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  • domingo, 23 de abril de 2017.

La Estación Colonia del Ferrocarril

Por: Edgar Tavares López

Sin duda alguna, el ferrocarril fue uno de los grandes inventos del siglo XIX. Su presencia significó un factor de desarrollo para la actividad económica y de comunicación entre los pueblos y ciudades distantes. La Gran Bretaña fue la cuna de este medio de transporte surgido hacia 1830.

 

En la Ciudad de México la primera estación del Ferrocarril Nacional, llamada de “Sullivan”, se ubicó muy cerca del Paseo de la Reforma y de la actual intersección de éste con la avenida Insurgentes, en los terrenos que pertenecieron a la hacienda de la Teja. En principio fue destinada al servicio de trenes de vía angosta que iban de México a El Salto, luego a Toluca y más tarde hasta Laredo. Hacia 1888 presentaba un aspecto sencillo, de forma provisional, hecha de madera, que pronto sería sustituída por una de mayor envergadura dado el éxito de la línea. La nueva sede, llamada Estación Colonia, comenzó a construirse después de obtener su permiso el 7 de julio de 1894. Algunos historiadores señalan que el primer tren de pasajeros partió la tarde del 17 de febrero de 1896; mientras que otros afirman que su inauguración oficial no tuvo lugar sino hasta 1898 a cargo del presidente Díaz y del Secretario de Comunicaciones y Obras Púbicas, general Manuel González.

Su forma arquitectónica reflejaba el estilo norteamericano. Una larga fachada de tres niveles –techada con lámina a dos aguas– era enmarcada por dos volúmenes cubiertos con techos a tres aguas y en las aristas de sus muros se exhibían dentados a base de piedras. Al centro destacaban en sus dos últimos niveles ventanas voladas de corte inglés conocidas como bay bow-windows y como remate un frontón triangular debajo del cual se ubicaba un reloj circular.

En sus poco más de 40 años de existencia, pasaron por la Estación Colonia desde personas humildes, hasta aquellos personajes encumbrados como don Francisco I. Madero, quien arribó a la ciudad capital el 7 de junio de 1911 para tomar las riendas del país, o bien, Ramón López Velarde que abordó una noche el tren en la estación de San Luis Potosí para terminar sus días en México, no sin antes escribir el poema “No me condenesde gran sabor “ferrocarrilero”. Además, este inmueble presenció la llegada y salida de variados caudillos y tropas revolucionarias.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “La estación colonia del ferrocarril” del autor Edgar Tavares López y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 20.