El 21 de junio de 1970, en el estadio Azteca, un hombre de torso desnudo fue alzado en hombros por una marea humana. Brasil acababa de vencer a Italia por cuatro goles a uno y se consagraba tricampeón del mundo; Pelé sostenía en alto el trofeo Jules Rimet. Entonces, en medio del delirio, una mano anónima depositó sobre su cabeza un sombrero de charro de ala ancha. La foto, captada en aquel instante de júbilo, recorrió el planeta. No fue un gesto casual ni decorativo: fue una coronación. El pueblo de México entregaba al monarca del futbol su insignia más reconocible, confirmando que aquella prenda había dejado de pertenecer a las haciendas del Bajío para volverse algo mucho más vasto: un emblema portátil capaz de pronunciar, sin palabras, la sola idea de México.
El charro no fue siempre el rostro entrañable de la patria. Durante el siglo XIX encarnó al hacendado terrateniente y al caporal de las regiones ganaderas del occidente del país (Jalisco, Michoacán) y del Estado de México; una figura estrechamente ligada a la estructura agraria de las haciendas y, por tanto, teñida de connotaciones de clase y de un conservadurismo asociado al orden rural del Porfiriato. ¿Cómo aquel jinete de estirpe señorial llegó a representar a un país que apenas salía de una revolución hecha, en buena medida, contra los grandes dueños de la tierra? Si bien la construcción del charro como símbolo nacional tiene antecedentes en el periodo porfirista, tal respuesta no se vincula con la espontaneidad del imaginario popular, sino con una deliberada y sofisticada operación cultural emprendida desde el poder, como ha explicado la historiadora Tania Carreño King.
Concluida la fase armada de la Revolución, el Estado que encabezó Álvaro Obregón (1920-1924) enfrentó el reto de dotar de unidad simbólica a una nación fragmentada. Para conseguirlo recurrió a lo que muchos años después el historiador Eric Hobsbawm llamó la “invención de la tradición”, esto es, la fabricación de símbolos en apariencia ancestrales —pero en realidad recientes— destinados a cohesionar a las sociedades sometidas a transformaciones aceleradas. En ese laboratorio identitario, José Vasconcelos, al frente de la recién creada Secretaría de Educación Pública (1921), articuló un ambicioso proyecto cultural. En ese contexto, se buscó la estilización del charro, así como despojarlo de su pasado latifundista y reinventarlo como el mestizo gallardo, alegre y leal que la nueva nación mostraría como espejo de sí misma.
Un momento fundacional llegó en septiembre de 1921, durante las fiestas del centenario de la consumación de la independencia. En el bosque de Chapultepec se ofreció una célebre “noche mexicana”, y el jarabe tapatío —bailado por parejas en las que el varón vestía el traje y el sombrero de charro de gala— fue elevado a la dignidad de danza nacional. Vasconcelos llevó ese baile y esa indumentaria a las escuelas públicas a través de las misiones culturales, de modo que el sombrero de ala ancha y copa alta se convirtió en el marco visual obligado de las ceremonias cívicas y de la pedagogía patriótica. Quedó fijado así lo que el historiador Ricardo Pérez Montfort denominó “nacionalismo estereotipado”: aquella operación por la cual lo regional, lo jalisciense, fue erigido en representación de la totalidad de la patria, sintetizando en una sola silueta la imagen aceptada —e impuesta— de lo mexicano.
La semilla sembrada en los años veinte fructificó con fuerza en las décadas siguientes, al amparo del propio aparato estatal. A comienzos de los años treinta, una serie de auspicios oficiales consagraron al charro como símbolo de México, y la charrería alcanzó el rango de deporte nacional; surgieron entonces numerosas asociaciones que difundieron el estereotipo desde la capital del país y tejieron una densa red social de políticos, empresarios, militares, religiosos y antiguos hacendados.
En ese tiempo, mandatarios como Lázaro Cárdenas portaron la indumentaria de gala en actos oficiales, transformándola en una suerte de uniforme diplomático de la identidad mestiza. Sin embargo, fue la época de oro del cine la que otorgó al sombrero su alcance continental, sigue leyendo el artículo dentro de la revista 214.

