Fue un gran caballero y excelente mozo, sin embargo ¿por qué con su muerte no me transmitió su económico cariño? Qué lástima que fue un gran jurista poco solidario de las necesidades ajenas. Reyes sólo me legó un sobre con dos cartas autógrafas de mi padre y dos notas de periódico. Menuda herencia. No encontró otra mejor mofa a mi pasión lectora y a mi empeñada biblioteca personal.
Sr. D. Rodolfo Reyes
Ciudad
Estimado y distinguido amigo:
Con inmensa alegría recibí la noticia de su última carta pero aquí estoy bien, muchas gracias. Don Porfirio también me invitó alguna vez, pero a pesar de la gran estima que siempre le tuve, decliné. Pronto planeo retirarme a Colombres; no por hoy y tampoco sé cuándo. Desde mozo hasta ahora, el residir aquí me ha ocasionado una vida azarosa de altibajos. México me dio mucho pero me quitó más de la cuenta así que, aunque mancebo ya no soy, aquí me quedo hasta que estemos tablas.
Su preocupación está infundada y le agradezco después de tantos años que aún me tenga presente. Usted, al igual que don Bernardo, jamás olvida el honor ni la lealtad y eso, a pesar del tiempo, es la riqueza más preciada que Carranza no podrá quitarme. Así que, si su lealtad tengo, os ruego que por siempre conserve silencio de las empresas por las cuales usted y su padre me conocieron y que esa sea su única preocupación por un viejo como yo. Respecto de mi bienestar, desafánese pues aunque los años pesen, astucia me sobra.
Reciba un cordial abrazo de su antiguo compañero de batalla y siempre amigo,
Íñigo Noriega Lasso
El Imparcial. Diario independiente
Núm. 6881, México, D.F. - Domingo 2 de febrero de 1913
“¿Fue acaso un relámpago de locura el que armó la fratricida mano de Noriega?”
La noche del viernes, en la casa núm. 22 de la calle de Revillagigedo, don Íñigo Noriega Lasso visitaba a María Rivera. Desde hace quince años el Sr. Lasso es fiel a su visita nocturna: es su amante. La visita de este caballero se convirtió en un misterio trágico irresuelto que sólo la vida juzgará. Mientras el Sr. D. Íñigo Noriega se divertía, en su residencia de la Academia núm. 12 sucedía el más tremendo escándalo. La señorita Teresa Ruiz, prima de los hermanos Noriega, estaba de visita y se hospedaba en la casa. Ella tenía planeado salir por la noche con Eulalia –la hija de Íñigo Noriega– después de merendar.
Teresa estaba en la planta baja y, repentinamente, escuchó dos disparos que provenían de la planta alta de la casa. De inmediato corrió hacia la tercera planta para saber qué había sucedido; a la mitad de la escalera, mientras subía, escuchó otras dos detonaciones. Teresa se dirigió a la habitación de Ignacio –el hijo de Íñigo–, de donde provenían algunos de los disparos accidentales. Al entrar observó dos cadáveres. El cadáver de Eulalia yacía sobre la cama, recostado sobre dos almohadones con las piernas colgando hacia el lado derecho del lecho; mientras que el cadáver de Ignacio tenía la cabeza boca arriba sobre las rodillas de Eulalia y su brazo izquierdo rodeándola por debajo del busto. Eulalia tenía quemada la ropa que le cubría el pecho y mostraba evidencia del roce de una bala en la mejilla.
Los oficiales de investigación detallaron que los rostros de los cadáveres mostraban una expresión de angustia. Teresa narró que Eulalia, a pesar de la violenta escena, aún respiraba lento y movía la cabeza: agonizaba. Por ello, corrió por la casa pidiendo auxilio. En otra sección de la casa, Manuel Cándano –empleado de don Íñigo– escuchó los gritos y acudió a la alcoba del tercer piso, donde sólo pudo presenciar la misma escena que aterrorizó a Teresa y el último movimiento de Eulalia.
Horas después de los disparos, el médico de la familia Noriega, Agustín Reza, acudió a auxiliar al par de hermanos. Al mirar los cadáveres y examinar las heridas, el médico murmuró: “Aquí el médico no tiene ya nada que hacer, la que tiene que hacer es la policía”. A las 8:30 p.m., Manuel Cándano partió en un auto con chofer rumbo a la Inspección General de Policía, donde dio aviso al mayor Emiliano López Figueroa, quien ordenó no tocar la escena del crimen y acudió a la casa a tomar declaraciones.
La policía procedió a la revisión minuciosa de los cadáveres. Ambos tenían dos impactos de bala. Eulalia tenía uno en el pecho y otro en la cabeza. Una bala entró por su seno derecho y le atravesó el cuerpo al salir por la espalda; la otra entró por el pómulo izquierdo y salió por la nuca. Similarmente, Ignacio tenía un disparo en la cabeza y otro en el pecho. Una bala entró por la sien derecha y salió por el cráneo; la otra entró por la tetilla izquierda, atravesó el corazón y salió por la espalda.
En la escena del crimen fueron encontrados dos objetos: un librito de apuntes lleno de notas inteligibles (“Decir a Lupe que no me ha escrito, quien sabe por qué…”, “Escribir al Inspector General de Policía que...”) y un reloj detenido a las 20:02 p.m. por la sangre coagulada. Tales objetos fueron los que la pareja suicida y fratricida tenía en sus ropas, además de media cerveza en el buró de la cama.
Según relatan los enterados, el hijo del millonario Noriega repetía frecuentemente: “No me quieren; a mí no me quieren en esta casa; sólo mi hermana Eulalia me quiere”. Ignacio, además de tener una vida plagada de rumores, veintisiete años y una pistola Browning 85-443 calibre 32, poseía un boleto para partir el día anterior al crimen rumbo a Europa. El fratricida hipocondriaco sufría delirios de persecución debido a su desenfrenado estilo de vida. En cambio, Eulalia Noriega (virgen, delgada, soltera y con diecisiete años de edad) se instruyó durante tres años en un colegio católico de Londres hasta que su hermano Ignacio fue por ella. Sólo vivió seis meses en la residencia de la Academia. Ella, a pesar de la desaprobación y celos de su hermano, mantuvo intercambio epistolar con un empleado de su padre de la hacienda de Xico: Manuel Rodríguez.
En la lujosa residencia, el Sr. Lic. Jesús Rojas, Juez 3° de Instrucción, consignó a las diez de la mañana el acta levantada en la oficina de la Segunda Demarcación de Policía. Francisco Flores Verdad, después de permanecer tres horas en la casa, consideró innecesario realizar la autopsia a los cadáveres, y espetó su autorización para el sepelio hasta una hora después del mediodía. Sólo Ignacio y Eulalia sabrán el móvil de tal drama, mientras tanto, las instituciones carecen de certezas.
El País. Diario Católico
Año XV, Núm. 4171, Méjico - Sábado 1 de febrero de 1913
“Los hermanos Noriega no tenían que avergonzarse de nada, muy al contrario, su conducta domiciliaria era intachable”
Las injurias atormentan a la capital mexicana. Se ignoran las causas que determinaron a Ignacio de matar a su hermana. Las puertas informativas estuvieron cerradas para nuestros reporteros la noche de la tragedia. A costa de muchos trabajos pudimos informar que perecieron dos hijos del acaudalado español. Los rumores sugieren que usaron un veneno activo para suicidarse, pero la indagación del reportero confirma que perdieron la existencia con un arma de fuego.
El padre de los suicidas dispuso el santo sepulcro para las tres de la tarde. Una maleta rotulada con el mote “Para mi hermano Manolo” y una nota escrita con su puño que decía legar sus armas de Río Frío a los criados, prueba que la desgracia fue premeditada. Aunque el hijo de Íñigo padecía una enfermedad del cerebro, se ignoran los móviles del drama. Algunos periódicos hacen insinuaciones vergonzosas que con toda seguridad no harán eco en las conciencias honradas. El suicida quería entrañablemente a sus hermanos. Con la señorita Eulalia sólo tuvo atenciones y ternura filial para con ella. No fueron esos los móviles, estamos seguros de ello. Ninguna investigación policial ha confirmado la injuria, contrario a lo que supone ese periódico sensacionalista.
Sr. D. Rodolfo Reyes
Ciudad
Querido y leal Rodolfo:
De gusto me enciendo al saber que te encuentras tan lejos de aquí, pero con tremenda carrera. Antes de todo, es menester de mi parte agradeceros el tiempo que os tomáis en mantener una amistad que para vosotros no debe ser más que un desgaste de tiempo. Sé de tus múltiples ocupaciones civiles y políticas, por lo cual esta es mi última carta, pues aunque digas que no es así, no deseo irrumpir más en tus quehaceres.
Respecto de mi persona, mi salud y mi ánimo están en desacuerdo. Mi ánimo tan vigoroso como siempre y mi salud tan decadente como nunca, pero hasta donde pueda que por tu padre conste, que seguiré de pie hasta que Dios me lo permita. Aquí la vida sigue, entre los amigos del grupo, la política, los cafés, las misas y las mulas arrieras. Lamento mucho su partida, pues usted le serviría de mucho a estas tierras. Si mi afán fuera aburrirlo, le podría seguir escribiendo de mis días de senectud, pero no es el objetivo.
Mi intención es doble: agradecerle su discreción y celebrar la idea que tenéis de escribir vuestras memorias. La vida mía se alegró al leer vuestra pretensión de narrar lo que, le aseguro, poco importante no ha sido. ¿Aún recuerda lo que significa batirse en batalla contra el mal gobierno? Apostar la vida por una empresa incierta es la más noble de las causas, por eso respeto en demasía a vuestro padre. Él no era como esos funcionarios que confunden el dinero con la justicia. Hipócritas. Él defendió la causa con su vida y la fortuna le cobró alto; sin embargo, ahora tu puño le hará justicia a él y a la historia.
El negocio, que con tanto esmero planeamos Félix, vuestro padre y yo, se volvió una empresa fallida. Hoy, además de presenciar al país controlado por esos barbajanes, me atormenta la pérdida de vuestro padre y el incumplimiento de la promesa a don Porfirio. Quizá si el 5 de febrero hubiésemos seguido lo planeado, Félix, Bernardo, vosotros y yo estuviésemos viviendo en un México próspero y a esta masacre no la hubiesen nombrado como una “tragedia”. Maldigo a Madero por arruinar la empresa. Pero lo que jamás podré soportar es cómo ese desgraciado mancilló el nombre de mis hijos. Me cuesta atribuirle a ese espiritista una estrategia tan inteligente. Me niego a eso. ¿Habrá sido alguien más? ¿Quién nos traicionó? Sospechas existen.
Nuestra falta de comunicación no fue una casualidad. Tampoco que de repente mis hijos sean un escándalo nacional y que los diarios estuviesen siguiendo cada uno de mis respiros. El muy desgraciado ganó cuatro ventajosos días. Justo en ese momento, desde que nos vimos obligados a cambiar la fecha, también debimos cambiar la estrategia. Ese fue nuestro error, amigo. ¿Por qué nos apresuramos? La premura trajo la madrugada y la mañana se llevó cientos de vidas.
Termino mis palabras advirtiendo que mis esfuerzos por ser breve fracasaron. Lo lamento. Considérelo una muestra de la gran estima que le tengo. Un último favor, querido amigo: en la escritura de vuestras memorias no relate la ayuda económica que presté, pues el servicio por la patria y el altruismo no es decoroso presumirlo. Honor a quien honor merece, y quien no se batió en combate no merece el lugar de la escritura. Si algún día llega tal honor, que sea la historia quien lo recomiende. Por este motivo, y no por otro, le pido que conserve la versión de la historia construida por la prensa, pues bastante dinero nos costó, sólo así no profano el honroso nombre de D. Porfirio, y el mío, para compensar que nuestro gran presidente no tuvo una batalla perdida.
Saludos a todos los amigos que usted sabe. Lo quiere muy de veras,
Íñigo Noriega Lasso
Finalmente, si algo más me legó el apellido familiar es que todos tenemos un precio. De manera que, mi estudiado anticuario, ¿cuánto me ofrece por los arcanos de mi familia?

