El sacrificio de Jesús García Corona

DÉCIMO CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO | Reunido en la Ciudad de México el 31 de enero de 2013, convocado por el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana y las revistas Arqueología Mexicanay Relatos e Historias en México, decidió por unanimidad otorgar el primer lugar en la categoría preuniversitaria al cuento intitulado “El sacrificio de Jesús García Corona”, de Jared Martínez Bautista, en razón de su estructura dramática y, en particular, debido a su manera de articular elementos de ficción “pura” con un episodio histórico bien conocido. El resultado es un cuento que yuxtapone ficción y realidad en un relato terso y directo. El jurado estuvo compuesto por el maestro Ilán Semo Groman y los doctores Ricardo Nava Murcia y Luis Fernando Granados Salinas.

Jared Martínez Bautista

 

Corría el año de 1901. El pueblo de Nacozari era famoso por sus minas, que fueron atracción para la mayoría de su población. Un joven de escasos 17 años llamado Jesús García Corona tenía una habilidad muy especial: había heredado unos ojos capaces de absorber cualquier cosa y mandarla a otra dimensión, que sólo él conocía. Sus ojos eran de color rojo y su iris tenía la forma de un espiral color negro. Al pueblo siempre le llamó la atención la peculiaridad de sus ojos, pero él siempre decía que era una enfermedad poco conocida. Sin hacer caso de los comentarios, Jesús decidió trabajar en las minas; pero debido a su corta edad sólo pudo conseguir el puesto de aguador. Feliz con el puesto, diariamente realizaba sus labores de trabajo con pasión y muchas ganas de poder seguir adelante, tomando en cuenta que también quería ganar unos centavitos para él y su familia. En el pueblo Jesús se interesó por una persona en especial; era una joven mujer muy sencilla pero difícil de conquistar. Su nombre era María. Con el fin de conquistarla, Jesús se dedicaba arduamente a su trabajo. Con el paso de los días Jesús comenzó a hablarle para que ella se fijara aunque fuera un poco en él; extrañamente, ella empezó a fijarse en él por su sencillez.

Jesús y María llevaron una relación de amistad por un largo tiempo, pero sin llegar a ser algo más. Sus primeras salidas fueron únicamente a dar paseos por el pueblo. En muchas ocasiones, María observaba los misteriosos ojos de Jesús y le preguntaba por qué sus ojos tenían esa forma, a lo que él simplemente contestaba que pronto descubriría lo que significaban.

Tres años más tarde, Jesús había madurado mucho y había logrado convertirse en ingeniero de máquinas. Los encargados de la mina, la cual se dedicaba a la producción de dinamita, le ofreciaron viajar a Saint Louis Missouri como premio a su esfuerzo. Viajó con algunos de sus compañeros de trabajo y a los pocos días había vuelto a Nacozari. Al llegar Jesús se quedó perplejo: quien lo fue a recibir era la hermosa María. Jesús, al verla, fue hacia sus brazos, que le daban pureza a su vida.

Tras tres años de amistad, Jesús y María por fin habían cedido ante el amor. En una noche estrellada sellaron su relación con un beso bajo la luz de una luna llena. Jesús, feliz por su reciente relación, se dedicaba a su trabajo para poder comprarle cosas a María, y de paso a su familia. Jesús frecuentaba mucho a María, situación que incomodaba al padre de ella, ya que éste temía que María descuidara sus labores en el hogar por estar de novia. Al enterarse de esta situación, Jesús se dirigió a hablar con el padre de María para prometerle que dejaría de frecuentar tanto a María. A María no le agradó la idea, pero comprendió que de otro modo su padre les hubiera prohibido verse por siempre.

Una noche de octubre, bajo la hermosa luna del cielo, Jesús y María decidieron dar un paseo por el centro de Nacozari. Jesús le tenía preparada una sorpresa a su novia. Justo cuando llegaron a la plaza del centro, Jesús le dijo a María que la esperase un momento, a lo cual ella respondió que sí con un tono de sospecha, pero a los pocos segundos Jesús había regresado acompañado de un grupo de música para cantarle un popurrí a la luz de la luna.

María quedó sorprendida y a la vez completamente enamorada por el regalo de Jesús. Momentos después de que los músicos se retiraron, Jesús le dijo a María que tenía algo que enseñarle. Ella creía que se trataba de otro regalo pero lo que Jesús quería mostrarle era el secreto de aquellos misteriosos ojos que María siempre consideró el principal atributo de Jesús; hasta ese día se seguía preguntando qué ocultaban aquellos ojos.

Al quedar completamente solos, Jesús le preguntó a María si en verdad lo amaba, a lo que ella contestó sin dudar que lo amaba con todo su corazón. Jesús la besó y después la tomó de la mano y le dijo que le iba a mostrar lo que podían hacer sus ojos. Poco a poco María fue sintiendo que su cuerpo daba vueltas y vueltas como si se encontrara dentro de un torbellino. Jesús y María desaparecieron tras ser absorbidos por los ojos de Jesús.

Cuando abrió los ojos, María se dio cuenta que ya no se encontraba en el pueblo sino en un lugar completamente desconocido. Ella podía distinguir que a su alrededor sólo se encontraban cubos de color gris. Era una gran habitación, con un suelo desproporcionado que parecía no tener fin. María preguntó que dónde se encontraban, a lo que Jesús dijo que estaban en una dimensión desconocida y que la única manera de llegar a ella era por medio de una persona que poseyera un poder ocular como el de él. María por fin había descubierto el verdadero secreto de aquellos ojos tan misteriosos de aquel hombre que parecía no tener nada de especial.

Jesús creía que después de haberle mostrado su verdadero poder María dejaría de amarlo, pero se llevó una gran sorpresa cuando María le dijo que aquel lugar era completamente increíble y tras esto lo besó. Aquella pareja por fin había cedido ante sus pasiones en aquella misteriosa dimensión que se convirtió en su lugar especial.

El 7 de noviembre de 1907, Jesús se encontraba con su madre a la hora de su descanso. Posteriormente debía volver a la mina para llevar un cargamento de dinamita al siguiente pueblo minero. Tras haber terminado su descanso, Jesús se disponía a regresar a la mina y tomar su tren para viajar, pero su madre trató de detenerlo, ya que presentía que algo iba a suceder y pensaba que si iba nunca lo volvería a ver. Jesús le contestó que todo estaría bien y que no había de qué preocuparse ya que sólo tenía que transportar la dinamita.

En el tren sólo iban Jesús y otros dos trabajadores que apoyarían en el traslado. Jesús decidió dar un chequeo a la dinamita que debía encontrarse en los dos últimos vagones del tren, pero cuando llegó ahí encontró otro material que no era dinamita. Así que volvió a la locomotora. Antes de llegar se dio cuenta de que la dinamita se encontraba en los dos primeros vagones y que esos vagones tenían rupturas por donde se filtraba la ceniza. Se dio cuenta de que la dinamita explotaría en cualquier momento.

Jesús avisó a toda prisa a sus acompañantes. Los tres hombres no sabían qué hacer, ya que la dinamita era la más potente de su tipo y de llegar a explotar devastaría una gran parte del pueblo, pues aún se encontraban muy cerca de él. Sin tener otra alternativa, Jesús tomó el control de la locomotora y aceleró lo más que podía. Pidió a sus acompañantes que trataran de sofocar el fuego que había dado inicio en los vagones donde se encontraba la dinamita. Cuando fracasaron, Jesús les pidió que se colocaran a un lado de la locomotora y que cuando él les diera la orden debían saltar para salvar sus vidas. Ellos se negaron protestando que no lo dejarían solo, pero Jesús los terminó por convencer hablándoles de las esposas e hijos que tenían en el pueblo, por lo que al llegar a un lugar apropiado para aterrizar los dos acompañantes de Jesús saltaron, dejándolo solo.

Cuando Jesús y el tren llegaron a una zona plana, él trató de darle más velocidad al tren pero se dio cuenta de que iba a toda marcha y que la dinamita explotaría en cuestión de segundos. Tras dar una última ojeada al pueblo, se dio cuenta de que, aunque ya se encontraban lo suficientemente lejos, la onda de explosión dañaría parte del pueblo de todas formas. Entonces decidió absorber toda la dinamita con su poder ocular. Él, que siempre lo había considerado un don del mismísimo diablo, se dio cuenta que ahora le ayudaría a salvar a aquel pueblo que amaba tanto.

Tras absorber la dinamita, Jesús se percató de que era demasiado para sus ojos y que no podría retenerla por siempre. Pero al menos le ayudaría a disminuir la onda de explosión. Jesús pensó en María y en todos los momentos tan especiales que habían pasado juntos.

Desde el pueblo se pudo observar una gran explosión que provenía de las vías. Fue como un poderoso trueno que retumbó varios kilómetros a la redonda, causando que los vidrios de las casas se rompieran por el poder de la onda de explosión.

Jesús murió al instante por el poder de aquella explosión, pero lo que hizo salvó la vida de cientos de personas. Jesús dejó a su madre y a su amada María, que estaba en espera de su primogénito, en completa desolación y tristeza por su pérdida. María sabía que él había muerto pensando en ella y estaba segura que su hijo heredaría aquellos misteriosos ojos.

El ahora llamado “Héroe de Nacozari” fue recordado como un hombre que dio la vida por el pueblo que amaba y en su honor cada 7 de noviembre se homenajea su acto de heroísmo.