Bostecé agotada mientras escuchaba al profesor de Historia hablar sobre lo catastróficas que fueron las epidemias de hace unos siglos. Pasó casi media hora desde que la clase dio inicio y, desde entonces, no había parado de lamentarse de la desgracia que fue y de pedirnos que estuviésemos atentos, pues el COVID comenzaba a esparcirse más rápido de lo deseado.
—¿Cree que esto pueda convertirse en algo como la viruela o la peste bubónica? —preguntó Margarita, algo nerviosa.
—Tal vez no sea tan desastroso, pero definitivamente nos daría problemas —respondió tras unos segundos.
Hubo miradas entre nosotros, algunos mostraban evidente escepticismo e incluso diversión, mientras otros tensión e intranquilidad. Por mi parte, rodé los ojos. ¿Que el COVID sería algo como la peste bubónica? Vaya ridiculez. Con toda la tecnología, en breve controlarían a ese condenado virus.
El profesor, finalmente, decidió continuar con la clase y hablarnos de los españoles y todo eso que hicieron para conquistar Tenochtitlan y demás asuntos que me enseñaron durante toda la primaria, así que, víctima del aburrimiento, encendí mi celular y me sorprendió ver una notificación que hablaba del condenado COVID. Tuve un mal presentimiento. Aun así, abrí la notificación y empalidecí en cuanto leí el encabezado, mis manos se enfriaron y sonreí nerviosa, incluso emití una risa que llamó la atención de la clase.
—¿Quiere compartir el chiste con el resto de la clase, Clara?
—Ah, no... Perdón, es que...
—Deje el celular y ponga atención —interrumpió el profesor y siguió con su explicación.
Armando y Nadia se volvieron hacia mí, extrañados por mi actitud.
—Estás pálida, Clarita —notó Armando en un susurro.
—¿Estás bien? —preguntó Nadia.
Negué con la cabeza, les extendí el celular y se acercaron para ver el encabezado de la noticia. Sus reacciones fueron iguales a las mías, aunque Armando fue mucho menos discreto y gritó unas educadas palabras que molestaron al profesor y, para evitar que lo enviara a dirección, Nadia me arrancó el teléfono de las manos y le mostró la noticia.
—Debe ser una broma —bufó asombrado.
—¿Qué pasa? —preguntó Pato.
—¡El COVID fue declarado pandemia! —respondió Armando.
La conmoción se apoderó del aula. Los murmullos iniciaron al igual que los comentarios alarmados, hasta que el profesor los hizo callar e intentó sembrar la calma.
—Tal vez es una noticia falsa, ya saben que actualmente...
—Es verdad —lo interrumpió Rosa y mostró su celular con una fuente más confiable—. Ya es pandemia.
Esta vez, todo se sumió en el silencio. ¿Qué significaba que declararan una pandemia? ¿Nuestras vidas cambiarían para siempre? ¿Viviríamos aterrados a partir de ahora?
Margarita chilló cuando sonó el timbre que marcó el fin de la clase. El profesor salió sin decir palabra y recibimos al siguiente como si estuviésemos en un trance. No hizo preguntas y tampoco dijimos nada de lo que sabíamos. Tal vez fuera porque si lo admitíamos frente a otros, se volvería mucho más real, pero ni al mantenerlo como secreto se pudo frenar la desgracia.
A partir de entonces, más noticias sobre el COVID invadieron las redes y la ansiedad comenzó a incrementar. Todo lo que sucedía era difícil de creer. Era casi como una novela, una de terror.
Tras unas semanas, el primer caso llegó a México y todo dejó de ser sólo ideas y fantasías de algo que sucedía en la lejanía, comenzaba a volverse real, cercano. La gente comenzó con precauciones histéricas que sólo empeoraron cuando los casos incrementaron abruptamente. En el último fin de semana que fuimos libres, antes de que estableciesen la cuarentena, caí enferma, por lo que ese último lunes falté a clases sin saber que me quedaría en casa a partir de entonces. Me lo dijeron por la tarde, que no volvería a la escuela. Todos, ingenuamente, creímos que sería un asunto de dos semanas, por lo mucho, pero esas dos semanas se convirtieron en un mes y ese mes en dos y esos dos...
Las conferencias de salubridad formaron parte de la rutina de programación en la televisión. La hora de la cena era sinónimo de informe, de medir desgracias y proliferar el pánico de manera inevitable, pues no podían simplemente ocultar los datos, la realidad; se hablaba de vidas, no de simples cifras.
Al inicio, las cosas no fueron tan densas, tan truculentas, los memes y chistes inundaron las redes para aligerar el nerviosismo de la gente y darnos esperanza de que todo pasaría en un suspiro, pero no fue suficiente para lidiar con el encierro. Para eso tampoco estuvimos listos. Usualmente, las personas buscamos nuestro propio espacio o un poco de compañía, pero con el encierro, eso era imposible, ya que no podías salir ni a la esquina, pues si se te ocurría, podrías contagiarte y entonces contagiarías a otros y, si algo les pasaba, si morían, lo sentirías como tu culpa, como si tú hubieras matado a esa persona. Y eso era impensable, inimaginable. Nadie quería cargar con una culpa tan inmensa, tampoco ser una molestia al estar enfermo. Aun así, algunas personas no dejaron de salir, incapaces de estar con otros mucho tiempo, de no sentir el viento o incluso percibir el aroma a gasolina de los coches, que cada día escaseaban más en las calles. Algunos familiares no dejaron de salir, pues se aferraban a la ridícula idea de que sólo era un invento o que no era tan grave. Y ese fue su error.
Por dos semanas no supe de la escuela, hasta que tuve el privilegio de tomar clases en línea, a través de dispositivos, a diferencia de otros estudiantes, que tardaron poco más de un mes en reanudar sus lecciones, pero muchos de ellos a través de televisión nacional, bajo la necesidad de recluirse en alguna tienda, al aire libre, para compartir pantalla. Era un caos. El internet fue salvación, pero igual ruina para quienes no tenían fácil acceso. Las carencias, las diferencias entre la gente, destacaron más que nunca.
Pronto, las ambulancias pasaron constantemente frente a mi hogar, durante las madrugadas, las mañanas y las tardes. Necesitaba apagar el micrófono durante las clases para no molestar, comencé a dormir con música o el radio para evitar escuchar sus sirenas retumbar en cada esquina de las calles desérticas. Era una pesadilla. La ansiedad provocada por el miedo al contagio, por el desconocimiento del virus, comenzó a carcomerme junto a mi familia, al igual que los problemas que conseguía evadir gracias a las salidas, a la escuela y a mis amigos, las inseguridades. Pasaba demasiado tiempo frente a mi reflejo, no tenía más opción, pues era imperativo mantener las cámaras encendidas. Expuesta.
Parecíamos neuróticos al lavar todo lo que cruzase la puerta de la casa. El jabón, gel y alcohol se volvieron nuestros mejores amigos y aliados para sentir que combatíamos y nos protegíamos del villano que era el COVID, pero ni siquiera así conseguimos salvarnos. Una mínima interacción con el repartidor fue suficiente para que mi hermana cayese enferma y una salida para que mi tío Pablo lo hiciera por igual.
No vivíamos en una casa tan grande, así que no pudimos hacer más que encerrarla en nuestra habitación. Al igual que en la escuela, no imaginé que habría una última vez en que entraría al sitio. Al menos por un buen tiempo. ¿Un mes? No recuerdo bien. Estuve tan nerviosa durante todo ese tiempo que las memorias son demasiado borrosas. Lúgubres. Aterradoras. Mi corazón se acelera, mis manos sudan, mi respiración se corta y me siento a desfallecer cada que recuerdo el estrés, la ansiedad, la incertidumbre, el miedo... Todo. La pesadilla.
Mi hermana era joven y los noticieros aseguraban que los jóvenes tenían posibilidad de sobrellevar el virus con facilidad. Pero saber que el enfermo estaba en la habitación de al lado era brutal. Me estremecía cada que la escuchaba toser, esperaba cada noche a que los números marcados por el oxímetro no disminuyesen gradualmente, a que mis padres, que la visitaban de vez en cuando por sobre mis ruegos, no contrajeran el virus. Pero no sirvió de nada. Los tres cayeron enfermos y sólo quedamos mi hermano y yo libres, así que nos fuimos de la casa, con mis abuelos. Ni siquiera nos recibieron, sólo abrieron la puerta y se ocultaron. Petición nuestra. No sabíamos si estábamos infectados y por lo mismo, no quisimos correr el riesgo, tampoco mis padres. Era mejor irnos, así podrían moverse con libertad y nosotros... esperaríamos ansiosos.
Cada mañana y cada noche, marcábamos a casa junto con mis abuelos para preguntar por el estado de nuestra familia. Hubo un momento en el que no pudieron hablar por la tos y quedamos incomunicados. Con mi tío fue peor, pues cuando lo buscamos, se desmayó y lo internaron. Ahí vimos otra de las caras oscuras de todo lo que sucedía, comprobamos que los videos en la televisión no eran exageraciones y las camillas se agotaban, al igual que los respiradores. Enfermeros cubiertos en lo que parecían bolsas blancas tuvieron que darle oxígeno y revisarlo, hasta que un día después le dieron una camilla.
Aunque intentaban ser discretos, escuchaba el llanto de mis abuelos cada noche; lo intercambiaron por las sirenas que, aunque todavía se escuchaban, eran más leves, más lejanas, pero por alguna razón las escuchaba cercanas. Demasiado cercanas.
De vez en cuando le marcaba a mis padres y a mi tío, a los primeros para escuchar de ellos y al segundo para que escuchara de mí, hasta que una tarde noté que su respiración era extraña, más pesada, y comencé a preocuparme. Llamé a mis abuelos y a los segundos se escuchó el pánico de los enfermeros. Naturalmente, grité en busca de algo que me dijera que estaba bien, de su voz que comenzaba a parecerme lejana, pero, en su lugar, escuché cómo se cortó la línea. Alguien desconectó el teléfono. Me volví hacia el conector y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a mi hermana acompañada por mis padres. De inmediato me lancé a abrazarlos sin tomarme el tiempo de cuestionar cómo es que salieron de la casa ni cómo llegaron ahí, sólo supe que podrían darme consuelo y que fui afortunada. ¿Mi tío correría con la misma suerte?
La pregunta no dejó de rondar mi cabeza durante los tormentosos días en los que no supe nada sobre él. Me quitó el sueño, la concentración e incluso el hambre. Me impidió disfrutar realmente la vida de mi familia, pues la suya peligraba o ya se había perdido y no querían decirlo. Si fallecía, ni siquiera podríamos velarlo. Estaba prohibido por seguridad propia.
Una madrugada, el celular de mi padre nos despertó a todos. Mi corazón comenzó a latir acelerado en cuanto abrí los ojos y la posibilidad de que la llamada viniese del hospital me hizo temblar descontrolada. La voz nerviosa de mi padre no ayudó a deshacer mi tensión, el nudo que había en mi garganta, y cuando escuché su sollozo juré que me desmayaría; aun así, caminé con los pies pesados como si fueran de plomo hasta llegar con él, junto con el resto de nosotros. Mi madre se le acercó y le susurró algo, después le respondió y también lloró. ¿Qué sucedió? ¿Acaso...? ¿Acaso...? Igual comencé a llorar. No sabía la noticia, pero podía imaginármela. Mi hermana, al verme, se unió al llanto y en un abrir y cerrar de ojos todos llorábamos. Desesperado, mi abuelo le exigió saber qué sucedió, quién le marcó. Entonces mi padre dio las gracias, inspiró profundamente, hinchó su pecho al llenarlo de oxígeno y sonrió.
—Era Pablo. Le acaban de dar el alta.

