Sólo bastaron cuatro tragos para que Félix se Envalentonara. De la cantina prosiguió a seguir la vereda hasta el rancho de Manuel. Era un día soleado, pero a Félix no le importaba. Estaba decidido. Manuel, por su parte, sufría de depresión post mortem a causa de su esposa.
—Manuel, ¡asómate a la bola, cabrón!, ¡a la guerra! —gritaba Félix con pasos torpes. Se entreveía en su mirada la potencia del enojo; esos ojos inyectados de adrenalina, invariable característica de quien requiere de una dosis de valemadrismo.
—¿Qué pasó mi Félix? Ya tas entonado, ¿verdad? —dijo Manuel con voz apagada.
—¡Qué?, ¿te rajas, Manuel? ¡Cállate y vámonos, te digo!
—¿A dónde, canijo? No me rajo. Pero las niñas…
Manuel se puso de pie, dejando atrás el tronco donde se sentaba a reflexionar. Su hija de tres años miraba desde el portón, alarmada y desmentida por los gritos de Félix.
—¡Pues a la bola! Ya vienen para acá. Dicen que vienen con el tal Zapata. Queque ése da tierra y dinero. Además ya no tienes mujer, cabrón. ¡Vámonos! ¿Las niñas qué? Como si ellas te fueran a dar de comer orita. No, si nomás necesitas atrevisarte y hasta te quitan esto que tienes…
Manuel reflexionó acerca de su estado, de su pobreza y su viudez. Impávido miraba todo lo que tenía alrededor, y no era más que una casa en medio del monte. La vegetación de la sierra se cerraba sobre los techos de palma y madera. Un pequeño granero con poco que resguardar, el corral vacío y tres pequeñas eran su único legado. Ya nada importaba. ¿Qué más daba irse?
—Adalberta, quédate aquí, luego vengo —dijo dirigiéndose a la niña, mientras tomaba su cantimplora y su morral.
Los dos hombres se encaminaron por la vereda con machete en mano y haciendo una bulla que tenuemente se perdió entre los ruidos del monte. En torno la niña se quedó sola, al resguardo de nadie, y con la carga de otras dos más pequeñas, mientras su padre buscaba ufano una revolución.
Adalberta vestía un vestido azul de retazos de tela y estaba peinada con dos pequeñas trenzas. Sus ojos eran verdes, seguramente como resultado de esas tropas francesas que llegaron al puerto de Veracruz en 1862; casi cincuenta años después, la niña había heredado en algunas de las formas físicas de esos visitantes beligerantes.
A su edad, mucho de la vida le era seguramente ajeno, mas no el hambre y la sed que perturba a cualquiera en medio de la sierra. Después de la partida de su padre, tomó de los plátanos que apenas unas horas antes Manuel había descolgado. Su limitado hedonismo fue interrumpido por el llanto de las dos niñas restantes.
Ana tenía un año y medio, y apenas había empezado a dar algunos pasos. Lucía era una recién nacida, de un mes, tiempo preciso que tenía Manuel de haber enterrado a su mujer en el camposanto. “Me la mataste, criatura; me mataste a mi mujer”, le murmuraba Manuel a Lucía con desdén mientras la dejaba llorar hasta el cansancio.
Adalberta entró a la casa con más plátanos. Al acercarse a Lucía y ponerle el plátano en la boca vio cómo la niña lloraba. Notó que tenía hambre. Y lo mismo razonó con Ana. Durante dos días, las niñas se alimentaron de plátano. No había noticias de Manuel.
El llanto de las niñas aumentó al día siguiente y luego fue haciéndose más débil. Adalberta, sin más alimento que dar, recurrió entonces a las duras semillas del corral. Se las colocaba a Lucía en la boca y ésta no callaba; por el contrario, se salían entre la saliva del bebé, que no era más que un fluido excretado por la boca del llanto desesperado. Y lo mismo ocurrió con Ana, quien ya se mostraba débil en un rincón.
La pequeñez de sus cuerpos no mostraba indicios siquiera de una capacidad de supervivencia ante la hambruna, porque al poco tiempo los berridos cesaron. Primero fue Ana. Y al par de horas, Lucía. Para entonces Adalberta empezaba a perder tranquilidad, mas no tenía miedo, porque ya había conocido la muerte reflejada en los ojos de su madre mientras daba a luz.
Sin saber qué hacer, durmió nuevamente entre la penumbra, y en compañía de los ruidos propios del monte se acurrucó junto al cuerpo de Ana. Al despertar notó la inmovilidad de sus hermanas; ahora más tiesas que una vara. Entonces el quicio de la puerta fue su asiento durante mucho rato. Fue como a eso del mediodía cuando un arriero, vecino del rancho, pasó con una mula fuertemente cargada de leña.
—Buenas, Manuel —dijo. La niña se reincorporó y se metió asustada a la casa, asomando instantes después la cara por el marco de la puerta.
El arriero notó que Manuel no había puesto a secar tortilla al sol, como acostumbraba hacer, pues cuando podía iba al pueblo y se traía el desperdicio, para luego venderlo a los vecinos o así alimentar a los puercos.
—¡Ora, Manuelito, que traigo mezcal del bueno! —Volvió a gritar el arriero—. Chirriones, ¿pues qué no quieres probar?
Dejó a la mula amarrada y se dispuso a entrar. Vio a la niña esconderse debajo de la vieja cama de latón y los cuerpos inertes de las otras dos encima de ella. La pestilencia, favorecida por el calor, empezaba a invadir el cuarto. El arriero dio dos pasos adelante para descubrir los rostros verdosos y los párpados rígidos de las criaturas. Con una santiguada e imprecisión dio vuelta y salió corriendo.
Adalberta permaneció expectante para reincorporarse después y mordisquear algunas marorcas, que la nutrían a duras penas con dulces jugos lechosos.
No habían pasado dos horas cuando Petra, la abuela materna de Adalberta, entró dando tumbos y con
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un grito ahogado en la garganta. Detrás de ella venía corriendo Marcelita, su hija menor, quien no la había podido alcanzar cuando saliera desesperada apenas el arriero le informara lo que había visto: “¡y pues su hija de asté (que en paz descanse) ya se llevó a dos de sus nietas, las más tiernitas…”.
—¡Maldito, desgraciado! Bien me lo habían dicho que te habían figurado entre la bola. ¿Cómo es posible? —Y llorando tomó entre sus brazos los cuerpos de las dos infantes. Al reconocer la voz de su abuela, Adalberta salió de debajo de la cama otra vez.
—¡Ay, mamacita! ¿Y acá qué vamos a hacer? —dijo Marcela con la voz quebrada, los ojos saltones y una palidez que en segundos se tornaba verde por el olor putrefacto.
Petra empezó a llorar, ahora inconsolable. Abrazó a Adalberta y salió cargándola, mientras llamaba a Marcela con la mano.
—Hay que darles cristiana sepultura. Siempre se van de tres en tres. Pero no así de sopetón, ni menos les tocaba a estos capullos. Vamos a hablarle a tus hermanos, Marcela. Ese desgraciado no vuelve a ver a su hija. Que se vaya con su maldita revolución… ¡Ojalá y lo maten!
Las dos mujeres se alejaron, con el rencor y el dolor persiguiéndoles entre los matorrales de la sierra, disfrazándose con el dulce olor del plátanal.
La joven tendía la ropa entre los ramales de los árboles que rodeaban su casa; las bardas de adobe ya estaban cubiertas por sábanas recién lavadas. Estaba en los aposentos que su esposo había construido con su trabajo en las rancherías. Ambos estaban en los inicios de su vida conyugal, y aunque ella no había elegido al marido que ahora venía por su estar, si tenía plena noción de las actividades que una mujer debía realizar en agradecimiento por haber salido de la soltería a tiempo.
El sol de marzo quemaba su espalda, y al voltear hacia él, sus ojos verdes se cegaban, pero brillaban como dos turquesas. A pesar de ser serrana, su semblante era definitivamente afrancesado. Dieciocho años recién cumplidos. Su abuela cumplía con el compromiso dado cuando la habían pedido hacía un año.
—Adalberta —la llamó una voz desde atrás de las bardas. Las sábanas se levantaban brevemente por las brisas del monte. En un punto distintivo de los verdes matorrales, y detrás de la barda achaparrada, estaba parado un hombre entrecano, con barba crecida y ropas desgastadas.
A Adalberta se le figuró verlo entre nubes por el mismo movimiento de las sábanas. “Así deben mirarse las ánimas del purgatorio, esas que no tienen a dónde irse, porque hacen bien, porque hacen mal, porque no hay quien pida por ellas”, pensó.
Su padre la miró suplicante. Pero ella regresó a seguir tendiendo la ropa. A pesar de reconocer esa voz que decía su nombre, no coincidía con la que gritaba embustera cuando ella terminaba sus tres años.
—Adalberta, soy tu padre. Dame agua por favor —volvió a decir Manuel.
—¡Ay! Ni se acerque a mis sábanas, no se recargue. Me las va a ensuciar, y no pienso ir otra vez al río a lavarlas, ¿eh? —Contestó indiferente, como si le hablara a cualquier desconocido—. ¿Por qué no se va a casa de su compadre ése? Félix el infeliz, decía mi abuela que se llamaba. A ver, que él le de tomar y de comer.
—Lo mataron, Adalberta, lo mataron en la bola. No aguanto ni tres semanas. ¡Pero el general Zapata lo honró! ¡Lo menciono!
—Pues mejor aguantar tres semanas que tres días, ¿no cree asté?
—Solo te tengo a ti, Adalberta. Perdóname, mi’ja. ¡Por piedad! Tengo hambre. Déjame quedarme contigo…
—No, si ya no tengo nada que perdonarle. Que lo perdonen Anita y Lucía. Y el hambre es canija, sí es cierto… ¡Sino lo sabré yo! Váyase a su casa, ahí está todavía; yo no toqué ni reclamé nada. Ahí está lo que le dejó la revolución. No me haga hacer berrinches, que el día está rechulo. ¡Váyase o le digo a mi marido que lo corra a bala de carabinaso!
Los ojos verdes fulgurantes de Adalberta lo decían todo. Ninguna revolución podría recuperarla, ninguna batalla la haría desistir de su odio hacia el doliente abandono.
Manuel llegó a su casa, que no tenía techo y de la que las hierbas ya se habían posesionado. No había ni rastro de pertenencia alguna, pues todos los que pasaban por ahí algo se habían llevado. Los años y los caminantes de las veredas habían sido dignos saqueadores. Y se volvió a sentar en el tronco de siempre, recordando la mañana de aquel llamado de Félix.
La revolución había ganado, pero su fortuna no había cambiado. Ahora sólo tenía ante sus ojos el esqueleto de lo que fuera su hogar, su cuerpo y su familia entre los muros de una vieja casucha.
