náusea... Sentí frío. Mi ropa desgarrada no me cubría bien el cuerpo y un dolor agudo parecía acuchillarme. Otro hombre entró alarmado a la habitación que, por los muebles, parecía el despacho de alguien importante. Estaba en las Casas Reales, no podía ser otro lugar, pero ¿cómo llegué ahí? Algo alarmó a aquellos hombres pues cogieron sus armas y salieron atropelladamente: humo, gritos, relinchos y luego... silencio. Me quedé sola. Tampoco recuerdo cómo llegué a mi casa, todo estaba destrozado, no había nadie que me calentara el baño y me lavé con agua fría. Por más que me tallaba no se me quitaba lo sucio ni el olor pegajoso y repugnante. En la calle la algarabía aumentaba y para la una se calmó el ruido de metralla y cambió por gritos de regocijo y el repique de campanas era aturdidor.
Yo seguía encerrada, con temblorina y dolorida. Exaltados, mis sirvientes fueron llegando poco a poco y me contaron lo sucedido: el pueblo, arengado por unos soldados bajo la orden de don Miguel Malo, que entonces estaba al cuidado de la ciudad, se echó sobre los asaltantes con una fiereza insospechada. El jefe de los malhechores huyó por la calle Real pero fue detenido por un Dragón que, a pesar de los machetazos que lo dejaron casi muerto, no soltó a su presa. Al otro día fusilaron al maldito junto a su segundo. Colgaron sus cuerpos ensangrentados en la Plaza y todo el pueblo desfiló para ver los cadáveres. Yo esperé a la noche, no podía dejar de pensar en ese hombre que seguro en esos momentos se estaría chamuscando con Satanás. Quería asegurarme de que fuera él, de que estuviera bien muerto. En la oscuridad me acerqué acompañada por mi nana que se santiguó todo el camino y decía jaculatorias sin parar. La lámpara, con un mustio cabo de vela, apenas alumbraba mis pasos que tropezaban a cada momento con las piedras. Me acerqué a las dos figuras que la luna me ayudó a observar bien. Reconocí a Bernardo Huacal, su cicatriz, su mancha de la frente, su olor ahora revuelto con el de la sangre... Otra vez la náusea…
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Nuestra villa tenía tanta fama de bonanza y riqueza que atrajo a todos los forajidos que aprovecharon el movimiento insurgente para asolar la zona. Las tropas realistas no bastaban para, además de perseguir insurgentes, cuidar a los civiles que quedábamos en los pueblos y la mayoría de nuestros hombres, enrolados en las filas independentistas, nos desprotegieron. Ya no quedaba gran cosa por saquear aquí, el año anterior las huestes de los nuestros, encabezadas por Hidalgo y Allende, desvalijaron algunas casas. De estas restas, a poco más de un mes de aquello vinieron los realistas al mando del conde De la Cadena a castigar a nuestro pueblo; traían órdenes del brigadier Calleja de acabarnos por ser los iniciadores de la revuelta y saquearon las casas que antes fueron respetadas. Gracias a nuestro santo patrono y a la Virgencita de Loreto se apiadaron de nosotros y nombraron nuevas autoridades. Dicen que el conde estaba tan furioso que pensó tocar a degüello pero se arrepintió.
Apenas pasó un año y el quince de noviembre, "cerca de la oración" entró una gavilla de los que se hacían llamar "guerrilleros insurgentes", pero no eran más que unos bandidos que aprovechaban el desorden y amenazaron con que su jefe traía dos mil hombres. El día diecisiete, muy temprano, como a las ocho, entró el nombrado jefe Bernardo Huacal, con un tal Guadiana y el Negro Habanero. La poca tropa del Regimiento de San Fernando que quedaba aquí entregó las armas ante tal amenaza y se ocultó. San Miguel se rindió sin pelea. Huacal y sus secuaces tomaron las Casas Reales y entonces empezaron el pillaje y los asesinatos.
Sólo recuerdo mucho ruido, gritos y balazos. Pensaba en mi marido, hombre osado y de resolución, que andaba con los alzados y no podría defenderme. ¿Dónde me escondí? Corría por las calles, como una loca, tratando de llegar al convento de las Concepcionistas para protegerme, como lo hicimos el año anterior.
Una puerta medio abierta... ¿entré? No sé qué más pasó. Después, los ojos de un hombre me miraban fijamente, parecía un coyote sucio y mechudo. Entonces pude verlo bien: una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda y una mancha muy oscura, más oscura que él, casi negra, le cubría la mitad de la frente. Se acomodaba el sarape y se sacudía el polvo sin quitar los ojos de mi persona. Olor a pólvora, a alcohol... La náusea... Sentí frío. Mi ropa desgarrada no me cubría bien el cuerpo y un dolor agudo parecía acuchillarme. Otro hombre entró alarmado a la habitación que, por los muebles, parecía el despacho de alguien importante. Estaba en las Casas Reales, no podía ser otro lugar, pero ¿cómo llegué ahí? Algo alarmó a aquellos hombres pues cogieron sus armas y salieron atropelladamente: humo, gritos, relinchos y luego... silencio. Me quedé sola. Tampoco recuerdo cómo llegué a mi casa, todo estaba destrozado, no había nadie que me calentara el baño y me lavé con agua fría. Por más que me tallaba no se me quitaba lo sucio ni el olor pegajoso y repugnante. En la calle la algarabía aumentaba y para la una se calmó el ruido de metralla y cambió por gritos de regocijo y el repique de campanas era aturdidor.
Yo seguía encerrada, con temblorina y dolorida. Exaltados, mis sirvientes fueron llegando poco a poco y me contaron lo sucedido: el pueblo, arengado por unos soldados bajo la orden de don Miguel Malo, que entonces estaba al cuidado de la ciudad, se echó sobre los asaltantes con una fiereza insospechada. El jefe de los malhechores huyó por la calle Real pero fue detenido por un Dragón que, a pesar de los machetazos que lo dejaron casi muerto, no soltó a su presa. Al otro día fusilaron al maldito junto a su segundo. Colgaron sus cuerpos ensangrentados en la Plaza y todo el pueblo desfiló para ver los cadáveres. Yo esperé a la noche, no podía dejar de pensar en ese hombre que seguro en esos momentos se estaría chamuscando con Satanás. Quería asegurarme de que fuera él, de que estuviera bien muerto. En la oscuridad me acerqué acompañada por mi nana que se santiguó todo el camino y decía jaculatorias sin parar. La lámpara, con un mustio cabo de vela, apenas alumbraba mis pasos que tropezaban a cada momento con las piedras. Me acerqué a las dos figuras que la luna me ayudó a observar bien. Reconocí a Bernardo Huacal, su cicatriz, su mancha de la frente, su olor ahora revuelto con el de la sangre... Otra vez la náusea...
Aquella hazaña fue festejada tanto por los insurgentes, pues los bandidos desacreditaban nuestra causa, como por los realistas. El valor e intrepidez, no sólo de los hombres sino también de las mujeres y niños que pelearon con fiereza, la celebraron en toda la Nueva España, aunque no atemorizó, como se creyó en un principio, a esos bandidos que al poco tiempo ya estaban otra vez sobre nosotros pero ya con otros jefes.
Estos últimos años no hemos tenido paz. A veces nos llegan los de un bando, luego los del otro y frecuentemente esos seres inicuos que no se sacian con nada. Mi marido fue muerto en la batalla de Aculco, dicen que luchando valientemente. No llegó a conocer a mi hijo que ya cumplió siete años. No llegó a ver a este niño que lleva su nombre y tiene una gran mancha negra cubriéndole parte de la frente.
*Maruja González
Escritora de San Miguel de Allende nacida en La Habana, arqueóloga egresada de la ENAH.

