Eran las seis de la mañana. Sara Castrejón se balanceaba sobre la mecedora, esperando que los soldados del general Olea vinieran por ella. Afuera, en las templadas calles de su natal Teloloapan, los gallos seguían con sus quiquiriquí, pues el día ya estaba clareando. Algunos campesinos y gente del pueblo deambulaban ya por las empedradas calles.
Unos minutos después se oyó el ¡toc, toc! sobre la puerta de su casa-estudio, en el número 2 de la calle de Iturbide. Se levantó diligentemente y llamó a su hermano: “¡Joaquín, ya llegaron! Tráete el equipo, por favor”. Y mientras éste se despabilaba, las otras mujeres que vivían en la casa corrían a esconderse –espantadas por los toquidos– al fondo del jardín, en el interior de esas grandes tinajas de barro donde acostumbraban meterse cuando había peligro. Al verlas correr,el hermano les gritó: “¡Eh!, ¡no se apuren, son los federales, son los soldados del general Olea!”. Dicho esto, las dos hermanas detuvieron su carrera para retornar a sus habitaciones.
Joaquín se dirigió a donde ya estaba aguardando el pesado tripié y la cámara de cajón. Los cargó como tantas veces lo había hecho, en auxilio al trabajo fotográfico de su hermana. Tomó también una caja con las placas de vidrio. Sara abrió la puerta. Frente a sí encontró a un par de jóvenes soldados, ataviados con su uniforme reglamentario de color caqui,cananas cruzadas al pecho, un quepí blanco con visera negra y el respectivo máuser al hombro.
—Señorita Castrejón, ya venimos por usted. —Sí, sí, ya voy. Los estaba esperando.
Joaquín ya estaba detrás de ella, cargando el pesado equipo fotográfico. Sara tomó un rebozo y se lo colocó sobre los hombros, para protegerse del rocío matinal. “¡Vámonos, Joaquín!”.
Los dos hermanos emprendieron la caminata tras del par de soldados, quienes apresuraron el paso para unirse al grupo que los esperaba más adelante, en la entrada del atrio de la iglesia.
Al aproximarse, del contingente de soldados se desprendió el general Olea, jefe de la plaza en Guerrero durante el régimen huertista. Llegó al encuentro de la fotógrafa: “Sarita, ¡buenos días! Véngase, que ya tenemos aquí a esos bandidos que vamos a fusilar”. Mientras decía esto, el general Olea esbozaba una siniestra sonrisa, de esas que tienen quienes saben que poseen en sus manos la vida de un prójimo. Ataviado con su uniforme de oficial, cubría su amplia calvicie con el casco que cubre la testa de los jefes de alto rango.
En medio de los soldados se encontraban dos muchachos, casi niños, y un campesino joven, aunque de mayor edad. Los tres vestían holgadas camisas y calzón de manta mientras que en sus cabezas portaban anchos sombreros de palma. Los dos jovencitos mostraban el temor en sus rostros; sus miradas tristes y cabizbajas anticipaban el funesto desenlace que les esperaba. El general brigadier Fidel Pineda, en cambio, tenía una mirada altiva.
Los tres, escoltados por varios soldados, atravesaron el atrio y se dirigieron hacia la puerta de la iglesia donde ya los esperaba el cura del pueblo. Una vez que les dio la bendición, se pararon frente a la fotógrafa para que se les tomara la foto que el general Olea necesitaba mandar a México, para dar cuenta de la aprehensión y ejecución del osado guerrillero zapatista.
Congelados en el tiempo quedaron los semblantes de los tres sentenciados a muerte. Filiberto Ortega, cabizbajo, con el semblante triste de un adolescente que ve cómo el tiempo de vida se le extingue, sin haber abrevado de sus placeres; Paulino Santana, el otro adolescente, con la mirada fija en la cámara, pensando quizá que una copia de esa foto podría llegar a sus familiares, como recuerdo de un arrojo sin recompensa; el general brigadier Fidel Pineda, con la mirada serena, que contrasta con las de sus dos combatientes; el cura, joven y con semblante austero, sabedor de su impotencia ante el trágico hecho que se aproximaba.
Sobre esta foto, una vez impresa, la fotógrafa escribiría en su frente, arriba de los personajes: “15 minutos antes de su muerte después de ser auxiliados por el sacerdote que los acompaña en Teloloapan, Gro. El 10 de agosto de 1913… Filiberto Ortega Gral. Brig. Fidel Pineda, Paulino Santana…”.
Después de esta toma fotográfica, Sara recibió la solicitud de imprimir una foto más, ahora del general Pineda. La fotógrafa introdujo una placa en al aparato fotográfico, metió la cabeza debajo de la manta negra que lo cubría y se dispuso a accionar el disparador. Ahora el general “pronunciado” posaba solo, mas su rostro se mostraba más altivo que en la toma anterior, en una actitud que parecía desdeñar la suerte que le esperaba. Bajo su mano derecha empuñaba un espadín, el cual descansaba sobre el suelo; quien reparase sólo en el atuendo del zapatista no atinaría a comprender que se trataba de un general guerrillero, sin galones ni blasones que ostentar. Si no fuese por la presencia del sable, emblema de mando, él pasaría por un campesino cualquiera, sin asomos de su beligerante trayectoria.
Extraña pose de un condenado a muerte, quizá permitida por su verdugo para mostrar la calidad guerrera del retratado o,quizás en un último gesto benévolo de la autoridad huertista, para permitirle mostrarse sin desmayos ni flaqueza, como correspondería a un enemigo respetable.
A esta nueva imagen, la fotógrafa añadiría otra inscripción: “Gral. Brig. Fidel Pineda, 10 minutos antes de su muerte.Agosto 10 de 1913”. Tal era el empeño y profesionalismo de Sara, quien, percatándose de la trascendencia del hecho,anexaba un toque de dramatismo a un evento de por sí dramático.
Una vez hechas las tomas fotográficas, el grupo se dirigió al panteón municipal. En el escarpado camino, ya que el panteón se encontraba en una loma desde donde se divisaba todo el pueblo, Sara Castrejón iba haciendo silencioso recuento de las veces que había retratado fusilamientos. A sus veinticinco años ya había enfrentado esos difíciles trances en los que uno va a ser testigo de la muerte de un ser humano.
Y, además, había que retratar el hecho. No era la primera vez –y quisiera que fuese la última– que imprimía en sus placas la terrible imagen de hombres abatidos por las balas del enemigo. Los zapatistas de Guerrero también la habían llamado en algunas ocasiones para sus fusilamientos, pues los soldados federales, sabedores de la calidad de sus retratos, pedían que se les hiciese una última foto para poder hacerla llegar a sus familiares. Pero ella sabía que los “pronunciados” no daban mucha paga; más bien eran los propios pelones los que hacían el desembolso para retribuir su trabajo. Tampoco había cafecito ni pan de arroz, como sí lo había cuando las fotos las pagaban los federales.
Ya casi para llegar a las puertas del panteón, Sara sintió un ligero estremecimiento al mirar los lánguidos rostros de los dos adolescentes que estaban a punto de morir. Mas también recordó el semblante sereno de Pineda. Trataba de entender qué pensamientos estaban pasando por la cabeza de ese líder zapatista que le permitían una cierta imagen impasible ante la muerte. Trataba de adivinar qué motivos, qué certezas le permitían no doblegarse ante la autoridad federal. Aunque, a decir verdad, bien sabía de los motivos de los campesinos del entorno para sublevarse en contra de hacendados e intermediarios.
Proveniente de una familia con holgada situación económica y con cierta educación y refinamientos, alcanzaba a percibir que en estas circunstancias se cometía una gran injusticia al privar de la vida a unos muchachos, casi niños, cuya única culpa había sido acompañar en sus ideales al líder agrarista, sin haber cometido desmanes y matanzas como las que solían realizar sus verdugos. Pero finalmente recapacitó en su trabajo, en la encomienda que se le había solicitado y por la cual recibiría una paga. Muchos años después, platicando con sus sobrinas, una de ellas le preguntaría: “Pero tía, ¿no te daba miedo ir a esos fusilamientos?”. A lo que ella respondió: “¡No!, a mí me pagaban por ese trabajo y yo tenía que cumplir”.
Al cruzar la puerta del panteón, el pelotón de fusilamiento se abrió paso entre un pequeño conglomerado de gente que había acudido a presenciar el fatídico acto. Fidel Pineda, Filiberto Ortega y Paulino Santana recibieron la orden de colocarse junto a una pared del camposanto. Mientras, Joaquín daba los últimos aprestos a la máquina fotográfica; ya se encontraba colocada la placa y el obturador estaba dispuesto para su disparo, el cual se acompasaría con los disparos del fusilamiento.
A una indicación del general Olea, quien quería encargarse personalmente de segar la vida de tan aguerridos sediciosos,Sarita se introdujo nuevamente bajo la tela negra que cubría el dispositivo fotográfico; tomó el disparador y se dispuso a accionarlo en cuanto escuchara la orden de fuego.
Cuando el mandato salió de la garganta soberbia del general huertista, ocho fusiles lanzaron sus balas sobre los sentenciados. Al impactarse sobre los cuerpos, algunos de los proyectiles siguieron su trayectoria hacia la pared,produciendo una pequeña nube de polvo que empezó a envolver la parte media de los cuerpos sacrificados. Esa fue la imagen que captó la lente de la fotógrafa; el instante en el que los tres zapatistas recibían los impactos, un instante en el que quedaba congelado y plasmado sobre el negativo de vidrio el último hálito de vida de los ejecutados.
Unos cuantos días después, en el archivo de la Secretaría de Guerra y Marina, en la Ciudad de México, se recibían las tres fotos del fusilamiento. El encargado del despacho apenas si se detuvo en ojear las imágenes y sobre ellas estampó el sello:“Secretaría de Guerra y Marina. Archivo General”.

