LA ÚLTIMA ESPERANZA

Primer lugar en la categoría preuniversitaria del 13º Concurso de Cuento Histórico, convocado por el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana y Editorial Raíces.

Pilar Sáenz

Era viernes 2 de octubre de 1968, una fecha significativa para la historia de este país, pero para mí fue el último día en que vería a mi hijo, Antonio Vega.

Antonio, o como yo le decía, Toño, nació el 16 de marzo de 1947, pesando un kilo ochocientos gramos. Siendo una mamá soltera, me fue muy difícil pero no imposible darle a mi hijo una infancia que pudiera recordar con una sonrisa, muy a pesar de que tenía que trabajar para mantenernos y no pasaba mucho tiempo con él.

Toño fue un niño que siempre llevó un buen desempeño académico y tenía ganas de sacar una carrera y ser alguien en la vida. Se educó con un carácter fuerte y decisivo, ya que él tenía que tomar el papel del hombre en la casa. Cuando empezó a padecer la faceta de adolescente, fue muy protector conmigo y tomó una actitud responsable; a pesar de nuestros problemas económicos, nunca dejó los estudios. Ingresó al Instituto Politécnico Nacional, a la carrera de Ingeniería Mecánica, en 1966; antes fue uno de los alumnos con mejor desempeño de su bachillerato.

Llevábamos una vida tranquila, con nuestros problemas del día a día pero felices, hasta que un movimiento estudiantil empezó a formar marchas y huelgas en contra del gobierno, que en ese sexenio lo encabezaba Gustavo Díaz Ordaz.

Al principio Toño se mostraba tranquilo ante la situación, aunque su universidad era una de las principales instituciones que apoyaban estas manifestaciones. Entonces varias personas comenzaron a influenciarlo y convencerlo para que se uniera a ellos. Aunque jamás hablamos muy a fondo del tema, yo tenía la confianza de que no se metería en esos grupos de manifestantes.

La mañana del viernes 2 de octubre mi hijo se marchó de casa hacia la universidad, pero yo tenía un nudo en la garganta y mi estómago revuelto, con la sensación de que algo malo le iba a pasar. Aun así le di la bendición como siempre y le dije que lo esperaba para comer. Y así fue: llegó a la 1:45 a la casa con un apetito que ya no me extrañaba en lo absoluto.

Nosotros vivíamos en la calle Benito Juárez, muy cerca de la plaza de las Tres Culturas, donde ocurriría la tragedia que cambió mi vida. Cuando acabamos de comer el arroz blanco que tanto nos gustaba, un compañero de Toño llamado Roberto tocó a nuestra puerta y amablemente lo recibí. Llegó preguntando por mi hijo para invitarlo a una “reunión” con sus compañeros de clase, y como no me extrañó, le dije que tenía mi permiso de ir siempre y cuando regresara para cenar.

Yo, como todos los días, me acomodé en el sillón que había pertenecido a mi familia por cincuenta años y muy placenteramente comencé a leer el periódico El Sol de México. Como siempre, hablaban de política, de acuerdos internacionales... de cosas que sencillamente se me hacían poco interesantes, ya que siempre era el mismo dilema para todo. Yo, como típica mujer, me enfocaba en la sección de horóscopos, de novelas y juegos como sudoku, crucigramas, etcétera.
 

Aquí tienes el texto transcrito con la debida puntuación y organización en párrafos:

Era viernes 2 de octubre de 1968, una fecha significativa para la historia de este país, pero para mí fue el último día en que vería a mi hijo, Antonio Vega.

Antonio, o como yo le decía, Toño, nació el 16 de marzo de 1947, pesando un kilo ochocientos gramos. Siendo una mamá soltera, me fue muy difícil pero no imposible darle a mi hijo una infancia que pudiera recordar con una sonrisa, muy a pesar de que tenía que trabajar para mantenernos y no pasaba mucho tiempo con él.

Toño fue un niño que siempre llevó un buen desempeño académico y tenía ganas de sacar una carrera y ser alguien en la vida. Se educó con un carácter fuerte y decisivo, ya que él tenía que tomar el papel del hombre en la casa. Cuando empezó a padecer la faceta de adolescente, fue muy protector conmigo y tomó una actitud responsable; a pesar de nuestros problemas económicos, nunca dejó los estudios. Ingresó al Instituto Politécnico Nacional, a la carrera de Ingeniería Mecánica, en 1966; antes fue uno de los alumnos con mejor desempeño de su bachillerato.

Llevábamos una vida tranquila, con nuestros problemas del día a día pero felices, hasta que un movimiento estudiantil empezó a formar marchas y huelgas en contra del gobierno, que en ese sexenio lo encabezaba Gustavo Díaz Ordaz.

Al principio Toño se mostraba tranquilo ante la situación, aunque su universidad era una de las principales instituciones que apoyaban estas manifestaciones. Entonces varias personas comenzaron a influenciarlo y convencerlo para que se uniera a ellos. Aunque jamás hablamos muy a fondo del tema, yo tenía la confianza de que no se metería en esos grupos de manifestantes.

La mañana del viernes 2 de octubre mi hijo se marchó de casa hacia la universidad, pero yo tenía un nudo en la garganta y mi estómago revuelto, con la sensación de que algo malo le iba a pasar. Aun así le di la bendición como siempre y le dije que lo esperaba para comer. Y así fue: llegó a la 1:45 a la casa con un apetito que ya no me extrañaba en lo absoluto.

Nosotros vivíamos en la calle Benito Juárez, muy cerca de la plaza de las Tres Culturas, donde ocurriría la tragedia que cambió mi vida. Cuando acabamos de comer el arroz blanco que tanto nos gustaba, un compañero de Toño llamado Roberto tocó a nuestra puerta y amablemente lo recibí. Llegó preguntando por mi hijo para invitarlo a una “reunión” con sus compañeros de clase, y como no me extrañó, le dije que tenía mi permiso de ir siempre y cuando regresara para cenar.

Yo, como todos los días, me acomodé en el sillón que había pertenecido a mi familia por cincuenta años y muy placenteramente comencé a leer el periódico El Sol de México. Como siempre, hablaban de política, de acuerdos internacionales... de cosas que sencillamente se me hacían poco interesantes, ya que siempre era el mismo dilema para todo. Yo, como típica mujer, me enfocaba en la sección de horóscopos, de novelas y juegos como sudoku, crucigramas,etcétera.

La novela que me tocó leer ese día yo creo que fue la mejor de la historia en ese periódico: trataba acerca de un millonario que se enamoraba de la señorita de la limpieza, quien al final resultó ser la peor villana de todos los tiempos. Cuando llegué a la parte en la que el millonario se le declaraba a la humilde señorita, se oyeron a lo lejos gritos y disparos. Eran las 5:30 de la tarde.

Salí a la calle para averiguar qué estaba pasando y sólo vi a las personas asomadas por sus ventanas o gente parada con sus carros a mitad de la avenida, como si tuvieran miedo de seguir adelante y llegar a sus destinos. No me atrevía a preguntar qué es lo que estaba pasando, ya que todos mis vecinos tenían la misma duda que yo; así que decidí meterme a mi casa y prender la radio para informarme acerca de lo que estaba sucediendo.

En cuanto lo encendí comenzó a oírse la voz de un locutor llamado Joaquín Pereda, más conocido por su programa de radio La Mañana Alegre. Se escuchaba nervioso y consternado mientras relataba lo sucedido en esos momentos en la plaza de las Tres Culturas. No estaba entendiendo muy bien qué es lo que estaba pasando, sólo que gente armada del ejército estaba atentando en contra de estudiantes y otras personas que sólo estaban apoyando a los oradores del Consejo de Huelga que se había formado en contra del gobierno exigiendo más derechos y privilegios para ellos. Diez mil personas se congregaron ese día y lo único que deseaba en ese momento era que mi hijo no se encontrara entre ellas.

Una hora después de enterarme lo que realmente estaba pasando y de pensar que mi hijo podría estar ahí, me decidí a salir y buscarlo. Sin importar lo que pasara, yo tenía que saber que mi hijo estaba bien. Caminé siete cuadras hacia el este,hasta llegar a la plaza de las Tres Culturas. En el transcurso hacia ésta la gente corría en dirección contraria y me gritaban que no fuera hacia donde me dirigía. A pesar de eso decidí continuar.

Al llegar, mi cara se puso pálida, me paré en seco y caí de rodillas al ver la masacre de personas, niños, mujeres y ancianos tirados en la explanada, muertos o a punto de morir; francotiradores en las azoteas de los edificios, periodistas grabando y relatando lo sucedido... Era impresionante ver cómo es que la gente fue capaz de quitar tantas vidas y derramar tanto sufrimiento.

Después de presenciar ese escenario, un señor que al parecer era del ejército me levantó del suelo y me llevó a un lugar alejado de la explanada. Me asusté al imaginar que me iba a disparar, pero unos minutos después me percaté de que me estaba rescatando de ser una más de las víctimas que acababa de ver. Me llevó agua y comida para que me tranquilizara,pero en ese momento sólo quería saber si mi hijo estaba bien.

Después de más o menos media hora me preguntó dónde vivía y si le permitía que me escoltara hasta mi hogar. No le contesté, tenía miedo de que me hiciera daño y todo fuera una trampa. Se quedó conmigo todo el tiempo que estuvimos ahí, así que me decidí a contarle la razón por la cual me encontró en la plaza.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunté con mi voz temblorosa. —Me llamo Julián Delgado, trabajo en las fuerzas militares.—¡Entonces tú fuiste quien comenzó toda esta masacre! ¡Tú fuiste quien desapareció a mi hijo! —le grité desesperada.

—¿Su hijo? No, señora. Yo fui el primero en oponerme a este acto; yo no disparé ni una sola bala. Y no sé quién es su hijo, pero con toda mi disposición la ayudaré a encontrarlo.

Me quedé sin palabras al oír que esta persona sería capaz de ocupar su tiempo y jugarse su puesto de trabajo para ayudarme a mí, una pobre señora que no tenía cómo pagarle.

—Ahora dígame usted, ¿cuál es su nombre? —me preguntó con una voz que inspiraba confianza.

—Me llamo Gloria Vega y mi hijo es Antonio Vega. Estudia en el Instituto Politécnico Nacional. Él no debería de haber estado aquí señor, él no se prestaba para estas cosas que sólo traen tragedia —le respondí, con lágrimas en los ojos.

—Señora, tranquila, haremos hasta lo imposible para saber dónde está y si se encuentra bien. Confíe —me dijo.

Por alguna extraña razón las palabras de Julián me brindaron tranquilidad y una seguridad de que íbamos a encontrar a mi hijo Antonio. Así que le indiqué el camino a mi casa y cuando llegamos le ofrecí algo de la cena que había preparado para mi hijo antes de que todo esto sucediera. Aceptó humildemente y nos sentamos a cenar.

Comenzó un silencio muy incómodo donde sólo sonaban los cubiertos chocando contra el plato y los sorbos al agua de limón que había preparado. Y aunque Julián me había tranquilizado un poco, aún sentía la necesidad de salir corriendo y buscar a mi hijo como pudiera, pero sabía que no podría lograr mucho sin la ayuda de él, así que decidí volver a depositarle mi confianza.

Eran las 10:39 de la noche cuando Julián comenzó a hacer algunas llamadas por su teléfono. Yo desconocía ese nuevo medio de comunicación, ya que por la situación económica no gozábamos de lujos como ése. Julián me indicó que me fuera a acostar mientras él investigaba si el nombre de Antonio Vega aparecía entre los heridos o fallecidos.

Esa última palabra me hizo soltar las lágrimas y no logré conciliar el sueño hasta las 12:08. Esa noche mis sueños y pensamientos se centraban en mi hijo, en que lo vería entrando por la puerta de la casa con esa sonrisa que siempre me traía alegría y sus abrazos que me completaban. Era lo único que deseaba presenciar.

Me levanté de mi sueño o pesadilla a las 8:21 am, esperando encontrar toda la casa tirada, la cocina vacía y obviamente sin la presencia del señor Julián. Pero fue todo lo contrario: estaba la mesa puesta con unos huevos revueltos con jamón y un jugo de naranja servido en una jarra que hacía años que no la sacaba del fondo de uno de los compartimentos de mi cocina.

—Buenos días, Gloria, espero no le moleste mi atrevimiento —me dijo enseguida que se percató que estaba parada frente a la mesa.

—Buenos días, señor, ¿ha habido noticias de Antonio? —pregunté mientras me sentaba.

—Anoche estuve contactando a unas personas que trabajan en las instituciones públicas y en el único lugar donde me pudieron ser de utilidad fue en la morgue. Su hijo no está reportado como fallecido.

Al oír esas palabras mi alma regresó al cuerpo, aunque no del todo. Antonio podría estar tirado, desangrándose, o caminando en un lugar desconocido sin comida. Todavía no estaba tan tranquila como para poder dormir en paz. Julián me indicó que lo único que estaba en nuestras manos era salir a buscarlo a hospitales, a delegaciones de policías o al campo militar, que es donde llevaban normalmente a jóvenes de esos grupos manifestantes que querían reclutar.

Partimos de mi casa rumbo a la Cruz Roja de Acatitlán, que era la más cercana al lugar de los hechos. A mi parecer había dos mil personas haciendo fila para observar las listas de los recién ingresados al hospital. Pasaban camillas con heridos de un lado a otro; señoras hablando en los teléfonos públicos, desesperadas; padres de familia que salían de las filas después de ver las listas, con el alma en el suelo. Era un circo de lamentaciones la sala de espera.

Julián y yo estábamos aterrorizados al ver tanto sufrimiento, tanta angustia en un solo lugar, en un mismo momento.Hicimos la fila que podría medir unos dieciséis metros de largo, hasta que una enfermera nos dirigió hacia otro lugar del mostrador donde al parecer colocarían otras listas. Parecía que la suerte estaba de nuestro lado. Comenzamos a buscar entre los varones y los fallecidos. No estaba, afortunadamente o desgraciadamente, no estaba el nombre de Antonio Vega.

Julián y yo tomamos rumbo a otros dos hospitales, el Hospital Central Militar y la Cruz Verde; y nada, ni rastro del nombre de mi hijo en esos registros. Para esto nos habían dado las 4:45 de la tarde, y desde el huevo con jamón de la mañana, no habíamos probado bocado o dado un trago de agua. No teníamos cabeza para otra cosa que no fuera saber de mi hijo.

Nos paramos a comer en una fonda llamada Antojitos Doña Tere. Parecía un lugar común y corriente. Al entrar no había ni una sola persona, ni siquiera la señora que cocinaba. Parecía que la gente tenía miedo de salir. Nos sentamos en una mesa cerca de la cocina y esperamos a que alguien se acercara a atendernos. Pasaron diez minutos hasta que una señora se acercó a preguntarnos qué queríamos comer. Yo pedí una torta de jamón y Julián dos quesadillas de chilorio. Las comimos como si fueran los últimos alimentos del planeta, debido al hambre que nos perseguía desde mediodía.

Cuando acabamos de comer nos dirigimos a la delegación San Simón, donde llevaban a todos los presos de la ciudad. Al llegar al lugar un médico militar –se llamaba Gerardo Jiménez– nos indicó dónde podíamos ubicar las listas para buscar a Toño. Pero a pesar de su ayuda, no pudimos lograr nada. Mi hijo seguía desaparecido.

Ya no se nos ocurría ningún lugar dónde buscar y lo único que podíamos hacer era esperar noticias del Dr. Gerardo Jiménez, quien muy amablemente, al ver lo desesperada que estaba por encontrar a Antonio, nos ofreció su ayuda para saber acerca del paradero de mi hijo.

El día había acabado pero mi esperanza seguía en pie. La mañana siguiente me levanté muy temprano para asistir a misa a la parroquia de San Cristóbal. Recé mucho y le rogué a Dios para que pudiera ver sano y salvo a mi niño. Cuando regresé a mi casa ya me esperaban Julián y el doctor. Me informaron que recibieron noticias de que habían encontrado seis cuerpos de jóvenes y que tenía que ir a reconocer si alguno era mío. Lo único que pude asimilar en ese momento fue que mi vida se había acabado si alguno de esos jóvenes era mi hijo.

Con mucha tristeza partimos hacia la morgue, donde habíamos estado el día anterior. Al llegar me quedé paralizada al ver a cuántas personas les habían quitado su vida en esa masacre. Nos recibió el forense Héctor Moreno; nos indicó el cuarto en el que teníamos que entrar para reconocer los cuerpos... Afortunadamente ninguno era Antonio y eso quería decir que tenía una última esperanza.

Saliendo de ese frío cuarto, los tres, junto con Héctor, entramos a una oficina en donde se encontraban unas listas de las personas que tuvieron suerte y lograron escapar del lugar de los hechos y buscaron refugio con otras familias. El doctor y Julián supusieron que el nombre de mi hijo se encontraba entre esos papeles. Nos pasamos casi toda la tarde buscándolo entre las montañas de hojas que se encontraban en esa oficina, hasta que por fin pudimos obtener respuesta: “Antonio Vega. Refugiado en la casa de los Vázquez Mondragón. Av. Paseo de las Aves #223”.

De inmediato tomé un taxi y me dirigí hacia la dirección que se me había proporcionado. Al llegar una señora me abrió.

—Buenas tardes, ¿qué se le ofrece? —me dijo.

—Buenas tardes, busco a Antonio Vega. Soy su madre y me dijeron que aquí se estaba escondiendo —respondí con voz temblorosa.

—Disculpe señora, pero... su hijo Antonio recibió dos impactos de bala en el estómago y falleció hoy en la mañana. No sabe cuánto lo siento.

Había muerto. Ya no volvería a ver a mi hijo. No pude cuidarlo más tiempo, ni verlo salir de su carrera orgulloso de sí mismo. No volvería a ver esa sonrisa que lo caracterizaba, tan alegre. Lo único que me queda es llorarlo en paz y buscar consuelo conmigo misma.

Mi historia es una de las tantas que sucedieron ese 2 de octubre de 1968, cuando le quitaron la vida a miles de jóvenes y le robaron el alma a miles de madres como yo.