Para mis abuelos, F y J.
“Guante blanco, pañuelo blanco, lo que sea blanco, pero en la mano. Espera a las bengalas, no te aloques ni hagas nada. Y dispara a los que lleven una pancarta”, repetía en mi cabeza, mientras gritos y disparos componían música macabra. Las personas chocaban y se tropezaban al correr; heridos por ahí y algunos vivos tratando de ayudarles. Los muertos yacían en el suelo conmigo. La mano ensangrentada que aún sostenía, contrastaba con la prenda blanca en la mía. Así habían sido las cosas entre su dueña y yo: un gran contraste. No me atrevía a verla, aunque estaba muerta podía sentir su mirada fría clavada en mí, llena de decepción. Observar el cielo era todo lo que podía hacer y este parecía indiferente a lo que sucedía en la tierra. Diversas nubes comenzaron a formarse presagiando lluvia y eso fue lo que me sacó de mi letargo, pero solo para sumirme en otro peor: el recuerdo.
A Nora no le gustaba que la fotografiaran y, sin embargo, fue gracias a una cámara que nos conocimos. Pero eso fue mucho antes de los sucesos que comenzaron por un pleito entre estudiantes, cuando yo era un papelero algo vago y peleonero. No fue hasta que mi mamá enfermó, que tuve que ponerme las pilas para poder pagar su tratamiento. Así que cierta mañana, tras agradecerle a la vecina por cuidar de ella, salí de casa un poco más tarde de lo usual. Y un poco más cargado igual. Solo que, en lugar de caminar con periódicos, lo hacía con la cámara que había sido de mi papá. En la vecindad donde vivíamos, no era extraño que cada cierto tiempo las personas empeñaran sus cosas de valor. La vecina me platicó de un lugar donde se hacían buenos negocios y fui hasta ahí esperando que fuera verdad. Lo que nunca esperé, fue enamorarme de la muchacha distraída que bailaba una canción gringa en el mostrador. Ni que meses después la estaría ayudando ahí mismo a esconder propaganda en mis periódicos.
—A ver si no me corren del trabajo por esto, chatita —le advertí después de que me entregara una docena de volantes—. Si no fuera porque saben que no soy estudiante…
Nora, que hacía cuentas en una libreta, se inclinó para darme un beso en la mejilla.
—No te apures, Gerardo —dijo tranquila—. Desde la manifestación silenciosa, cada vez son más los que nos apoyan.
Y mientras ella volvía a hacer sus cuentas, miré la cámara que yacía en la vitrina. Ya fuera por un nuevo dueño o para que yo la recuperara, la cámara de mi papá seguía esperando intacta. La culpa me invadió como solía hacerlo y me atreví a preguntarle algo a Nora.
—¿Por qué confías tanto en mí, chatita? Alzó su mirada y me sonrió extrañada.
—Sé que me quieres y, para mí, eso es suficiente.
Enormes charcos se habían formado en todo el barrio al caer la noche. La lluvia me empapó cual perro callejero y también a los periódicos con los volantes dentro. Intentando no resbalarme, subí las escaleras de aquel cuarto de azotea y toqué la puerta con fuerza.
—¿Quién? —se escuchó del otro lado.
—¡Ábreme rápido, que me va a dar una pulmonía! —exclamé.
Mi cuate Raúl y el humo de su cigarro me recibieron en el reducido espacio al entrar. Como de costumbre, me ofreció uno y esa vez decidí aceptarlo. Le tendí mis periódicos para que los revisara, mientras yo me secaba.
—No esperes que te dé mucho por esto, sabes bien que vale más lo que “cantes” —dijo al cabo de un rato.
Exhalé el humo de mi cigarro.
—No hay mucho que “cantar”, solo esta idea de andar escondiendo propaganda en los periódicos. No sé si por ahí anden haciendo lo mismo.
Raúl sacó un fajo de billetes de debajo de su almohada y me entregó lo que me tocaba. Cuando salí a la lluvia de nuevo, me eché a correr rumbo a mi casa.
Al día siguiente, me encontré con un amigo de Nora al entrar al local.
—¡Quihubo, Fernando! —le di unas palmadas en la espalda—. Hace mucho que no te veía.
—También me da gusto verte, Gerardo. Así me despido bien de ti —repuso.
Fruncí el ceño sin entender y Nora puso mala cara, haciéndose la que no escuchó. Él me explicó que se regresaba a su provincia porque las cosas se estaban poniendo feas, refiriéndose al movimiento. Nora, por su parte, estaba enojada con él por escapar en medio de todo. Los dos se pusieron a discutir por un buen rato, bajo mi atenta mirada. Afuera, unos compañeros lo esperaban en una camioneta, así que al final tuvo que irse después de darnos un apretón de manos.
—Es un necio —murmuró Nora.
Le di un beso en la mejilla y ella sonrió olvidando el asunto.
—Traigo dinero, chatita —se lo enseñé—. ¿Crees que puedas hacer mis cuentas?
Asintió encantada y fue en busca de su libreta.
Para ser sincero, subir esas escaleras comenzaba a hartarme. Toqué la puerta del cuarto y Raúl no tardó en abrirla. El acostumbrado cigarro no faltó y tampoco mi información. Y lo mismo que me contó Fernando, se lo repetí a Raúl. Junto con algunos detalles que saqué de su discusión con Nora. Chifló complacido y del mismo lugar sacó el fajo de billetes.
—¿Ves? Cuando “cantas” lo haces bien bonito —dijo burlesco.
—¡Qué chistoso! —escondí el dinero entre mi ropa.
Cuando me dispuse a irme, me detuvo poniendo una mano en mi hombro.
—Por cierto, me dijeron que no vinieras hasta dentro de unos días.
—¿Por qué? —pregunté extrañado. Se encogió de hombros.
—No sé, pero me dieron a entender que pronto tendremos que buscarnos otra chamba.
En los días siguientes, parecía que todo volvía ser como antes. Durante la mayor parte del día seguía con mi trabajo de voceador. Al regresar a casa cuidaba de mi mamá y en mis ratos libres iba a ver a Nora. Pero con lo que me pagaban y lo último que me había dado Raúl, seguía faltando mucho para recuperar mi cámara. Por eso cuando en la tarde visité a Nora y me la entregó, me quedé mudo por la sorpresa. Ella reía divertida dando brinquitos.
—¿Y qué? ¿No me vas a dar las gracias? —preguntó cuando se calmó.
—Pero, Norita… —comencé a decir—, todavía me faltaba. ¿Por qué me completaste?
Se mordió los labios y bajó un poco la mirada.
—No quería que te ofendieras, pero anduve haciendo unos ahorritos de lo que me pagan mis compañeros por ayudarlos con sus números.
Más que ofendido, me sentí aún más culpable que de costumbre. Sin decir nada, dejé la cámara en el mostrador y la abracé con fuerza.
—Gracias, chatita —musité.
Me devolvió el abrazo mientras yo pensaba en lo que tenía que hacer. El locutor en la radio dijo la hora y eso hizo reaccionar a Nora.
—¡Chin, se me está haciendo tarde! —exclamó y la apagó.
—¿A dónde vas?
—A un mitin cortito, por aquí en la plaza.
La acompañé afuera y le ayudé a cerrar el local. Se despidió con un beso y me guiñó un ojo.
—Deberías de ir a revelar el rollo —dijo antes de irse.
Esa era la última vez que subía las escaleras de aquel cuarto de azotea. Raúl me recibió como siempre y no me reclamó por haber decidido dejar de ser su socio.
—Yo que me había acostumbrado a compartir, ni modo —dijo mientras me ofrecía un cigarro.
Reclinado en su mesa, me fijé en una especie de nota que había. Con letra chueca leí: “Lo que sea blanco, pero en la mano. Espera a las bengalas, no te aloques ni nada. Y dispáreles a los que lleven una pancarta”.
—¿Qué es esto? —pregunté mirándolo atentamente.
—Me lo dejaron en la mañana, pero no acepté —murmuró, nervioso.
Tomé el cigarro con cautela y le di una bocanada.
—¿Y de qué es o qué?
Me miró con algo de malicia dejando escapar el humo del suyo.
—Hoy les darán su revolución en la plaza.
Corrí.
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Tres meses después…
“You showed me how to do…”.
Moví un poco la radio y dejó de hacer ruidos de interferencia. Sobre el mostrador, comencé a tamborilear mis dedos al ritmo de la canción. El muchacho a mi lado ni siquiera me prestaba atención, sino que esperaba impaciente por lo mismo que yo. El encargado de revelar las fotos no tardó en regresar con las suyas, las mías tardarían un poco más. Suspiré y de curioso miré las fotos del muchacho.
—¿De vacaciones? —le pregunté.
Me miró con desconfianza, pero asintió.
—Vendré a estudiar dentro de poco —dijo serio.
—¡Jorge! —lo llamaron sus acompañantes.
Les hizo una seña para que esperaran en lo que pagaba. Entonces por fin me entregaron mis fotos. A Nora no le gustaba que la fotografiaran y, sin embargo, en casi todas las fotos salía ella. Parpadeé para verla mejor, sin creerlo. En unas también salía yo, solo que distraído. Me pregunté en qué momento se le había ocurrido hacerlo y no pude evitar sonreír al ver algunas donde hacía muecas. Pero solo una eclipsó a las demás, un retrato. En este, Nora no sonreía, su mirada estaba pendiente al lente de la cámara. La mirada que me atreví a ver antes de que me ayudaran a levantarme el día que murió. No de reproche, sino de calma. La mirada que no volvería a ver jamás. Pagué después del muchacho y lo alcancé cuando iba a salir.
—¡Suerte! —dije, dándole una palmada en la espalda.
Esta vez me miró con extrañeza, pero asintió dándome las gracias.
Salí del lugar con mi nueva cojera y apreté mis fotos con fuerza. Afuera, el aire olía a lluvia y el cielo la anunciaba. Sonreí levemente.
—Hola, chatita.
Y la vida siguió, como siempre.
“Now you love me too…”

