La gran tarea de fray Pedro de Gante

Pablo Escalante Gonzalbo

En una carta enviada a sus hermanos del convento de la ciudad de Gante, el propio fray Pedro se atribuye el mérito de haber realizado una tarea titánica, apenas con alguna ayuda. En 1529, fecha de la carta y seis años después de su llegada, dice haber levantado un centenar de construcciones, entre iglesias y capillas. En esa misma fecha dice haber bautizado, junto con otro religioso, a unos doscientos mil indios. Y sabemos que años antes había logrado dar forma a un catecismo en lengua náhuatl, manuscrito, antecedente de las versiones que se publicarían después. Dominó pronto el náhuatl, lo cual lo acercó de inmediato a los indios.

 

Dice de él fray Jerónimo de Mendieta que, a pesar de ser muy tartamudo, cuando hablaba el náhuatl los indios lo entendían perfectamente. De manera un tanto extraña, sorprendente incluso, parece que el náhuatl hubiese ocupado en las facultades de comunicación de fray Pedro el lugar de su lengua materna, pues para la fecha en que escribe a sus hermanos y les habla de sus tareas en Nueva España, ya habla el náhuatl, ha escrito en esa lengua, y en cambio dice haber olvidado el neerlandés, y por eso dirige la carta en latín.

Muy resumidamente, la jornada que describe Gante en su carta consistía en enseñar a los indios a leer y escribir, además de canto por las mañanas, y doctrina cristiana y sermones por las tardes. Una rutina que se reproduciría habitualmente en cada nueva fundación de los franciscanos. La iniciativa de fray Pedro de acercar a los indígenas a los altos estudios fue respaldada por otros religiosos, que la llevaron a cabo en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco.

Desde un principio, Gante optó por permanecer en la Ciudad de México. La autoridad de que gozaba, como persona cercana al rey y decano de todos los proyectos educativos y pastorales, debe haberle permitido tomar sus propias decisiones sin quedar totalmente sujeto a la autoridad de provinciales u obispos. Esto es lo que se trasluce de la información disponible: que tenía cierta autonomía, estaba a cargo de la educación de los indios en el convento de México, y de allí no se movió.

Por otra parte, su resistencia a ordenarse como sacerdote le impedía lógicamente oficiar misa y administrar los sacramentos, salvo excepciones, con lo cual la enseñanza y la catequesis eran sus principales tareas. Probablemente esa vocación pedagógica fue lo que le llevó a evitar la toma de los votos. Del mismo modo, su reiterada negativa a aceptar el cargo de arzobispo de México le libraba de otras responsabilidades y de tareas administrativas. En ambas decisiones se ha querido ver una muestra de la humildad extrema de fray Pedro, pero también es verdad que evitar esos compromisos lo puso en una circunstancia que, aparentemente, él prefería, que era la de vivir dedicado a la enseñanza.

Para 1529, Gante dice contar con quinientos alumnos indígenas en el convento de México, a quienes enseñaba en el espacio de la gran capilla de San José. Sabemos que fray Pedro trabajaba siempre con algún otro fraile que colaboraba con él en cada tarea, y los propios indios se volvían pronto sus ayudantes. Sólo así se entiende que haya podido atender a quinientos a la vez. Lo que no está claro es cómo podía funcionar un régimen de internado con tantos alumnos. Cabe aventurar que las propias galerías de la capilla de San José, cubiertas por bóvedas como la capilla real de Cholula, dieran albergue durante la noche a los estudiantes.

El método practicado por Gante para reunir y formar a los jóvenes fue el mismo que seguirían después los franciscanos en todas sus casas: hacer venir a los hijos de los caciques de los pueblos que se encontraban varias leguas a la redonda para que se formaran en el lugar en el que había frailes y recursos para atenderlos. Estos alumnos regresaban a sus pueblos, donde eran factores de cambio y aculturación que multiplicaban los efectos de la tarea de los frailes. Mendieta habla de estudiantes que procedían de hasta cuarenta leguas de la Ciudad de México, casi doscientos kilómetros, y dice que llegaron a formar parte del alumnado en la capilla de San José hasta mil alumnos.

El régimen de aquella escuela parece haber sido muy similar al de un seminario, por su intensidad y disciplina. Los alumnos despertaban temprano y se reunían de inmediato para empezar la instrucción y cumplir con sus obligaciones: del mismo modo que los frailes, despertaban para maitines, antes del alba, y lo primero que hacían era cantar; luego rezaban, oían misa y tomaban un almuerzo. Hasta ahí, una típica mañana conventual. Después del almuerzo se dedicaban a la lectura y la escritura y al aprendizaje del canto, indispensable en la liturgia de aquella época. Iniciaban el estudio de la doctrina antes de comer, y tras la comida cantaban otros oficios y leían.

Después de la cena venía una parte de la instrucción a la que Gante parece haber dado una enorme importancia: la práctica de los sermones. Al parecer se reunían y escuchaban a los estudiantes decirlos, tras lo cual escogían a los que habían destacado en el ejercicio: eran quienes irían a predicar el fin de semana. Tal parece que se elegía a unos cincuenta para hacer recorridos y predicar en los alrededores. La tarea de estos predicadores era indispensable para que los adultos pudieran ser bautizados.

El grado de exigencia de los estudios que promovió Gante fue sin duda un antecedente que favoreció la iniciativa de crear un colegio de altos estudios para los indios: el de la Santa Cruz, en Tlatelolco. No sólo por la reclusión y disciplina cuasi monacal, sino también por el nivel de estudio de la lengua. En realidad, el primer lugar en el que se enseñó gramática latina a los indios fue en la escuela de San José, por lo menos desde 1532. Sabemos que Gante contaba para ello con la colaboración de un religioso muy experimentado en el estudio el latín: fray Arnaldo Basacio.

 

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Educación indígena y conquista ¿Civilizar o someter?