Miro mis manos, agotadas de una nueva y prolongada jornada. Llenas de cicatrices, me exigen parar, pero sé que no puedo. Falta una larga hora más. El zumbido constante de las máquinas, mezclado con los susurros y llantos de mis compañeras, me aturde. Sus rostros, como el mío, muestran cansancio y resignación. Miro a mi alrededor. La habitación es pequeña y desgastada, con un intenso olor a humedad. Es obscura, iluminada solo por tenues rayos de sol que entran por la pequeña ventana e iluminan el polvo en el aire. La madera putrefacta cruje con cada movimiento y las paredes, marcadas por el tiempo, muestran humedad que reemplaza la pintura blanca. Aunque hace frío, gotas de sudor recorren mi frente. Falta poco. Me quedo mirando un punto fijo en la pared, deseando escapar de esta miseria, aunque sé que no será pronto.
“¡Maldita máquina!”, exclama una compañera, lo que me recuerda que aún tengo que laborar. Cada puntada y corte parece arañar mis huesos, pero sigo adelante. Quiero escapar, pero no puedo; los barrotes me lo impiden. No quiero volver, pero algo me detiene. Sí, necesito el dinero para la comida y el techo que protege a mi madre, mi único ser querido. Ella siempre me sostuvo cuando las cosas se volvían difíciles. Su suave voz me calma, pero todo cambió tras la muerte de mi padre. Desde entonces, enfermó. El doctor dice que padece demencia, pero solo la veo cansada. Sus ojos, antes brillantes, ahora están apagados. Trabajo para pagar sus medicamentos, aunque sé que se entristecería de saber que seguí su camino, atrapada en lo que llamaba esclavitud.
Termino mi quincuagésima prenda. Resiste, me digo a mí misma. De pronto, el patrón abre el pestillo que nos encierra, como si nos diera alas solo para recordarnos que él mismo nos las cortó. “¡Fuera en dos minutos!”, exclama. Lo miro con desprecio. Es alto, de voz grave, con una mirada penetrante que contrasta con su pelo negro. Me pongo de pie al igual que mis compañeras. “Nos vemos, muchas gracias, señor”, murmura Esperanza. Con ansias por salir, limpio las mesas y acomodo las sillas. Camino por el pasillo, en dirección contraria a un hombre con un chaleco naranja brillante. Mientras me ato los zapatos, escucho algo que me inquieta: —El edificio tiene más peso del que puede soportar —dice el hombre del chaleco—. No está diseñado para maquinaria pesada; es residencial. —No nos preocupemos —responde el patrón—, cambiar de local es costoso.
Quería seguir escuchando, pero unos pasos detrás de mí me alarman. Salgo apresuradamente. Camino a casa llena de preguntas: ¿qué quiso decir el hombre del chaleco? ¿Estoy en peligro? Con una mezcla de confusión y ansiedad, llego a la estación de autobús. Detrás de mí, unos hombres me siguen el paso. Me invade la inseguridad, un sentimiento constante en mi día a día. Mi corazón se acelera y mis manos sudan. Acelero; ellos hacen lo mismo. De pronto, escucho una voz conocida: —¡Hola! Vamos a casa? —dice Esperanza, mi única amiga.
Charlamos mientras llegamos a la estación. Dentro del autobús, observo a mi alrededor. Los edificios viejos parecen asfixiarme. Aunque el cálido atardecer los hace tolerables, la zona tiene un aspecto deplorable. El sol comienza a descender, mis párpados se cierran, y cedo. En mis sueños, veo el edificio derrumbarse bajo el peso. Intento escapar, pero estoy encerrada. Escucho gritos y, de repente, todo se va. Solo estamos mi madre y yo. Me mira decepcionada y comienza a llorar.
—¿Todo bien? —pregunta Esperanza cuando despierto sobresaltada. —Creo que aquí bajamos —respondo.
El camino a casa es incómodo. Al llegar, espero el aroma de la comida casera de mi madre, pero solo encuentro suciedad. Descongelo las sobras e intento arreglar el hogar, pero estoy agotada. Mi madre mira un punto fijo en la pared. Le doy sus medicinas y su comida, pero parte de ella acaba en la cama. Después, es mi turno de comer. Enciendo la televisión y sintonizo las noticias. En pantalla, el presentador se presenta con tono solemne: —Hola, ¿cómo están? Mi nombre es Ricardo, y seré su presentador el día de hoy—. Acto seguido, relata un hecho impactante: —Hace nueve días se conmemoraron siete meses desde el 9 de febrero de 1985, fecha en la que el agente especial de la DEA, Enrique Kiki Camarena, fue brutalmente asesinado por el cártel de Guadalajara.
Con esa imagen en mente, me dirijo a la cama y duermo profundamente. Al día siguiente, me despierto sobresaltada. A las 6:30 de la mañana, el molesto sonido del despertador me arranca de mi escaso sueño. Mi cuerpo está agotado, pero no tengo elección; el trabajo inicia a las 7:00. Mientras preparo un desayuno sencillo para mi madre y para mí, recuerdo la conversación entre el hombre del chaleco y el patrón. El edificio está en mal estado, eso es claro, pero ¿hasta qué punto podría ser peligroso? Termino mi café y me visto para el trabajo.
Apresuradamente camino hacia el autobús. Miro la hora en la estación: son las 6:50, lo que quiere decir que he perdido el autobús; el próximo llega en 10 minutos. Subo al autobús a las 7:01. Me preocupo, pues voy tarde. Sé que corro el riesgo de que el patrón decida descontar el sueldo del día, o peor aún, que me imponga un castigo, pues es “inconcebible este tipo de comportamientos”. Recuerdo la última vez que esto me sucedió: tuve que
laborar en un cuarto oscuro, utilizando tela negra. Al acabar ese día, mi visión se afectó significativamente. Nerviosa, miro el reloj; mi hora de entrada pasó hace casi 17 minutos.
De repente, un fuerte estruendo me saca de mis pensamientos. Estoy confundida, no sé qué pasa. Miro a mi alrededor y escucho gritos. Pronto, el autobús se sacude violentamente. Veo los árboles y las hojas moverse como si quisieran liberarse del tronco. Creo que sé lo que pasa; imagino lo peor. Mi corazón se acelera, pensando en mi madre. Dos minutos pasan, y la tierra sigue en movimiento. El humo rodea el autobús y el ambiente se llena de un aroma a miedo y angustia. La gente solloza y el nerviosismo crece. Entre el caos, el conductor del autobús intenta tranquilizarnos, pero su voz tiembla. Entre murmullos y llantos, alguien dice que fue un terremoto. Mi mente vuela al edificio Topeka, donde trabajo. Recuerdo las grietas, el peso de las máquinas y las palabras del hombre del chaleco: “El edificio tiene más peso del que puede soportar”.
Mi cuerpo se paraliza por un instante, luego la adrenalina se apodera de mí. Pienso en mis compañeras, en mi madre. El autobús no se mueve; miro hacia adelante y el tráfico es inexplicable. Decido actuar. Salgo apresuradamente por la puerta del camión y comprendo la magnitud de lo ocurrido. Miro alrededor; el paisaje es irreal: ventanas rotas, cables eléctricos colgando, banquetas agrietadas, una enorme nube de polvo cubriendo la ciudad. “No prendan cigarros”, escucho, “puede explotar”. Oigo gritos, veo miedo. Comienzo a correr, preocupada por mis compañeras. Me cubro la boca y nariz con el antebrazo para poder respirar y continúo corriendo. Minutos después, llego a San Antonio Abad y mi corazón se destroza. Con un grito ahogado comienzo a llorar descontroladamente.
Contemplo mi entorno y noto edificios derrumbados por doquier. Pero lo más devastador: la edificación Topeka ya no está ahí. En su lugar, hay una montaña de escombros y una nube de polvo densa. De rodillas, comienzo a buscar entre las ruinas con las manos, ignorando el dolor y las lágrimas que nublan mi visión. Otras personas hacen lo mismo. Pasan los minutos y me repito: “Un minuto, una vida. Un minuto, una vida”. Percibo sirenas, pero no veo ayuda. La única luz en mis pensamientos es la unión que hay: cientos de personas removiendo escombros, arreglando cables peligrosos, entrando a edificios que aún no terminan de caer. Es algo hermoso, altruista. Detrás de mí, escucho gritos. Veo por una ventana a las costureras atrapadas entre barrotes; veo a Esperanza. Corro rápido, pensando que tal vez pueda hacer algo por salvarlas. Mi corazón late con fuerza, mientras esquivo pedazos de concreto y varillas retorcidas. Intento forzar la puerta, pero está bloqueada. Empujo con todas mis fuerzas mientras el edificio sigue derrumbándose. Sé que no podré hacer nada. Me acerco a la pequeña ventana. Veo a las costureras llorando y pego mi mano al cristal, como lo hace Esperanza. Lloro, al igual que ella. Mis peores pesadillas se hacen realidad. Los segundos parecen años. Recuerdo los cálidos momentos que pasé con ella: abrazos, risas. Me alejo y contemplo cómo mis sueños y esperanzas se ahogan. El edificio se derrumba ante mis ojos.
Después de lo que fue una eternidad, veo ayuda. Militares llegan con maquinaria, pero lo siguiente que veo me destroza. Comienzan a retirar escombros hasta dar con cajas fuertes y máquinas. Simplemente las sacan y se alejan. ¿Cómo es posible? ¿Acaso no les importan las vidas en juego? Estoy frustrada, iracunda. Noto que los patrones cargan maquinaria, ignorando los cuerpos cerca o enterrados bajo toneladas de escombros. Golpeo el suelo con mi mano hasta sentir que se parte en pequeños pedazos. Pero el dolor físico no se compara con el que siento en el pecho. Mi respiración es entrecortada, los sollozos me sacuden, y mi mente no puede procesar lo que sucede.
Esperanza, mi única amiga verdadera… No, no quiero pensar eso. Busco alrededor alguna señal, algún milagro, pero lo que encuentro es desgarrador: personas llorando, familias desesperadas intentando hallar a sus seres queridos, voluntarios agotados. El polvo lo cubre todo, como si fuera una guerra. Mi pecho se llena de rabia. Grito con todas mis fuerzas: “¡Son unos malditos! ¡Sus máquinas no valen más que nuestras vidas!”.
Me arrodillo, cuando recuerdo a mi madre. ¡Mi madre! No puedo llegar a ella, no tengo comunicación y el tráfico está parado. “¡Necesito llegar a casa!”, grito, como si el aire pudiera darme una solución. Intento calmarme, pero la idea de mi madre sola e indefensa en ese cuarto me consume. Y si… No puedo pensar en eso.
Un hombre con una barra de hierro en la mano me mira preocupado. —¿Estás bien? —pregunta. —No, mi madre… —¿Dónde está? —No lo sé, probablemente en San Antonio Abad, número 62 —respondo. —Iré yo —dice amablemente—. Toma esta radio, te avisaré cómo está.
Agradecida, lo beso en el rostro y continúo asistiendo, aunque la ayuda sigue sin llegar. Pasan las horas, y cada vez sacamos más cuerpos inconscientes de los escombros. Estoy nerviosa, hasta que el hombre habla por la radio: —Está bien —dice—, ya está conmigo. Vamos al estadio Parque Deportivo del Seguro Social; su casa no resistió.
Pronto me ahogo. No puedo respirar. Siento que el polvo, el miedo y la tristeza me asfixian. Mi mente se llena de preguntas. ¿Qué haré? ¿Cómo cuidaré de mi madre sin un hogar? Pero algo cambia dentro de mí. Una sensación de alivio, como si alguien retirara kilos de mi pecho, me invade. Mi madre está a salvo, y eso me da fuerzas. Agradezco al hombre que cumplió su promesa y comienzo a llorar. Esta vez, para desahogarme. Lo necesitaba.
Pasa el día, la ayuda nunca llega. Miro las calles mientras me dirijo al estadio. Veo personas generosas, unión, resiliencia, amabilidad, empatía. La esperanza se teje poco a poco. Sin embargo, la ciudad es irreconocible: los edificios que antes conocía ya no están, los postes de luz caídos, las calles agrietadas. Llego al estadio Parque Deportivo del Seguro Social y la escena es devastadora. Decenas de cadáveres yacen sobre el suelo, divididos en identificados y no identificados. Un nudo se forma en mi garganta. Mi mirada está perdida mientras mi mente lucha por procesar la realidad. De pronto, escucho una cálida voz que me recuerda por qué estoy aquí. A lo lejos, mi madre habla palabras sin sentido; corro hacia ella y le doy un largo abrazo. Lágrimas salen de mis ojos y de los suyos, como si intentara decirme algo, pero no pudiera. La noche cae, nos dirigimos a una tienda abandonada transformada en refugio improvisado. Por un momento, tenemos algo de paz, pero el sueño es difícil de alcanzar. El miedo sigue acechando, a pesar del alivio de estar con mi madre.
Por la noche pienso en todo lo que viví hoy y comienzo a llorar, lamentándome por la muerte de mi mejor amiga y las demás costureras que fueron mis compañeras. Cuando parece que voy a conciliar el sueño, la luz comienza a llegar por la ventana. Mis ojos arden, como si el peso de todo lo vivido los consumiera. Intento retomar una vida normal, pero sé que no es posible. En la radio escucho la magnitud de la tragedia. El Hotel Regis, el Hospital Juárez de México y muchas construcciones se han derrumbado. Escucho historias que me llenan de tristeza y otras que me enorgullecen por ser mexicana.
Por la mañana, trabajo bajo el sol como voluntaria. Pasan las horas, pero se sienten como segundos. Me tomo un descanso y contemplo un edificio derrumbado, imaginando su historia. Pienso que días atrás familias vivían cómodamente ahí. Reflexiono sobre los cuerpos atrapados bajo la pila de desechos. De repente, un nuevo estruendo sacude la tierra, aunque menos fuerte. Revivo los hechos y me paralizo. Veo a Esperanza, un escalofrío recorre mi espalda y me congelo. Un pedazo de pared cae y me golpea en la cabeza. Mi vista se nubla y caigo al suelo. Intento levantarme, pero mi cuerpo no responde. Cierro los ojos y me quedo profundamente dormida.
Esto es lo último que recuerdo antes de despertar con mucho malestar y dolor en la sien en una sala. Estoy en el hospital. Pasan los días y cuando salgo de allí veo algo que me llena de alegría: miles de costureras protestan en la calle haciéndose llamar “Sindicato de Costureras 19 de Septiembre”. Me uno a ellas, y con cada paso, mi voz se alza, contando mi historia a los noticieros, a los periodistas, a todos los que quieren escuchar. Sin embargo, considero que mi historia no es contada lo suficiente, que el sufrimiento de tantas mujeres no tiene el eco que merece. 1,326 talleres o fábricas de la zona quedaron inactivos, entre 6,000 y 7,000 costureras fueron afectadas, la mayoría de las cuales laboraban en jornadas que rebasaban las 10 horas de trabajo y recibían, generalmente, menor salario a lo mínimo requerido. Los patrones no tenían la obligación de cuidar de sus empleadas, por lo que únicamente sacaron maquinaria y cajas fuertes. Decido que mi vida no será solo un testimonio, sino una lucha continua. A partir de ese momento, me convierto en defensora incansable de los derechos de las trabajadoras y de las mujeres, buscando construir un mundo más justo, donde sus voces ya no sean ignoradas.

