Zihuatanejo, Guerrero. 1980.
“¡Qué calor, caray!”, piensas mientras el descolorido paliacate absorbe tu sudor. Desfilan frente a tus ojos las ampulosas virtudes que Guerrero guarda para el que se decide a visitarlo. Bellezas tropicales que ya no recordabas. “¿Quién querría recordar ese infierno?”, te dices mientras tu turbia mirada recorre el paisaje costeño. El auto en el que te transportas (al igual que los que van delante y detrás de ti, todos del mismo modelo) se mueve de un lado a otro. Ya no estás en la capital, aquí el camino es sumamente empinado, terroso e irregular.
En la radio estatal, un pretencioso locutor declama el mismo poema que te aprendiste de memoria en tu juventud, cuando escapabas a la precaria biblioteca municipal a leer libros carcomidos por la humedad de la tempestuosa canícula y el olvido. “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo”, dice el hombre de la radio, “lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón…”.
—¡Ya cámbiale a esa tarugada, Tiberio! —habla con voz áspera el capitán Márquez, el conductor—, llevamos desde Chilpancingo escuchando a ese desquehacerado recitar sus poemitas. Todavía fueran las declamaciones de don Manuel Bernal…
—Tá’ bien, mi capi, nomás porque usted lo dice, pero déjeme decirle que usted no sabe del bello arte de la poesía. ¿Sí o no, mi Ulises? —te cuestiona Tiberio, al que más confianza le guardas y probablemente tu único amigo desde que te trasladaste al D.F.
—Sí, ándale —apruebas con una distracción que tus acompañantes notan.
—¿Pos’ ora qué trae este? ¿No aguantas la calor?, ja, ja, ja —dice burlonamente el capitán Márquez.
—Ya le pegó la canícula, mi capi, ha de ser eso —contesta Tiberio sin el tono juguetón que (casi) siempre lo caracteriza.
Van llegando a lo alto del cerro. A lo lejos notas a un nutrido grupo de personas, también recién llegadas, la mayoría ataviados con el uniforme azul del Departamento de Policía y Tránsito, todos indistinguibles por la tolvanera. Te bajas, adolorido, del Ford Mainline con placas policiales en el que llevabas encerrado desde hace bastantes horas, con el estómago exigiendo algo más para comer que la Brontodoble que tú y tus acompañantes desayunaron en el Burger Boy, antes de incorporarse a la caravana de coches negriazules que enfilaron a la costa guerrerense. Mientras más te acercas a los individuos, más se acelera tu corazón…
Estaba ahí. El cuerpo ancho como su ambición. Su vestimenta impecable contrastaba con los ríos de sudor que le corrían por el rostro, y aquellos oscuros lentes de aviador ocultaban la avariciosa mirada del hombre tras el mando mayor del cuerpo policial. Su rostro no necesitaba revelarse por completo para causar terror. Era Arturo Durazo Moreno, el Negro —como habías oído que sus más cercanos le decían—, quien con los brazos colocados detrás y una postura erguida, esperaba la llegada de quienes cumplirían su capricho amparado por el membrete presidencial. El hombre te daba pavor, y no eras el único. La inmensa cantidad de policías que llegaban se iban cuadrando conforme veían a aquel hombre de carnes morenas y espaldas suculentas.
Aparcados los coches, todos los recién llegados se formaron en torno al tenebroso hombre, esperando bajo un silencio atronador las palabras de su “jefe máximo”. El murmullo del oleaje parecía reconfortante en aquellos segundos de eternidad en los que el Negro parecía juzgarlos tras los polarizados cristales. “Más eterno que los templos de Grecia”, al fin se dignó a decir, “más admirable que la gracia de los césares”, continuó, “y más exuberante que los placeres de Nerón...”.
—Espero maravillas para este Partenón, oficiales, no están aquí de gratis —retumbaba en el amplio espacio la voz del general Durazo—. Quiero que las glorias griegas se trasladen a la ciudad de Zihuatanejo. Para ello, la comitiva que se ha formado en el estado les proporcionará lo necesario, ustedes pondrán su empeño y gratitud por el Departamento de Policía y Tránsito —decía alzando la voz, queriendo sonar grandilocuente—, puesto que a él se deben. ¿Quién les daría para comer si no? —llegaba, a su vez, un amplio autobús con vidrios igual de polarizados que los lentes del Negro—. Y para dar fe de su compromiso a esta magna obra, les traigo aquí al mandamás del estado —tragaste saliva…
II
Si quien quería aquel Partenón era Nerón, el hombre que bajaba del autobús (muy parecido al que abordaste para migrar a la capital) era Calígula, un tipo de lo peor, y tú lo sabías de primera mano. Aquel hombre, que te daba más miedo que el propio Durazo, se acercó lentamente a la formación, caminó entre las filas y, por un momento, pareció mirarte fijamente; sólo eso bastó para frenarte el corazón y, por poco, salir corriendo de ahí. Si te hubiera mirado por más tiempo, probablemente ahí mismo hubieras muerto de un infarto. Su hinchada complexión se acercaba a saludar efusivamente a Durazo; su pelo entrecano y esa mirada de viejo lobo te mantuvieron alerta en todo momento. Ya no sabías si el sudor que corría por tu cuerpo era por el enfurecido sol o los nervios que te provocaba ver a aquel nefasto gobernador. El poncho con el que cubría su engrosado cuerpo traía escrito su apellido, su marca personal, la palabra del terror: Figueroa.
—Buenos días, chilangos. Me presento ante ustedes por órdenes de mi general Durazo, nada más para ver si entre ustedes hay gentes de labor o una runfla de lángaras y ladinos que le rehúyen al trabajo. De ser el segundo caso… nada más déjenme decirles que en este estado no queremos ni a los flojos ni a los “rojos”, espero que les haya quedado claro —su mirada pareció postrarse, por una milésima de segundo, en tu paralizado cuerpo—. Para que vean que no me como a los niños crudos, vaya, que soy malo, pero no tanto, déjenme invitarles a merendar, que seguramente traen ya mucha hambre desde el Defe. ¡A comer, muchachos! —sentenció el Tigre de Huitzuco, como prefería se le nombrara entre sus cercanos a Rubén Figueroa Figueroa, la pesadilla de Guerrero.
Enfilaron los coches a la zona hotelera, bajando de nueva cuenta por el empinado cerro. Al llegar, una manta ya les recibía con la leyenda “Bienvenidos, Departamento de Policía y Tránsito del D.F.”. Pasaron a un local adornado de coloridos motivos. Te sentaste junto al capitán Márquez y Tiberio, a quien veías en un estado de suma relajación a pesar de que la situación que te atemorizaba también le concernía a él.
“Este está muy calmado”, te decías mientras servían las chalupas recién hechas frente a ustedes.
El viciado aire, producto de los múltiples cigarrillos encendidos a tu alrededor, era arrastrado fuera del restorán por la brisa costeña que Zihuatanejo ofrecía. Del tocadiscos emanaba la voz de Álvaro Carrillo y sus boleros, y tu paladar se deleitaba con los antojitos propios de la región; aun así, sentías el socavón que el miedo cavaba en tu estómago.
—Tiberio —dices tímidamente—, ¿podemos hablar?
—¿Pa’ qué o qué, mi Ulises? ¿No ves que andamos comiendo?
—Es importante, Tiberio —comentas en voz baja, procurando que el capitán Márquez, que degustaba de la charola de tamales de frijol, no los oiga.
—Ta’ bueno, pues —responde Tiberio en tono de hartazgo, al tiempo que se levantan y van al baño—. No se vaya a acabar los tamales, mi capi, que son para todos, ja, ja, ja.
Ya en el baño, con un penetrante olor a cloro y con la melodía “Se te olvida” a lo lejos, externas tu preocupación ante Tiberio, quien, con un tono serio te dice:
—Cálmate, hombre, hasta crees que se van a dar cuenta. Ya ves, ni el gobernador se acordó de nosotros. ¿De qué te afliges, caray? Nuestras identidades están protegidas. Ahorita enfócate en comer, que mañana toca trabajar de sol a luna, Andreas. Y ya no me molestes más, por piedad —y salió apresuradamente del baño.
Andreas. El nombre que no escuchabas desde que te decidiste a huir, allá por 1974, desde que desertaste —según tú, cobardemente— del Partido de los Pobres. Después de que mataron a Lucio Cabañas ya no supiste qué hacer; los ataques vulneraron cada vez más al movimiento y tu azarosa vida se colmó de una desesperación que sólo Tiberio, quien se había unido al movimiento meses antes de que asesinaran a Cabañas y con quien habías hecho una muy profunda amistad, pudo quitarte.
“Vámonos a la capital, Andreas. Conozco un cuate que trabaja en todo eso de las licencias y credenciales; si le damos una lana, nos cambia el nombre y todo lo demás. Hasta puedes elegir tu nombre y toda la cosa”. Así huiste de Guerrero. Ya no serías más un guerrillero derrotado, sino un Ulises (“como el de la Odisea”, te decías admirando la más reconocida obra de Homero), el foráneo que llegó a buscar suerte a “la jungla de concreto” (Ciudad de México) y que, al no encontrar trabajo estable, se enroló, en 1976, a la Dirección de Policía y Tránsito, con la mala suerte de ser ese justo el año en que Echeverría le dio el mando presidencial a José López Portillo y, con ello, el amiguismo que llevó a su compadre, el Negro Durazo, a un precoz ascenso y jefatura.
III
“Cálmate, Andreas, seguro ya ni se acuerda. Cálmate, caray, el que nada debe nada teme, relájate. Échate agua en el rostro…”. Recuerdos fugaces llegan a tu mente: la vez en la que Lucio Cabañas les contó cómo secuestró a su ídolo, don Álvaro Carrillo, a quien ahora escuchas de fondo en la vieja sinfonola; cómo cantaron y rieron juntos; cómo este le obsequió un machete con su nombre grabado al maestro Carrillo y cómo se despidieron con un caluroso abrazo. Te hubiera gustado estar ahí, estar presente mientras los dos a viva voz entonaban “El Andariego”. Eso te hubiera gustado, eso y no estar al momento del secuestro del entonces senador Rubén Figueroa, que recuerdas como un hombre de toscos modales y unos ojos de gato que generaban desconfianza.
Qué vueltas da la vida, caray. Es ese el hombre al que ahora escuchas entrar al recinto y conversar con Tiberio. Tragas saliva, te pones alerta, caminas sigilosamente a la salida del baño. Escuchas un “está ahí metido, ahorita que salga” emanando de la tipluda voz de Tiberio; ves una “charola” de policía en la mesa en donde el capitán Márquez ha dejado de comer y se queda estupefacto en virtud de la impresión. Algo conversa Figueroa con Tiberio.
Te das cuenta, entonces, que la identificación no es cualquier credencial de policía. No, es la identificación de un agente de la Dirección Federal de Seguridad. Sales plenamente del baño. El gobernador, Tiberio y Durazo al fondo se giran a la par que dos policías se dirigen a ti. “Ahora sí vas a hablar, desgraciado”, decía el Calígula al que volviste después de tantos años. Miras con una decepción profunda a quien pensabas era tu único amigo y que, ahora sabes, era tan miembro de la guerrilla de Lucio Cabañas como de la Dirección Federal de Seguridad. Tratas de gritar “¡Traidor!”, lo intentas con todas tus fuerzas, mientras los policías —tus ahora excolegas— se abalanzan sobre ti, pero la voz ya no te sale. Quien ríe con complacencia, al fondo, es el Negro Durazo. Es Nerón.

