La luna se teñía de un amarillo parecido al de los periódicos que mi abuela guardaba entre bolsas de tela, desas que colgaba donde pudiera insertar un clavo en la madera. Porque su casa paredes no tenía. Más bien eran tablas; viga cubierta de pedazos de cartón, y que invitaba al aire a no pasar por la casa. Las bolsas mudas se vestían de polvo, de tanto estar guindadas guardando quien sabe cuánta cosa. Y por lo mismo, la casita de techo de lámina de cartón negro podría parecer alegre aunque desordenada. El caso es que iba yo a casa de mi abuela, después de estar con mis tíos en Naranjales piscando café, y de chuparme uno que otro jobo.
Yo no soy de allá. Más bien iba de vez en cuando a verla, porque ella me crio cuando mi apá se fuera a la capital, y mi amá se juntara con otro señor. Pero insisto, el caso no era ése. Iba yo tarde, la luna me alumbraba como podía entre lo azulado negruzco de la noche. Cuando se te acaba el ocote, no hay más. Y caminaba yo por la vereda –porque todavía no hacían ni la carretera– y veía el macizo marrón en el suelo, lodo duro agrietado que por el momento más bien se hacía grisáceo. Encaminaba hacia arriba. Mis tíos se quedarían en el rancho para hacer panela temprano, y no había más que irme solo pa la casa. Y ahí voy, subiendo al pueblo, acompañado del siseo de las culebras entre matorrales. Algunas luciérnagas cruzaban delante y luego volaban alto de mi cabeza, y por lo mismo se perdían entre las estrellas.
Estaba en eso, cuando una silueta de vestido largo se distinguía parada, encima justo del camino por el que iba. Me asusté, no lo niego, pero me aguanté y, como se acostumbra, traté de saludar con unas palabras salientes de mi boca pero que venían del desconcierto. Por la ropa pensé que era mujer, pero no, no era. Porque en donde debiera haber cabello, más bien se veía una calva que rebotaba la luz de la luna. Y traiba barba. Entre lo oscuro del monte y del hábito, se veía en el cuello un pequeño cuadrillo blanco. Tenía ojos tristes y entre más cerca estaba yo de él, logré ver que la sotana estaba sucia, manchada y carcomida.
—Agua —me dijo suplicante, con una voz entrecortada y apagada—, agua por favor.
—Buenas noch… ¡Ah carajo! —exclamé con ansia.
Estaba asustado, pues a lo mejor unos cuatreros lo habían asaltado. Se supone que con los hombres de Dios naide se mete, mas que aquellos que han perdido todo dejo de alma en los cuerpos de hombre. Esos que viven por vivir, y que más bien Satanás los mueve como marionetas por monedas.
—Padre, ¿estás bien? ¡Ven por favor! Mira, vamos arriba a la capilla. O con mi abuelita, te vamos a ayudar.
—¡Agua! Quiero agua por favor…
Y se llevó la mano a la boca, como buscando acallar su apesadumbrada sed, pero en vez de eso sólo lo hacía mirarse más amuinado. Se veía pálido como muerto. También como asustado. En la sotana, como ya dije, traiba manchas no sé si de sangre seca o de lodo.
—Ya no hay agua padre. Mira, mi bule está vacío —dije mientras quitaba el tapón de olote y lo volteaba. Ni gota.
—Pero no te preocupes padrecito —dije bajando el morral—, te platico, yo te quiero ayudar. Aquí arribita está el ojo de agua y lo llenamos. Pero sí traigo comida, y te puedo dar, mira, tamal de dulce, o tortilla cacala que le llevo a mi abuela. Toma, cómetelo.
Bajé la mirada a la bolsa para sacar los bultos envueltos en telillas y papel. Cuando estiré la mano para dárselo nadie lo agarraba. Y cuando alcé la mirada otra vez, ya no estaba. No sabía si se había metido al monte, si se había subido por otro camino… No sé. Y en serio que me asusté. Di vueltas como perro y nada.
Subí ya más rápido y entrando a la casa vi que mi abuela estaba prendiendo el fogón para calentar café de olla. Le dije:
—¡Ay! Que me acaban de espantar abuelita. Me duele hasta la panza.
—¿Qué dices? ¿Ónde o qué? Estás pálido chamaco —respondió como dejando de avivar sus brasas pa atenderme.
—Pus ya venía subiendo de Naranjales y que se me aparece un padre.
—¿Un padre? Pero el cura Samuel viene hasta el domingo…
—Por eso digo. No era él. A éste nunca lo había visto. Era chixiwa cura 1.
—¿Será el que decía Nacho el otro día? A ver Antonio de Jesús, vete rápido a hablarle a ése —dijo mi abuelita meneando las manos urgida, hablándole a mi hermano, que tendría más o menos trece años. Se paró como dudoso y temeroso, pensando que igual de ir a casa de Nacho se le aparecía también.
Y que viene el Nacho. Ahí estaba con su sombrerillo.
—¿Pa qué soy bueno doña? —dijo con su sonrisilla tímida que se pintaba de colorado y amarillo por el reflejo del fogón y el alumbrado del ocote.
—¿Qué fue lo que te platicó tu tío del padre ese que vistes el otro día? —dijo mi abuela persignándose. Al Nacho hasta la sonrisa se le borró. Nos miró a mí y a mi hermano, y se le veía como incómodo por la pregunta. A las personas grandes se les responde. Si no se les responde, entonces no se les respeta. Pero apuesto a que, si por el Nacho fuera, ni el tema tocaba. Mi abuela lo invitó entonces a sentarse con un ademán.
—Pos era un padre de la Cristiada. Anda por todos los pueblos de acá. Es un aparecido. Pero era el principal de Coyutla2. Dicen que un día lo amenazaron los del ejército. Y que cometió herejía…
—Sí Nacho, es la historia que siempre dicen, pero ¿qué te pasó con ése? —interrumpió mi abuela. Ya estaba ella sirviendo café. A mí me iba a dar té de tila por el canijo susto.
—Pos… es que me levanté temprano, media hora antes nomás, porque iba a ir a piscar para vender. Faltaba mucho pa la luz, chichní 3, y todo callado. Iba con el Pintillo. Bajaba a Naranjales cuando se me aparece un cura. El Pintillo ládrele que ládrele. Me espanté, pero pues hay que ayudar, más a los hombres de Dios, porque todo lo ve y si no pues ya saben cómo castiga. La verdad no se veía como si fuera muerto. Corrí al Pintillo de un varazo y que se sube corriendo el animal de regreso a la casa, con la cola entre las patas. Me acerqué y el padre ese tenía cara de angustia. Estaba todo así escuálido. Los labios secos y cuarteados. Que me pide agua.
—¡Sí! ¡Sí es! Abuelita, es el mismo… —interrumpí. Pero el Nacho siguió contando.
—Pos que se la doy. Y que empieza ya a beber el cura, así del bule empinado. Tomaba como si se le fuera a acabar. Yo pensé que hasta se iba a atragantar, porque empezó a toser, pero que escupe sangre. Haga de cuenta doña, que de la boca no le caían por la barba los hilillos de agua, sino chorros de sangre. Sí me espanté. Hasta dije: “Ya se cortó la boca con el bule”. Entonces que lo deja caer así con muina, con desesperación. Me volteó a ver y ya no traiba ojos. No’mbre, que salgo corriendo igual de asustado que’l Pintillo. Y haga de cuenta que traje un chorrillo casi una semana. Si pa salir ya lo pienso…
—¡Ay Madre Santísima! —dijo mi abuelita y se persignaba otra vez. Mi hermano nomás no la abrazó porque de plano, pero sí se le repegó un montón, como pollito asustado. Entonces yo pregunté:
—Bueno, ¿y qué te dijo Nazario tu tío? ¿Ese cura qué o qué?
—Dicen que el cura era de los de la Cristiada. Bueno, sí y no. Lo que pasa es que cuentan que era traicionero el hombre ese, además de interesado. Y que por eso se vendió al ejército. Bueno, vendió a los de su feligresía. Mi tío Nazario me contó que de eso no se habla en Coyutla. Bueno, total que un día les sopló a los del ejército en dónde se reunían a comulgar y eso. Y ahí estaban en plena misa cuando llegaron los del ejército y los agarraron a todos. Contaditos se salvaron porque juyeron. Como ya sabían los soldados que estaban en la misa en el monte, los rodearon. A las mujeres las violaron. Ni las viejas la libraron pos pasaron su edad por alto y ¡chin!, que les pegan también. Y dicen que al padre ni lo tocaron ni nada.
El Nacho se puso serio. Le dio un sorbo a su café y siguió platicando:
—Bueno, total que una de las mujeres más grandes vio cuando el padre hablaba con un sargento o no sé qué cosa, y que éste le daba un saquillo con morralla. El padre la recibió y se despidieron de mano. La mujer le dijo al cura: “Nos vendistes”. Y que el padre, así bien cínico nomás se le quedó viendo feo. Que como estatua se quedó. Pero no dijo nada. Y que la mujer entonces lo maldijo:
Gkinchik skokoxkan xtilan naliwaya xwanitaw. Skokoxkan xtilan naliwai gkantaxtunu. Xli akgtut kilhtamaku tagkalhputin na lagkniya. Agkxni na li kotnun chuchut tse najax. Tsa putim chuchut untu na kotkutun kaglni na litaxtu, nalagtsin 4
—No acababa de decir eso cuando un soldado la mató de un culetazo. Después a varios los fusilaron.
Todos nos quedamos serios escuchando el relato del Nacho. Yo de la Cristiada sólo sabía que todo lo de la Iglesia se había vuelto a escondidas. Y si te cachaban ya no la contabas. Entonces Nacho terminó:
—Luego el cura ese, pues como fue, pidió caldo de una gallina y se la mataron, y se la comió. Que hasta estaba empollando el animal y que era Cuaresma, y aun así pidió. Días pasaron y al cura nadie lo encontró después de eso. Lo dieron por muerto, nadie sabe de qué, y ni sepultura le pudieron hacer, pues no había cuerpo para enterrar. Y por ahí anda en la sierra el padre ese, buscando agua como desesperado. Siempre que agua quiere beber en sangre se le vuelve. Que hasta lo han visto pasar por ríos, o cerca de pozos y se tiñe de rojo toda el agua.
—Si en Cuaresma no se come carne. Ése no era cristiano. Con razón lo castigaron así, pues —terminó diciendo mi abuelita.
Entonces el Nacho ya se quedó callado y sólo el tronido de las brasas chirriaba. Pero así estuvo eso.
La verdad no he vuelto a subir a la sierra desde que mi abuelita se me fuera. Mejor ahora ella descansa, pero segurito el cura ese no. Ni sé cómo se llamaba ni de dónde era realmente. Pero sí sé que las palabras cargadas de odio, y que los actos malsanos, pueden ser un manojo de sentimientos que destruyen todavía más allá de la sepultura.
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(1) Cura barbón
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(2) Pueblo de la sierra totonaca de Veracruz.
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(3) El sol
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(4) En lengua totonaca: “A mi casa caldo de gallina ibas a comer. Caldo de gallina comerás una vigilia. A los tres días sediento te morirás. Cuando agua bebas entonces podrás descansar. Pero toda el agua que quieras beber, en sangre se va a convertir, vas a ver”

