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  • domingo, 19 de febrero de 2017.

La alianza de los insurgentes con el Plan de Iguala

Historia de una unión imposible
Por: Adriana Rivas de la Chica

Amaneció esplendoroso el memorable 27 de septiembre de 1821, como si la naturaleza quisiera acrecentar con sus más lucientes galas el regocijo de un pueblo que iba a iniciarse en la vida de la libertad. […] Las casas estaban adornadas con flores y vistosas colgaduras que ostentaban los colores adoptados en Iguala, y los habitantes los pusieron también en sus pechos, como emblema de la nacionalidad que surgía a la vida en aquellos inefables momentos. (Julio Zárate, México a través de los siglos, 1884).

 

 

Aquel 27 de septiembre de 1821 significó no sólo el final de más de diez años de guerra, sino el logro de una unión que hasta pocos meses atrás habría resultado impensable. El 24 de febrero de ese año, Agustín de Iturbide había proclamado el Plan de Iguala declarando la absoluta independencia de Nueva España. De acuerdo con este documento, se erigiría una monarquía constitucional gobernada por Fernando VII, si así lo aceptase, o en su defecto por alguien de su dinastía. Esto con el fin, según Iturbide, de “hallarnos con un monarca ya hecho, y precaver los atentados funestos de la ambición”. Ínterin se presentara el rey, se formaría una junta gubernativa encargada de llamar a Cortes y de gobernar en representación de la nación, así como de decidir quién encabezaría la monarquía, en caso de no aceptarlo el Borbón.

 

Luego logró acercar a su propuesta política a distintos sectores cada vez más convencidos de la conveniencia de buscar la independencia, pero también supo negociar el apoyo de aquellos insurgentes a quienes combatió de forma enardecida. Pero, ¿qué llevó a Iturbide a elaborar el Plan de Iguala y cómo llegó a plantearse la posibilidad de aliarse con la insurgencia? ¿Qué tan factible era que esta alianza pudiera resultar duradera?

 

La alianza con Guerrero

 

Todo parecía acomodarse para que el también coronel del Regimiento de Infantería Provincial de Celaya pudiera llevar a cabo esta empresa. Nombrado comandante general del Sur y rumbo de Acapulco, Iturbide se colocaba en una posición de mando que podría permitirle atraer tropa a su causa; pero primero se proponía sofocar el foco insurgente que aún estaba activo dentro de la demarcación de su cargo: aquel comandado por Vicente Guerrero y Pedro de Ascencio.

 

Tras un revés al intentar cortar la comunicación y el paso de víveres entre esos dos insurgentes, Iturbide optó por buscar que Guerrero se uniese a su plan. El primer intento, como era de esperarse, fracasó. Mediante carta del 10 de enero de 1821, el comandante general del Sur pedía a Guerrero que se pusiera a disposición del gobierno junto con su tropa. A cambio, le ofrecía dejarlo al mando de la misma e intentaba convencerlo de que los diputados elegidos para asistir a las cortes en España tendrían éxito en velar por los intereses americanos y, si no fuera ese el caso, él se ofrecía a defenderlos con su espada y su fortuna.

 

Se une Guadalupe Victoria

 

Mas éste no era el único foco insurgente aún encendido. En Veracruz, si bien Guadalupe Victoria se había perdido por cerca de treinta meses en las montañas y no parecía constituir una amenaza para la pacificación del reino tras perder los puntos estratégicos que llegó a controlar en la zona, su captura era un asunto pendiente para el virrey y para el comandante general de aquella provincia.

 

Así, en abril de 1821 volvió a saberse de él. Entonces no sólo comenzaron a presentarse episodios de deserciones en grupo por parte de las fuerzas realistas de aquel territorio, sino que el comandante destinado a pacificar la zona y someter a Victoria, Antonio López de Santa Anna, buscaría igualmente atraerlo. Para el 22 de este mes, Victoria se encontró con él en el poblado de La Soledad y fue reconocido por éste como comandante general de Veracruz.

 

Para mayo de ese año, la región estaba totalmente a favor de la causa independentista y Victoria salió para entrevistarse con Iturbide en San Juan del Río (en el actual estado de Querétaro). El insurgente no aceptó adherirse al plan sin más, sino que propuso a Iturbide ciertas enmiendas que consideraba fundamentales. Una de ellas consistía en que, si había de establecerse una monarquía, sería sólo si la nación así lo eligiera, en cuyo caso ésta debería tener un carácter moderado.

 

La adhesión de Bravo

 

También logró Iturbide que Nicolás Bravo se uniera a su movimiento. Luego de estar tres años preso, Bravo fue liberado por órdenes del virrey conde del Venadito, gracias a una amnistía publicada por las Cortes de España. De la ciudad de México se dirigió a Cuautla, donde comenzó a recibir correspondencia del comandante general del Sur. Tras momentos de duda e incluso no responder a sus comunicaciones, Bravo aceptó partir hacia Iguala e unirse al plan de independencia.

 

La alianza rota

 

Incluso antes de que Agustín de Iturbide fuera proclamado emperador del Primer Imperio Mexicano, ya se fraguaba una conspiración en su contra con Guadalupe Victoria como su principal instigador y en la que también estaba involucrado Bravo y otros exinsurgentes y realistas, la cual buscaba defender un gobierno republicano.

 

Iturbide y los insurgentes que decidieron unirse al Plan de Iguala compartían, por lo menos de inicio, el proyecto de instalar un gobierno representativo en México. El enorme matiz radicaba en que estos últimos pugnaban por un poder Legislativo fuerte, más incluso que el Ejecutivo; una situación imposible de conseguir, según su perspectiva, dentro de una monarquía. Esta diferencia sería la causa de que aquella alianza lograda en el movimiento de Iguala resultara insostenible.

 

 

Esta publicación es un fragmento del artículo "La alianza" de la autora Adriana Rivas de la Chica, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 102