La Catrina de Tlatelolco

Primer lugar en el 14º Concurso de Cuento Histórico, convocado por el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana y la Editorial Raíces | Categoría preuniversitaria 

Sofía Gio Esteban

El pecho le pesaba de tanto sollozar; incluso a veces, sin darse cuenta, se permitía que los ojos se le nublaran por completo con las lágrimas a punto de rebosar en sus párpados, solo para distorsionar su vista de lo que parecía un campo de sangre corriendo entre el cemento y que provenía de los cadáveres regados. Estaba segura de que ya había vomitado unas dos veces y, sin embargo, lo hizo una vez más. Claro, su cuerpo estaba colapsando, se podía sentir completamente quebrada; era como si la hubieran dejado tirada en un infierno, donde los músculos le temblaban, el oído producía un sonido agónico agudo y la envolvieran en un manto sofocador de terror e impotencia. Sin mencionar el dolor físico, no estaba segura, pero podía jurar, que ese debía de ser el dolor de un balazo, aunque no recordaba haberlo recibido.

Alma se arrastró con dificultad hacia unas escaleras de piedra de la Plaza de las Tres Culturas, un lugar que antes representaba un lugar seguro para ella y que ahora se había convertido en lo que parecía un cementerio fresco. Se enderezó como pudo y se sentó en el escalón para abrazar sus rodillas y esconder la mirada entre ellas; necesitaba estar apartada de los cuerpos que aún estaban tibios y sin vida, bañados de injusticia y sangre. Repasaba en su cabeza el principio de esa mañana de octubre, y como nunca, ninguno de ellos, había previsto este fin, pero lo que más atormentaba su cabeza en esos momentos eran sus nombres: Elsa, Guille, Frida, Mariana, Paco… Los nombres de sus compañeros, con los que había estado tan solo hace unos minutos, sonriéndose entre ellos, y ahora no tenía idea de dónde estaban.

Alma sabía que no era seguro mostrarse con vida, que los del guante blanco o algún soldado podrían seguir por ahí, buscando sobrevivientes como ella. Pero realmente no se enfocaba mucho en eso. Lo que Alma quería hacer era ponerse de pie a gritar aquellos nombres, los de sus compañeros, gritar a todo pulmón por qué las cosas no debían ser así.

Y entonces, la percibió llegar mucho antes de que se le acercara. Sí, era tan bella como se la habían descrito alguna vez, con un vestido de lo más elegante, su sombrero tan llamativo y adornado, pero su rostro, el rostro de calaca era definitivamente algo que sus lágrimas no podían nublar, aunque quisieran, con los colores tan preciosos adornando sus pómulos, algunos pétalos pintados en su barbilla y en el centro de su frente. Se movía con gracia entre el mar de cuerpos, como una reina que camina entre su jardín de rosas. Fue hasta que se sentó a su lado que Alma se dio cuenta que había dejado de sollozar.

—Buenas tardes, Alma —dijo la mujer con una voz dulce que le hizo sentir calma. La piel se le enchinó al recuerdo de la voz de su madre al darle los buenos días antes de que se fuera a la facultad.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó de inmediato. La mujer bajó la mirada escondiendo el rostro bajo el gran sombrero, pero le pareció reconocer una sonrisa.

—Rafaela está perfectamente —contestó la mujer levantando la vista de nuevo. Alma no se podía encontrar con sus pupilas porque no las había, pero podía sentir que la miraba a los ojos—. No voy a mentirte, está pensando en ti y, como buena madre, no está nada tranquila porque no estás a su lado.

Alma regresó la vista al caos. Sus dientes comenzaron a temblar y cerró los ojos con fuerza, sintiendo por una parte paz porque su madre estaba bien, y por otra; desesperación porque quería estar con ella.

—No quiero estar aquí, por favor —dijo Alma cortantemente y en balbuceo mientras volvía a llorar.

Se quedaron en silencio un momento hasta que Alma se calmó un poco. La calaca observaba pacientemente los cuerpos de las víctimas.

—Ya pronto nos vamos, Alma. Ya tranquilízate.

Alma lo hizo, la calaca prosiguió:

—Ustedes jóvenes, la luz que insisten en seguir extinguiendo —soltó una risa encantadora negando con la cabeza.

—No te rías —advirtió Alma muy seriamente.

La calaca acarició la mejilla de Alma y a través de aquel toque, le otorgó imágenes que podía ver claramente en su cabeza. En la primera escena se vio a ella misma con Guille y con Mariana haciendo unos carteles para la marcha del silencio, discutiendo sobre la situación en la que estaba México con las Olimpiadas a la vuelta. En otra se veía llegando a casa, ayudando a su madre a poner la mesa para la hora de la comida. Alma siempre se pareció más a su madre: ambas morenas, de ojos marrones y les encantaba usar faldas largas. En una más, discutiendo con sus profesores sobre la situación y sobre cómo no debían de permanecer callados. Y, por último, otra en la que se veía con su hermana mayor, Elena, quien le daba la noticia de que estaba embarazada y que el bebé debía de nacer para noviembre.

Escuchó la gentil voz de la calaca:

—Todos ellos van a estar bien, Almita. No te van a olvidar, nadie te va a olvidar.

Una breve imagen le hizo sentir más calor, más paz, como si de pronto pudiera volver a respirar correctamente. La imagen se plantaba en lo que parecía un futuro próximo. De noche, ahí en Tlatelolco, una multitud destrozada, madres, padres, amigos, con veladoras en sus nombres. Era como si aquellas llamas las sintiera arder en su corazón; le recordaban el sentimiento de coraje, de sacrificio, de valor, y las ganas que le habían hecho involucrarse en todo ese movimiento. Y no se arrepintió, Alma era una flama, como todos sus compañeros y cualquiera que estuvo ahí. Eran un fuego violento, un fuego revolucionario, un fuego que intimidaba al poder. Y aunque tuvieron que extinguir sus vidas para apagar ese fuego, esas veladoras que cargaban en su memoria, era como revivir ese fuego que representaban y llevaban consigo al estar vivos.

—Mi madre… por favor, ¿me promete que mi familia está bien? Por favor, solo repítamelo.

—Te lo prometo. Sí, estarán completamente rotos de corazón, pero todos están vivos y estarán bien en lo que cabe.

Alma gimió de dolor.

—Me duele —dijo con el ceño fruncido—. Mucho…

Entre el agonizante sonido que penetraba sus oídos, podía distinguir unos pasos que se acercaban. Y lo supo: ya casi era hora. Su vista la engañaba y todo parecía darle vueltas. Todo era demasiado abrumador.

—Ya me quiero ir —dijo.

—Alma, ¿recuerdas que cuando eras niña, te gustaba jugar a policías y ladrones con tus primos? —preguntó la calaca.

Asintió con la cabeza.

—¿Y que siempre te daba mucho miedo que te encontraran y tu hermana Elena te decía que fueras fuerte?

Asintió con la cabeza de nuevo apenas sonriendo.

—Bueno, ahora necesito que seas fuerte, muy fuerte —la voz era una mezcla entre la voz joven de Elena y la suave de la calaca.

Esto era lo que le faltaba, ser consolada por la muerte.

—¿No vas a dejarme sola, verdad? —preguntó Alma, como le solía preguntar a su hermana en ese entonces, cuando le decía que fuera fuerte.

—No me iré a ningún lado.

Los pasos se acercaban cada vez más.

—¿Y luego me prometes que ya vamos a dormir? —preguntó de nuevo como el eco de su niñez.

La calaca asintió de lo más tranquila.

—Y nos vamos a dormir, Almita.

—Está bien.

La visión de Alma se hizo un poco más clara solo para enfocarse en un soldado que le apuntaba con un arma.

—México me mató —susurró.

—No, moriste por México —le contestó la calaca.

Un pensamiento cruzó por la mente de Alma: «¡Que viva México!». Y jamás había sentido esas palabras con tanto deseo como en el momento que el soldado le disparó en el pecho y la calaca se la llevó de la mano.