Con una causa inmortal

Eduardo Verduzco Ferrara

Una vez más, la miseria ha tocado a la puerta. Postrado en el lecho de su celda, Francisco Vizcarra daría una vuelta completa para marcar en el muro lo que en términos muy infelices se entendería como un día más, o un día menos para la esperanza sepultada.

Esa sangre reseca en la piedra es mía y ese desdichado hombre soy yo. Mil ochocientos treinta días aquí y eran mis dedos carcomidos los que se empeñaban en rasgar una nueva marca. El dolor ya era algo cotidiano.

Yo siempre he sido un hombre de espíritu aventurero, por más irónico que suene afirmando esto desde una mazmorra en Lecumberri. Pero así como todos los camaradas, tengo mi historia y un par de arrepentimientos colgándome del cuello.

Me apasiona escribir. Desafortunadamente nací en una época donde escribir era mal visto por el gobierno opresivo del país. Mis raíces están bien asentadas en Oaxaca y, contrario a nuestro señor presidente don Porfirio, a mí nunca me ha avergonzado decirlo. Mudé mi estancia a la Ciudad de México para poder ingresar en la Escuela Nacional Preparatoria. Teniendo diecisiete años y unos deseos inmensos de devorar el mundo como toda la juventud, comencé a desarrollar ideas rebeldes junto a toda mi generación.

Recién iniciada la primavera de 1892 se podía respirar un aire tenso dentro de la capital. Venía la segunda reelección y toda una comitiva de jóvenes con ideales radicalmente distintos al sistema decidió reunirse frente al Panteón de San Fernando para protestar y oponerse a la barbarie que estaba ocurriendo en los pasillos de nuestro gobierno “meramente demócrata”. Como buen estudiante indómito me uní a las susodichas causas. Todavía no descubro si lo hice por loco o por partidario, pero la candidez predomina en muchos de nosotros. Y así fue como, frente al famoso panteón capitalino, conocí a tres de los más valientes semejantes de aquellos tiempos: los hermanos Flores Magón.

—Pancho, usted tiene madera de cronista —me decía Ricardo Flores Magón, el mediano de los tres.

Tuve oportunidad de tratar con los Magón durante aproximadamente un año. Llámenme desmesurado, pero la sangre de los Flores Magón llevaba esencia, tinta periodística. Enrique, el más joven de los tres, contaba con solo dieciséis años cuando comenzó a participar en la prensa temeraria que efectuaban sus hermanos. Fue en 1893 cuando aprehendieron a los tres caudillos por participar en periódicos izquierdistas. Pero esa es otra historia.

Regresando a la narración de este pobre idealista, la mejor decisión que pude haber tomado hasta el día de hoy fue haberme mantenido apegado al periodismo revolucionario. Mantuve contacto con los Magón a lo largo de mis estudios hasta que me gradué de la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Sí, soy abogado y de inocente no tengo nada. Recuerdo todavía cuando salió a la luz la noticia de que Díaz inauguraba su nueva penitenciaría, el lugar donde me encuentro desterrado en este momento, en medio del auge de su pomposo capricho por modernizar la nación.

“Que se jodan todos. Lo único que ha hecho Porfirio Díaz ha sido prostituir a mi pobre México con el interés extranjero de por medio. La Constitución ha muerto, vaya y grítelo a su puerta Panchito. Acuérdese compadre”.

Recibí esta carta en enero de 1903, de parte de Ricardo Flores Magón, que recién había salido de prisión por actitudes y divulgaciones anarquistas. Ese mismo año, el 5 de febrero, con motivos del 46 aniversario de nuestra Constitución de 1857, Ricardo y Enrique colocaron un letrero con la leyenda “La Constitución ha muerto”. Y efectivamente, de vida ya no le quedaba nada.

Como ya lo había dicho antes, permanecer en el periódico fue la mejor decisión que he tomado y quiero agregar que al mismo tiempo fue la peor. A finales de 1903 una gran cantidad de intelectuales y cronistas fueron exiliados a los Estados Unidos, entre ellos los hermanos Flores Magón. Yo también había participado considerablemente en sublevaciones a través del periodismo para ese entonces, y mi nombre ya causaba cierto disgusto entre las autoridades. Pero a petición de mis camaradas, no crucé al otro lado del río y permanecí en la nación viviendo ahora en el poblado de Cananea, Sonora. Esta era una zona destacada en la minería y bastante apartada del centro de la Federación. No fui informado del porqué de aquel traslado, pero era evidente que algo se estaba cociendo en las mentes liberales.

En noviembre de 1904 reaparece el periódico Regeneración y junto a él, la planeación de una revuelta minera en contra de la empresa gringa que explotaba inhumanamente a los paisanos mineros, que eran más de la mitad. Fui contactado por los líderes anarquistas, quienes me encomendaron la misión de participar en la infiltración de la mina para generar el descontento entre los nuestros.

El gran día llegó el 1 de junio de 1906. Junto con miles de trabajadores en busca de algo más justo que la miseria que ganaban, marché hasta la entrada de la mina. Los primeros disparos de fusil se escucharon del interior y ahí nos dimos cuenta de que eran mineros estadounidenses los que atentaban contra nuestra vida. Entre pedradas y descargas, me abrí paso hasta las faldas de un peñasco creyendo que mi vida terminaría en cualquier momento. La carnicería se extendió un par de días. Vi arder con terrible impotencia la bandera de mi nación a manos forasteras. Me sentí un cobarde, un traidor a mis ideales por no haber hecho suficiente.

Sobreviví sin comida ni agua y escondido de la policía gringa que llegó unas horas después del levantamiento. El 3 de junio se declaró la ley marcial en Cananea, ese mismo día cayeron muchos caudillos y cabecillas revolucionarios, incluyéndome. A veces me pregunto si no hubiera sido mejor morir ahí, esa tarde y con una causa inmortal. Pero por azares del destino no fui ejecutado y decidieron tomarme preso. No fui enviado a San Juan de Ulúa como casi todos los colegas. Yo y unos diez hombres más conformamos la cuadrilla que sería enviada a la penitenciaría de Lecumberri, en el centro de la Ciudad de México. Ese fue el último día que vi y sentí la luz del sol en mi cara.

El infierno hubiese sido más cómodo. Los primeros años fueron un verdadero martirio, pues el trato con los nuevos no es precisamente flexible. Fui enviado a la crujía H. La escoria se siente desde el momento en que caminas por los pasillos que conforman la estrella central. Además, uno se percibe sumamente oprimido por los guardias que observan las veinticuatro horas desde el torreón de vigilancia. No se puede dormir tranquilo. Me tocó ser fajinero casi tres años, nombre que le dan a los aseadores de celdas, baños y demás sitios mucho más repugnantes que la propia morgue. Era tal el cansancio y represión, que había presos que perdían la conciencia en pleno acto de limpieza e inmediatamente los comandos se acercaban a despertarlos a patadas y garrotazos.

Fue duro. Pero los humanos podemos acostumbrarnos rápidamente a las miserias más grandes mientras tengamos agua y comida. Y cabe decir que a duras penas se nos brindaban esas necesidades.

Llevo alrededor de cinco años recluido. Estoy casi seguro de que estaría rondando la primera mitad de 1911. Me encuentro incomunicado y completamente aislado del México actual. Podría hasta decir que sigo viviendo en los ayeres de 1900, perdido en el afán de expresar ideas progresistas.

Un golpeteo en el pasillo despertó todo mi ensimismamiento. Estaba tan concentrado en revivir el pasado que probablemente se hayan ido un par de horas. El sonido parecía venir de la celda contigua a la mía. Según tenía entendido, estaba vacía desde hacía tiempo porque el prisionero fue enviado al Apando, la mazmorra más temida entre los reos. Corrían los rumores en las comidas que en el Apando privaban hasta al alma de la más mínima libertad. Sin agua, comida, baño ni luz.

Solía conversar con aquel criminal por medio de una abertura en el muro debido al desgaste del tiempo. Tenía entendido que era un asesino. Pero estando encerrado en Lecumberri, hasta el peor de los genocidas es bien recibido con tal de no perder el juicio por la falta de contacto humano.

Escuché la puerta de la celda vacía abrirse. Luego las voces ahogadas de lo que creí que eran guardias. Un nuevo huésped llegaba.

Esperé unos minutos a que se alejaran sus pasos. Me levanté del lecho maloliente y me acerqué al muro opuesto, donde sabía que permanecía la abertura a un lado de la llave del agua. Removí la piedra falsa y miré al vacío del otro lado. Un hombre de aspecto pueril yacía con la cabeza en las rodillas sentado contra el muro. Era más prisionero de sí mismo que de esta inmunda cárcel.

—Buenas noches —dije.

El hombre alzó la vista y se encontró con la mía. Permanecimos unos segundos que parecieron eternos sin decir nada. Finalmente, se decidió a romper el silencio.

—Ya viene Tijuana —contestó.

No comprendí la expresión.

—Porfirio tiene los días contados. El Partido Liberal Mexicano debe encontrarse descansando esta noche en Tecate para tomar mañana la ciudad —me dijo.

No tenía idea alguna de los últimos acontecimientos en el país porque evidentemente no me llegaba el periódico a la puerta de mi celda.

—Disculpe, ¿quién es usted y qué hace aquí? —pregunté.

—Lo mismo que usted compadre. Soy de la Primera División del partido. Fui detenido ayer y hoy me trasladaron —afirmó.

—¿La revolución?

—Sí —dijo—. Maderistas, villistas, orozquistas; todos van contra Ciudad Juárez. Ya deben también estar en camino.

—¿Los Magón? ¿Viven? —me aventuré a preguntar.

—Más que nunca. Ricardo y Enrique se encuentran en Estados Unidos promoviendo su periódico Regeneración. Jesús en la Ciudad de México haciendo lo propio. Los tres están detrás de lo que está por pasar en Baja California…

Es muy difícil hacer cambiar de parecer a un hombre con ideales tan arraigados. No sé si saldré pronto de esta prisión más mental que tangible. Tengo la esperanza de que mi país se librará pronto de esto; somos un pueblo lastimado por los años y las garras de muchos tiranos insaciables.

El dolor es un acicate para los espíritus fuertes; el flagelo no nos somete: nos rebela. Y como la mía, existen un millar de crónicas que quedarán condenadas a no aparecer en los anales de la historia, pero aun así, conforman meticulosamente la vicisitud humana y sus anhelos de libertad.