México era más grande antes de que Texas se convirtiera en un estado independiente que luego se unió a Estados Unidos de América. Después de una terrible guerra, este país se quedó también con los territorios de Nuevo México y California. Pero igualmente es verdad que hay un país llamado Guatemala cuyo mapa era distinto al momento de nacer. En 1824, la mayor parte de la provincia de Chiapas, que dependió de Guatemala en la época colonial, se convirtió en un estado independiente y luego se anexó a México. Más tarde, este país envió tropas al Soconusco para conquistarlo. Muchos años después, pretendía mover la frontera hasta incluir el Petén.
Las personas de México suelen acusar a su vecino del norte de haberles arrebatado territorios, pero desconocen que este país se quedó con territorios de su vecino del sur. Quienes fueron educados con los planes de estudio mexicanos aseguran que Estados Unidos es una potencia que injustamente se apropió de lo que no era suyo, pero no se cuestionan que México se quedara con lo que había dependido de Guatemala.
El Estado mexicano, como cualquier otro en el mundo, se construyó con guerras, con imposiciones, con despojos. Lo más frecuente es recordar la historia de cómo se perdieron territorios, de los agravios que se padecieron por parte de Estados vecinos o de potencias imperiales. Son muy pocos los que se atreven a reconocer que en la construcción del Estado propio también se cometieron esos actos.
Otro de los problemas a aceptar es que los países se construyen a partir de las negociaciones e imposiciones de los intereses de grupos económicos poderosos, de las vicisitudes de la guerra y de la capacidad de resistencia de sectores sociales menos favorecidos. A través de estos factores podemos concluir que los Estados (con las características y fronteras que tienen) son producto de la contingencia, es decir, que pudieron haber sido otra cosa, o de plano no existir.
Al sur de México hay varios países que, durante algunas décadas, fueron una sola república que ya no existe. Al finalizar la década de 1830, la federación centroamericana estaba integrada, de sur a norte, por los estados de Costa Rica, Nicaragua, Honduras, San Salvador, Guatemala y Los Altos. Todos esos estados se convirtieron en países independientes, menos el último, que fue conquistado por Guatemala.
La historia es contingente
Hay proyectos de Estado que nunca se consolidaron. En 1823 circuló una propuesta para crear una república federal que incluyera Oaxaca, Tabasco, Chiapas y la península de Yucatán, pero no fructificó. Tampoco los intentos de varios políticos de Jalisco para considerar que su estado fuera independiente de México. Lo mismo pasó en Yucatán.
El Estado mexicano que hoy conocemos pudo haber sido de una forma diferente o, tal vez, no existir. En la segunda mitad del siglo XIX, los historiadores de México, además de los de otros países, escribieron obras en las que relataban que sus propios países existían desde hacía mucho tiempo, que de alguna manera estaban predestinados a ser, con las características que tenían.
En el caso de México, la primera propuesta para escribir una historia general del país la hizo un chiapaneco llamado Manuel Larráinzar. Este historiador nació en San Cristóbal (hoy San Cristóbal de las Casas) en 1809, cuando esa ciudad era la capital de la provincia de Chiapas y parte de la Audiencia de Guatemala. En esos años, la monarquía española vivía una crisis porque Napoleón obligó al rey a abdicar e impuso a su hermano como nuevo monarca. Las familias ricas de los territorios de la capitanía general de Guatemala se apresuraron a contribuir en la defensa de la monarquía.
Tiempo después, cuando en 1813 Mariano Matamoros cruzó el istmo de Tehuantepec —por órdenes de José María Morelos—, fue detenido cerca de Tonalá por tropas organizadas por los grupos poderosos de la región. En ese momento, los chiapanecos no estaban interesados en unirse al movimiento de independencia de México. La situación cambió en 1821, cuando todas las provincias de la Audiencia de Guatemala se adhirieron al Imperio mexicano, aunque después se separaron, cuando cayó el emperador Agustín de Iturbide. La mayor parte de Chiapas se convirtió en un Estado independiente y, casi de inmediato, decidió unirse a la federación mexicana, en vez de a la centroamericana. Solo la región del Soconusco se negó a seguir ese camino.
En México se consideró que la unión de Chiapas fue producto de la voluntad de sus habitantes, pues se hizo un plebiscito; en Guatemala, por el contrario, se supuso que fueron los grupos poderosos chiapanecos los que, movidos por sus intereses, hicieron un plebiscito amañado. Estas reacciones resultan normales: después de todo, los mexicanos consideraron que Texas se convirtió en un estado independiente por las maniobras de los extranjeros, mientras que los propios texanos consideraron que su independencia se debió a la voluntad de todos los habitantes de ese territorio, expresada en la elección de diputados a una convención.
Justificación desde la historia
Manuel Larráinzar pertenecía a una de las familias adineradas chiapanecas que en 1813 rechazaron la independencia de México, pero que en 1824 se unieron a esa república. La fortuna familiar y la unión con México le permitieron tener una buena educación tanto en San Cristóbal como en el Colegio de San Ildefonso de la Ciudad de México…Sigue leyendo para conocer qué pautas consideró este abogado para escribir su “Noticia histórica…” donde hace de la historia un uso político de justificar una anexión forzada o conquista por parte del gobierno de Santa Anna, a la región del Soconusco, cuyo decreto oficial se publicó el 11 de Septiembre de 1842, fecha en la que también se conmemoraba el triunfo contra los españoles en el intento de reconquista en 1829.
Referencia:
Alfredo Ávila, “La anexión militar del Soconusco y el relato histórico que la justificó en 1843”, Relatos e Historias en México, núm. 214, Agosto, 2026, p. 57-61.
*Este fragmento de texto fue tomado de la serie de ensayos del doctor Alfredo Ávila Rueda llamada “Los usos de la historia desde el poder”, en específico de la sexta entrega, publicada en septiembre de 2019, en el número 133 de esta revista, con el título “El origen del relato oficial de la historia patria”.

