Sin remitente

Primer lugar en la categoría postuniversitaria del 13º Concurso de Cuento Histórico, convocado por el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana y Editorial Raíces

Anuar David Bautista
“Te acostumbras, te acostumbras a todo…”, dijo en voz baja mientras pedaleaba con tranquilidad. Con una mano se acomodó la gorra y cerró el último botón de su camisa. La ruta de los jueves era la más extensa e intentaba hacerla con calma y exigencia para terminar temprano. Ese día en particular, a diferencia de tantos en los que nunca había reparado, se sentía cansado, lejos de sí mismo, ausente. Por primera vez en tantos años de repartir cartas en la mañana, de manejar una bicicleta entre calles y recibir un bono de Navidad, Julio se sentía cansado.
 
“Te acostumbras a todo…”, se repetía mientras aventaba un sobre o se recargaba en una pared para revisar direcciones. No recordaba bien cuándo empezó a sugerirse esta frase, pero cada vez que la musitaba, sentía que de cierta forma se explicaban años y días de existencia fingida. Se justificaba a sí mismo tanto cansancio al acostumbrarse a días sin emoción, sin agitación alguna más que repartir cartas, sobres, paquetes y propaganda innecesaria; todo esto sin mayor expectativa que regresar a la oficina con la mochila vacía. Y así todos los días de su vida.
 
Mientras ese jueves nacía, conmovido y sobrecogido miró cómo sus manos de momento envejecieron.
 

...cómo sus ojos se arrugaron y sus piernas perdieron fuerza. La bicicleta avanzaba más despacio y las calles parecían más largas. La Ciudad de México no era la misma... había cambiado tanto, tanto desde que las personas se encerraron en sus autos, en sus casas, en sus computadoras… Ya nadie quiere gastar tinta en nadie.

 

Aquel azul intenso del uniforme ahora era un tenue y pálido gris mediocre. Respiraba con mayor agitación y el pecho se le contraía con mayor rapidez. Todo era diferente. Julio había envejecido justo cuando se dio cuenta de que ya no había nadie que mandara cartas. Sólo cuentas bancarias, recibos de luz, tarjetas de crédito y una propaganda membretada de una universidad de la ciudad.

 

Los jueves regresaba más temprano y era algo que no quería asimilar. Su mochila contenía poco peso que repartir y era él –de nuevo estirando los minutos– quien hacía del recorrido una eterna galería de imágenes que le daban sentido y acreditaban –según sus pensamientos– el cansancio. Y es que cansarse era necesario para sentirse útil, vivo y necesario para otros.

 

¿No es así que todos vivimos abrazados a irracionales excusas para sentirnos parte de algo? ¿No es así que nos acostumbramos al dolor, al pequeñez, al vacío, a las burlas que nos incluyen y nunca al reconocimiento excluyente? ¿No es así que pocas veces nos damos cuenta de que estamos vivos? ¿No está asumido en nuestras mentes y almas que sufrir es condición de salvación? ¿No acaso preferimos la angustia para buscar refugios y oraciones que nos reanimen? ¿No es así que Dios se presenta en la historia para redimir la nostalgia de no conocer jamás nuestro origen?

 

Julio estaba persuadido de que esclavizarse purifica al espíritu y que mirar a la tierra y nunca contemplar al cielo le era obligatorio para existir como hombre en la ciudad.

 

“Te acostumbras a todo…”.

 

II

Nervioso como cualquier niño enamorado, Julio se escondió detrás de la puerta para poder mirarla. Para él los días empiezan y acaban con su nombre, con su figura, con la lejana presencia física y el íntimo vínculo espiritual. El corazón se agita y se da cuenta de que está vivo; que vive y respira gracias a que ella existe.

Ella se acerca y amanece en su alma de niño, se ilumina su mente que graba cada segundo de esa sonrisa y venera esos ojos que jamás se posan en los suyos. El amor más transparente es precisamente el amor que ofrece la propia vida, el amor que reinventa nombres y momentos, el amor que justifica la existencia ajena. El amor de un niño…

 

Y la grandeza de ese mismo amor es el abismo en el que se cae cuando se comprende que uno mismo no puede construir la vida de dos. Cuando se asume el inaguantable dolor de no ser quien toma su mano, quien recibe sus brazos; cuando se adivina que el amor suele ser unidimensional.

 

Julio guardó con mucha cautela en un rincón de su corazón un día de noviembre en el que ella lo miró por casualidad y con simpatía. ¿No es ésta la mayor alegría de un ser vivo consciente? Julio, con la misma prudencia que guardó aquel día, también grabó en su alma el momento en que ella se reía de la carta que él había escrito. Soportó con todas las fuerzas de su pequeño cuerpo el áspero sufrimiento que el amor unidimensional provoca. ¿Por qué no sentía ella lo que él? Poco a poco, y a fuerza de una repetición regulada, Julio se asumió deshabitado por fuera e incierto por dentro.

 

En la noche su madre le ofreció leche tibia y pan. Lo abrazó y le dejó un beso en la frente. Julio lloró como un niño mientras sus lágrimas se atoraban con el pan y el infantil suplicio que intentaba consumir.

 

III

Aquel jueves regresó a casa y evitó la ahora tan fastidiosa costumbre de cenar pan, leche y un cigarro. La televisión debería estar prendida, pero el silencio cubría todo el mediocre apartamento. El ambiente era tenue y la poca luz de la tarde entraba por la ventana y las cortinas sucias, como si también ella quisiera evitarse la inevitable repulsión de ingresar. También de esto se dio cuenta Julio. Se dio cuenta de que no había destinatario en sus palabras, en sus suspiros y en sus pensamientos. “A todo te acostumbras…”, dijo en voz baja.

 

Se acostó con rapidez y, aún con la ropa de trabajo, acomodó su cobertor por encima de su cuerpo que temblaba, según percibió. Giró su cabeza a la derecha mirando a la pared que parecía juzgarle con disimulo. La pared le gritaba silencio y él en un instante tradujo toda su vida en un amargo y tierno llanto infantil. Su boca se contrajo y sus ojos se atascaron intentando apartar la inminente cascada que de ellos salía.

 

Julio lloró porque se sentía solo, porque nunca nadie había compartido sus días, sus calles, sus cansancios, sus absurdas y emocionantes predicciones sobre el contenido de un sobre. Había un remitente pero no un destinatario. Simplemente sollozaba en silencio cerrando sus agobiados ojos, evitando enfrentar a la pared que se burlaba de él. Contuvo un enorme suspiro con el puño derecho y, limpiando las lágrimas que ya alcanzaban su barbilla, consumió toda la soledad del mundo en su pecho.

 

El mundo, por un segundo, se liberó de tanto sufrimiento por el enorme suspiro que Julio expidió. Su cuerpo ya consumido por los años y seco por el sol sintió una repentina hambre y, culpable aún más de no poder complacerse en un desconsuelo inconsciente, escondió su cabeza entre el viejo cobertor. No hay nada más patético que la vida sin vida y las lágrimas sin un intenso dolor que las custodie.

 

“A todo se acostumbra uno…”, y sentado en la única silla de la única mesa del austero comedor, prendió la televisión y partió un pequeño pedazo de pan. Sin darse cuenta, mientras miraba con indiferencia a la vieja pantalla frente a él, la leche tibia se mezclaba con un par de lágrimas que Julio no alcanzó a detener.

 

La leche se enfriaba todas las noches de su vida, así, desde que nadie escribe cartas, desde que nadie escribe “Remitente” en el rincón de un sobre…